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¿En qué momento educar se volvió un crimen?

13 de octubre de 2026
in Opiniones
¿En qué momento educar se volvió un crimen?
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Un maestro suplente de sexto grado deja una tarea: dibujar un croquis del trayecto de la casa a la escuela. Cualquiera que haya pisado una primaria en México reconoce el ejercicio. Es un clásico de la educación básica, tan viejo como la escuela misma. Sirve para enseñar nociones de espacio, de orientación, de representación gráfica, de ubicación. Lo hemos hecho todos. Nuestros padres lo hicieron. Nuestros hijos lo harán.

Pues bien: ese ejercicio inocente, en la escuela primaria Luis Donaldo Colosio de Martínez de la Torre, terminó convertido en escándalo nacional. Una madre de familia, identificada como Karina, consideró “sospechosa” la actividad, encaró al profesor acusándolo de “acoso visual” y de vulnerar la privacidad de las menores, amenazó al director por “proteger” al docente y advirtió que iban a golpear al maestro. El video se viralizó. Las redes la bautizaron “Lady Croquis”.

Y detrás de la anécdota viral, que invita a la burla fácil, hay un tema de fondo mucho más serio y mucho más preocupante. La pregunta es inevitable: ¿en qué momento educar se volvió un crimen?

Vamos por partes, con la cabeza fría que el tema exige.

Primero, dejemos algo absolutamente claro, porque es innegociable: la protección de las niñas y los niños es sagrada. Cualquier sospecha real y fundada de abuso, de acoso o de conducta indebida de un adulto hacia un menor debe tomarse con la máxima seriedad, investigarse a fondo y, si se comprueba, castigarse con todo el peso de la ley. En eso no hay matices ni medias tintas. El cuidado de la infancia está por encima de todo.

Pero precisamente porque ese tema es tan grave, tan delicado y tan irreversible en sus consecuencias, es que debe manejarse con responsabilidad, con pruebas y con los canales adecuados. No con un video de reclamo en el pasillo de la escuela. No con amenazas de golpes. No con un juicio sumario en redes sociales que condena a un hombre antes de cualquier investigación.

Y ahí es donde la señora Karina se equivocó. Gravemente.

Porque una cosa es tener una preocupación legítima como madre —y toda madre tiene derecho a preocuparse por su hija— y otra muy distinta es convertir una tarea escolar común y corriente en una acusación de acoso, amenazar con violencia física a un maestro y exhibirlo públicamente como un depredador antes de que exista una sola prueba.

Pensemos en el croquis en sí. ¿Qué tiene de siniestro pedir que un niño dibuje el camino de su casa a la escuela? Nada. Es un ejercicio pedagógico estándar que se aplica en millones de escuelas. Convertirlo en “acoso visual a las menores” o en una herramienta para “vulnerar su privacidad” es un salto lógico que no resiste el menor análisis. Si hubiera una intención perversa detrás, no se encargaría como tarea abierta, firmada, revisada a la vista de todos. La paranoia no es evidencia. La sospecha no es prueba. Y la indignación, por genuina que sea, no sustituye a la investigación.

Aquí está el daño real, el que nadie repara después. Una acusación de esta naturaleza, aunque resulte falsa, destruye a un hombre. Lo marca de por vida. En el imaginario colectivo, un maestro acusado públicamente de acosar a niñas carga ese estigma para siempre, aunque después se demuestre su inocencia mil veces. Las redes no emiten disculpas. El video de la acusación se queda circulando eternamente; la aclaración, si llega, no la ve nadie.

¿Qué pasa con la vida de este profesor suplente? ¿Con su carrera? ¿Con su reputación? ¿Con su familia, que también carga el señalamiento? ¿Quién le devuelve el nombre limpio una vez que lo convirtieron en “el maestro acosador” de un video viral? Nadie. El daño está hecho y es permanente.

Las falsas acusaciones no solo destruyen al acusado injustamente. Hacen algo todavía peor: le quitan fuerza a las acusaciones verdaderas. Cada vez que una denuncia infundada se viraliza y después se desmorona, la sociedad se vuelve un poco más escéptica ante la siguiente denuncia, que quizá sí sea real. Las víctimas verdaderas de abuso pagan el precio de los escándalos fabricados. Quien acusa en falso le hace un daño enorme a las que de verdad sufren.

Y hay un segundo frente que esta columna no puede ignorar: lo que esto revela sobre la relación entre padres y maestros en el México de hoy.

El magisterio vive bajo asedio. El maestro perdió autoridad, respeto y respaldo. Hoy un docente que deja una tarea, que pone una calificación baja, que llama la atención a un alumno, que exige disciplina, vive con el temor de que un padre de familia lo grabe, lo exhiba, lo amenace o lo denuncie. La figura del maestro, que durante generaciones fue de las más respetadas de la comunidad, se ha degradado hasta volverse blanco fácil de la furia de ciertos padres que confunden proteger a sus hijos con atacar a quienes los educan.

¿Y qué le enseña eso a los niños? Que al maestro se le puede amenazar. Que la autoridad no se respeta. Que cualquier adulto que les exija algo puede ser destruido con un video. Estamos criando generaciones que ven a sus padres agredir a sus maestros y aprenden, en vivo, que la educación es optativa y la autoridad, atacable.

La buena crianza no consiste en defender a los hijos de todo y de todos, incluso de quienes los forman. Consiste en enseñarles respeto, límites y responsabilidad. Un padre que amenaza con golpear al maestro de su hijo no está protegiéndolo: lo está dañando, le está enseñando que la violencia y el escándalo son la vía para resolver los problemas.

Si la señora Karina tenía una preocupación real sobre la conducta del maestro hacia su hija, el camino era claro y existía: presentar una denuncia formal ante las autoridades educativas, ante la Fiscalía si procedía, aportar los elementos que tuviera y dejar que se investigara con seriedad y con el debido proceso. Ese camino protege a las niñas de verdad, porque si hay algo, lo encuentra; y protege también al inocente, porque si no hay nada, lo exonera.

Lo que eligió en cambio —el reclamo viral, la amenaza de violencia, el linchamiento digital— no protege a nadie. Solo destruye. Y de paso, convirtió un tema serio en material de burla, con el apodo de “Lady Croquis” circulando entre risas, trivializando justo lo que debería tomarse en serio.

Educar no es un crimen. Dejar una tarea no es acoso. Y un maestro no es culpable hasta que se demuestre lo contrario, por más viral que se vuelva la acusación.

Respaldo al docente mientras no exista una prueba real que lo señale, porque eso es lo que exige la justicia y la decencia. Y le pido a los padres de familia una reflexión serena: protejan a sus hijos, por supuesto, con toda el alma. Pero háganlo por los canales correctos, con pruebas, con responsabilidad. No con escándalos que destruyen inocentes, degradan la educación y, al final, dejan a sus propios hijos sin el respeto a la autoridad que tanto van a necesitar en la vida.

Porque el día en que educar se vuelva un crimen, todos —empezando por los niños— habremos perdido.

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