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Cuando defender la igualdad incomoda a quien dice defenderla

12 de octubre de 2026
in Opiniones
Cuando defender la igualdad incomoda a quien dice defenderla
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COLABORACIÓN INVITADA/Sr. Smith/Ultimátum

Hay un dato que, por sí solo, retrata un debate completo: el Partido Acción Nacional impugnó la iniciativa de paridad efectiva propuesta por el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar. Y del otro lado, la Colectiva Feminista 50+1 Chiapas salió a respaldarla y a pedirle a la Suprema Corte que priorice la igualdad sustantiva.

En una esquina, un partido que presume valores y que, sin embargo, va a los tribunales a frenar una medida que busca garantizar que más mujeres lleguen al poder. En la otra, organizaciones de mujeres que defienden esa medida y que exigen, además, que no se quede en el papel.

Conviene, entonces, detenerse a reflexionar sobre la paridad con cabeza fría, sin consignas, y entender por qué la propuesta del gobernador tiene sentido lógico y por qué quien la combate está, en los hechos, defendiendo lo indefendible.

Empecemos por lo básico. La paridad de género en las candidaturas no es un capricho ideológico ni una moda importada. Es una respuesta a un problema real, medible y documentado: durante prácticamente toda la historia de México, las mujeres —que son más de la mitad de la población— fueron sistemáticamente excluidas de los espacios de decisión. No por falta de capacidad, sino por un sistema diseñado por hombres y para hombres que les cerró las puertas durante siglos.

La paridad vino a corregir esa injusticia histórica. Primero con la exigencia de que las listas de candidaturas tuvieran el mismo número de hombres y mujeres. Un avance enorme. Pero pronto apareció la trampa, y aquí es donde entra la palabra clave de todo este debate: efectiva.

Porque la paridad en el papel se puede simular. Y los partidos aprendieron a simularla con una habilidad admirable para lo perverso.

¿Cómo? Postulando mujeres, sí, pero mandándolas a los municipios donde el partido no tiene ninguna posibilidad de ganar. Reservando para los hombres los municipios grandes, competitivos, los que de verdad importan, y colocando a las mujeres en los distritos perdidos, en las candidaturas de relleno, en los lugares donde la derrota está cantada de antemano. Así cumplían la cuota numérica —mismo número de hombres y mujeres— mientras garantizaban que, a la hora de los triunfos, los cargos reales siguieran en manos masculinas.

Eso es paridad simulada. Paridad de maquillaje. Se cumple la forma y se traiciona el fondo.

La paridad efectiva, que es lo que propone la iniciativa del gobernador, viene precisamente a cerrar esa trampa. Busca garantizar que las mujeres no solo sean postuladas, sino que sean postuladas también en los municipios donde el partido tiene posibilidades reales de ganar. Que no las manden al matadero electoral para cumplir la cuota. Que la igualdad se mida en triunfos posibles, no en candidaturas decorativas.

Por eso la Colectiva 50+1 exige algo tan concreto y tan sensato: que la postulación de mujeres contemple municipios de alta competitividad como Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal y Tapachula. No los municipios perdidos. Los que de verdad importan. Porque de nada sirve una paridad que condena a las mujeres a competir solo donde no se puede ganar.

Y aquí está la lógica que hace sólida la propuesta y débil la impugnación. Si uno está genuinamente a favor de la igualdad entre hombres y mujeres —como el PAN jura estarlo— entonces no puede oponerse a una medida que simplemente busca que esa igualdad sea real y no simulada. ¿Cuál es el argumento para impugnarla? ¿Que las mujeres no lleguen a los municipios grandes? ¿Que se preserve el privilegio masculino sobre las candidaturas que sí ganan?

No hay manera de oponerse a la paridad efectiva sin, en el fondo, defender la desigualdad. Se puede disfrazar la impugnación de tecnicismos jurídicos, de supuestas violaciones a la autonomía de los partidos, de argumentos procesales. Pero el efecto práctico de frenar la paridad efectiva es uno solo: que las mujeres sigan relegadas a las candidaturas perdedoras mientras los hombres se quedan con las ganadoras.

Eso es lo que el PAN está defendiendo en los tribunales, le guste reconocerlo o no.

Hay un punto adicional en la exigencia de la Colectiva que merece subrayarse, porque eleva el debate: piden garantizar la inclusión real de mujeres indígenas y afromexicanas. Y tienen toda la razón. Porque la paridad no puede ser solo para las mujeres urbanas, profesionales, de clase media. Si de verdad queremos una representación que refleje a Chiapas, las mujeres indígenas y afromexicanas —que cargan una doble y hasta triple exclusión, por mujeres, por indígenas, por pobres— tienen que estar también en los espacios de poder. Esa es la igualdad sustantiva de la que habla la Colectiva: no la igualdad formal del papel, sino la igualdad real de las condiciones.

Dicho todo esto, y para ser honesto y equilibrado, hay que hacer también una advertencia que ya he planteado antes en este espacio: la paridad efectiva es necesaria, pero no basta por sí sola. De nada servirá garantizar municipios competitivos para mujeres si los partidos aprovechan la regla para postular a las esposas, las hijas o las hermanas de los hombres poderosos. La paridad abre la puerta; que la crucen mujeres con trayectoria propia y no comparsas del poder masculino depende de la madurez de nuestra sociedad y de la honestidad de los partidos. La ley hace lo suyo. Lo demás es cultura.

Pero esa advertencia no debilita la iniciativa del gobernador: la complementa. Primero hay que garantizar que las mujeres lleguen a donde se puede ganar. Después, vigilar que lleguen las correctas. Una cosa no excluye la otra.

En este debate, las posiciones quedaron claras. De un lado, un gobernador que propone una medida a favor de las mujeres y organizaciones feministas que la respaldan y la quieren más robusta. Del otro, un partido que, con el discurso de la igualdad en la boca, corre a los tribunales a frenarla.

Que cada quien saque sus conclusiones sobre quién defiende de verdad a las mujeres de Chiapas y quién solo lo dice en campaña.

La paridad efectiva es justa, es lógica y es necesaria. Ojalá la Suprema Corte lo entienda así y priorice, como le pide la Colectiva, la igualdad sustantiva por encima de los tecnicismos de quienes preferirían que todo siguiera igual.

Porque la igualdad real no le quita nada a nadie. Solo le devuelve a las mujeres lo que siempre debió ser suyo: la mitad del poder, en la mitad del mundo que siempre han sostenido.

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