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La “ley antimemes” y la línea que no se debe cruzar

22 de octubre de 2026
in Opiniones
La “ley antimemes” y la línea que no se debe cruzar
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COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM

Hay leyes que nacen con un nombre oficial y otro que les pone la gente. El oficial, en este caso, es una reforma a la Ley Federal del Derecho de Autor, aprobada esta semana en lo general por la Cámara de Diputados con 325 votos a favor y 114 en contra. El nombre que le puso la gente es más elocuente: “Ley Antimemes”.

Y como suele pasar, el apodo popular dice más que el título legal. Porque detrás del lenguaje técnico de la propiedad intelectual y el “puerto seguro” de los proveedores de internet, late una preocupación que ningún periodista, ningún docente, ningún ciudadano debería tomarse a la ligera: la de que se esté tejiendo, con hilo jurídico, una herramienta para acotar la libertad de expresión en el espacio donde hoy más se ejerce, que es el digital.

Seamos justos con el fondo antes de entrar a la crítica. Proteger los derechos de autor es legítimo y necesario. El entorno digital, con la inteligencia artificial y las herramientas de edición, ha vuelto facilísimo copiar, alterar y distribuir obras ajenas sin permiso ni pago. Que el Estado busque adaptar la ley a esa realidad no es, en sí mismo, censura. Morena defiende la reforma con ese argumento: proteger la propiedad intelectual, combatir la piratería, no restringir la libertad de expresión. Y en el papel, tienen un punto.

El problema nunca es el propósito declarado. El problema es la redacción, la amplitud, la letra chica. Y ahí es donde esta reforma enciende las alarmas.

Lo preocupante es un conjunto de piezas que, sumadas, dibujan una pinza. La reforma a la Ley de Derecho de Autor amplía la responsabilidad de los proveedores de internet por lo que publican sus usuarios, y contempla incluso terminar el servicio a “infractores reincidentes”. Y viene acompañada de otra reforma, ya aprobada en el Senado, al Código Penal y a la Ley de Propiedad Industrial, que contempla hasta cinco años de cárcel por el uso indebido de identidad gráfica oficial.

¿Qué significa esto en cristiano? Que la frontera entre “proteger una marca” y “castigar una crítica” se vuelve peligrosamente borrosa. Porque un meme, una parodia, una caricatura que usa el logo de una dependencia o la imagen de un funcionario para criticarlo, ¿es una infracción a la propiedad intelectual o es ejercicio legítimo de la libertad de expresión? La ley, con conceptos demasiado amplios, deja esa puerta abierta a la interpretación. Y cuando una ley que toca la libertad de expresión queda abierta a la interpretación, el riesgo no es teórico. Es real.

Como quien observa el oficio periodístico y la circulación de ideas en el espacio público, no puedo sino ponderar la advertencia que lanzó incluso desde la oposición: la libertad de expresión no existe para decir lo que al gobierno le gusta. Existe, precisamente, para decir lo que incomoda al poder. Un meme puede ser una tontería, sí. Pero también puede ser la crítica más filosa, la que desnuda al poderoso con una imagen y una frase. La sátira política es una tradición tan antigua como la democracia misma, y toda democracia sana la protege, aunque le duela.

El día en que criticar al poder con humor pueda costar una multa millonaria o la cárcel —aunque sea por la vía indirecta del derecho de autor—, ese día habremos retrocedido. Y no importa qué partido gobierne: una herramienta de censura, una vez creada, sirve a cualquiera que ocupe la silla.

La reforma aún no es ley. Falta el trámite en lo particular, falta el Senado afinar la minuta. Hay tiempo de corregir, de precisar, de acotar con claridad que la sátira, la parodia, la crítica y el periodismo quedan fuera de toda sanción. Eso es lo que los legisladores deben garantizar, no con declaraciones tranquilizadoras, sino con texto legal explícito e inequívoco.

Porque la buena fe no basta. Las leyes no se aplican según la intención de quien las redactó, sino según su letra fría, en manos de quien quiera usarlas. Y una ley ambigua sobre libertad de expresión es, tarde o temprano, una tentación de censura.

Protejamos el derecho de autor, sí. Pero no a costa del derecho a reírnos del poder. Porque el día que no podamos hacer un meme del que manda, ya no seremos del todo libres.

Y la libertad, como los memes, cuando se pierde, cuesta mucho recuperarla.

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