COLABORACIÓN INVITADA/Sr. Smith/Ultimátum
Dos noticias de esta semana, leídas por separado, parecen no tener relación. Juntas, cuentan una historia mayor: el intento de la presidenta Claudia Sheinbaum por marcar distancia con el pasado que la antecedió.
La primera: Amílcar Olán Aparicio, empresario tabasqueño y amigo de los hijos del expresidente López Obrador —principalmente de «Andy» y «Bobby» López Beltrán— reapareció esta semana en Lugano, Suiza. Un reportero lo localizó y, ante la cámara, con gorra y lentes negros, el empresario amenazó con llamar a la policía e intentó arrebatarle el equipo. La imagen del amigo de los juniors huyendo en Suiza vale más que mil discursos sobre austeridad.
La segunda: Morena completó la designación de sus 17 coordinadores estatales rumbo a 2027, los futuros candidatos a gobernador.
¿Qué tienen que ver? Más de lo que parece.
Sobre Olán pesan investigaciones de Mexicanos Contra la Corrupción que lo señalan como pieza de una presunta red de tráfico de influencias y contratos irregulares. Su empresa Romedic ganó más de 490 millones de pesos surtiendo material médico a gobiernos morenistas, con recursos que provenían del extinto Insabi. Compró terrenos a precios irrisorios cerca de Dos Bocas y de contratistas de Pemex. Y hay hasta un audio donde afirma que un hijo de AMLO le prometió minas en Oaxaca para producir el balasto del Tren Maya.
En su momento, el entonces presidente defendió a su hijo con la retórica de siempre: «No somos corruptos, Claudio X. González hace espionaje». La negación como escudo.
Sheinbaum respondió distinto. No defendió a nadie. Dijo, fría, que la Fiscalía debe abrir carpeta si hay pruebas, no porque lo diga un medio. Puede leerse como prudencia técnica. También como el primer manotazo silencioso: la presidenta no puso las manos al fuego por los amigos de los hijos del expresidente. Los dejó correr por la vía institucional, que en el lenguaje del poder es una forma elegante de no cargar un muerto ajeno.
El mismo gesto asoma en los nombramientos rumbo a 2027. Porque la lista de los 17 coordinadores —los futuros candidatos a gobernador— está poblada mayoritariamente de perfiles institucionales del partido: senadores, exfuncionarios, cuadros. No la camada de herederos y amigos de juniors que durante el sexenio anterior parecía destinada a heredarlo todo. El adanismo y el círculo de los hijos del expresidente no aparecen coronados como su peso pretendía.
Y en política, a quién colocas en la antesala de una gubernatura dice más que cualquier declaración.
Sería ingenuo cantar victoria. El obradorismo sigue siendo la fuerza dominante, y Andy López Beltrán conserva un poder enorme desde la Secretaría de Organización. Sheinbaum camina sobre cuerda floja: marcar distancia del pasado incómodo sin romper con la base que la llevó al poder.
Pero los gestos empiezan a notarse. El amigo de los juniors huyendo de una cámara mientras la presidenta remite el caso a la Fiscalía. Los candidatos saliendo del cuerpo institucional y no del círculo de los herederos. Señales tenues, pero señales.
La pregunta abierta es hasta dónde llegará ese sacudimiento: si será limpieza real o acomodo cosmético. Si la presidenta tiene la fuerza para desprenderse del pasado que la incomoda, o si ese pasado la tiene demasiado atada.
Por lo pronto, algo se mueve. Y en política, cuando el que manda empieza a soltar lastre, es porque ya calculó que le pesa más de lo que le sirve.



