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Cuando dejamos de ser útiles: sobre la gratitud, los vínculos desechables y la responsabilidad afectiva

1 de octubre de 2026
in Opiniones
Cuando dejamos de ser útiles: sobre la gratitud, los vínculos desechables y la responsabilidad afectiva
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Lo que no se nombra, no existe/Gely Pacheco/ULTIMÁTUM

Hay temas que aparecen una y otra vez en la conversación feminista, pero que pocas veces nos atrevemos a mirar hacia adentro. Hablamos de sororidad, de redes de apoyo, de mujeres que abren camino para otras mujeres y de la importancia de construir comunidad. Y todo eso es necesario. Sin embargo, también tendríamos que preguntarnos qué ocurre con nuestros vínculos cuando dejamos de necesitarnos, cuando ya no existen coincidencias o cuando una de las partes deja de tener algo que ofrecerle a la otra.

En los últimos años he pensado mucho en esto a partir de historias, conversaciones y experiencias que me han dejado algunos duelos. No me interesa contar una historia particular ni señalar a nadie, sino hablar de un fenómeno más amplio que atraviesa también a los espacios feministas, académicos y políticos: la facilidad con la que podemos convertir a las personas en instrumentos y después desecharlas cuando dejan de ser funcionales a nuestros intereses.

Vivimos bajo una lógica económica que ha conseguido meterse hasta en nuestros afectos. El capitalismo nos ha acostumbrado a medir, comparar, producir, aprovechar y sustituir. Preguntamos qué hace alguien, qué contactos tiene, qué puede resolver, qué oportunidades puede acercarnos o qué tan conveniente resulta tenerlo cerca. El problema aparece cuando esa misma lógica empieza a ordenar nuestras relaciones personales y profesionales. Entonces la cercanía puede confundirse con utilidad y la amistad con intercambio.

Mientras alguien nos acompaña, nos recomienda, nos enseña, nos abre una puerta o nos ayuda a crecer, puede ocupar un lugar central en nuestra vida. Pero cuando las circunstancias cambian, dejamos de necesitarla o simplemente dejamos de coincidir, algunas relaciones se evaporan con una rapidez dolorosa. No siempre hay una pelea: a veces desaparecen las llamadas, los mensajes, las invitaciones y el interés. Y una descubre que aquello que consideraba un vínculo estaba sostenido también por lo que podía aportar.

Esta reflexión me parece particularmente también importante entre mujeres, porque el feminismo nos ha enseñado el valor de tejer redes y acompañarnos pero ser feminista no nos coloca automáticamente fuera de las relaciones de poder. Las mujeres también podemos ejercer poder, excluir, competir o utilizar. Podemos confundir sororidad con lealtad personal y pensar que porque una mujer nos apoyó alguna vez tenemos que coincidir con ella para siempre.

Aquí aparece una palabra que quizá hemos vuelto incómoda: gratitud. No hablo de una gratitud que obligue a obedecer, a callar o a permanecer junto a alguien. Nadie debería cargar eternamente con una deuda porque otra persona le tendió la mano. La ayuda no compra lealtad de por vida y reconocer lo que alguien hizo por nosotras no significa renunciar al derecho de cuestionarla, alejarnos o tomar caminos distintos.

Pero una cosa es no deberle obediencia a nadie y otra muy distinta practicar una especie de amnesia afectiva. Podemos dejar de coincidir sin borrar lo que alguna vez existió. Podemos terminar una relación profesional sin convertir toda su historia en algo despreciable. Podemos alejarnos de una amiga sin negar que hubo momentos en los que esa amistad fue importante. Incluso podemos tener desacuerdos profundos y reconocer que una persona contribuyó de alguna manera a que llegáramos hasta donde estamos.

Tal vez de eso debería hablar también la responsabilidad afectiva: no solamente de decir lo que sentimos, poner límites o terminar relaciones, sino de la manera en que nos retiramos de la vida de los demás. No estamos obligadas a permanecer, pero sí podemos elegir no destruir aquello que ya no queremos conservar.

Esto adquiere una dimensión delicada en la política, la academia y los espacios profesionales, donde los vínculos están atravesados por jerarquías, oportunidades, prestigio y acceso a recursos. Allí puede resultar especialmente fácil acercarse a alguien por lo que representa y alejarse cuando deja de representar lo mismo. Y quizá lo más preocupante es que podemos llegar a considerar normal esa conducta porque hemos aprendido a entender las relaciones como alianzas mientras resulten convenientes.

No se trata de idealizar a las personas ni de negar los conflictos. Hay mujeres de las que es necesario tomar distancia, y nadie tiene que conservar un vínculo dañino en nombre de la gratitud o la sororidad. Se trata de distinguir entre poner un límite y borrar la humanidad de la otra persona.

Porque las personas no somos desechables. Una compañera no vale por sus contactos; una amiga no vale por los favores que puede hacer; una mentora no vale únicamente por las puertas que puede abrir. Y nosotras tampoco deberíamos medir nuestro propio valor por la cantidad de cosas que podemos resolver para los demás.

Quizá por eso necesitamos recuperar una idea de gratitud que no sea una forma de subordinación, sino de memoria. Nadie llega completamente sola a ningún lugar. En algún momento alguien creyó en nuestro trabajo, nos recomendó, nos enseñó algo o simplemente estuvo ahí cuando lo necesitábamos. Reconocerlo no nos hace menos autónomas ni menos feministas; también es reconocer que la vida no se construye en soledad.

La sororidad no debería medirse solamente por nuestra capacidad de apoyar a otra mujer cuando existe coincidencia, amistad o beneficio mutuo. Tal vez la prueba más difícil aparece cuando ya no hay nada que obtener. Cuando una persona deja de ser útil para nuestros intereses, ¿somos capaces de seguir tratándola con respeto? Cuando dejamos de coincidir, ¿podemos separarnos sin convertir la diferencia en una guerra?

No siempre podremos hacerlo. Somos humanas, tenemos heridas, intereses y contradicciones. Pero si aspiramos a construir relaciones distintas a las que nos ha enseñado una cultura basada en la competencia y la utilidad, quizá tendríamos que empezar por algo tan sencillo como no desechar a las personas simplemente porque ya no nos sirven.

Una relación puede terminar sin que todo lo vivido se vuelva mentira. Podemos tomar caminos distintos sin borrar la historia. Podemos dejar de necesitarnos sin dejar de reconocer que, en algún momento, nos ayudamos a crecer.

De eso también tendríamos que hablar cuando hablamos de feminismo.

Contacto: vocesfemimistas@gmail.com

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