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AUSTRAL

13 de septiembre de 2023
in AUSTRAL, Opiniones
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La ingrata muerte de Simón Bolívar

Ricardo del Muro/Ultimátum

La finca de San Pe­dro Alejandrino, ubicada en la bahía de Santa Marta del caribe colombiano, fue el úl­timo refugió del libertador Simón Bolívar. Llegó muy enfermo, el 6 de diciembre de 1830, sólo para morir on­ce días después víctima de la tuberculosis.

Después de renunciar a la presidencia de la Gran Co­lombia, prácticamente solo, traicionado por sus más alle­gados, quienes incluso tra­taron de asesinarlo, Bolívar encontró cobijo en esta finca azucarera caribeña, propie­dad de Joaquín de Mier y Be­nítez.

Hace una semana, tuve la oportunidad de viajar a Co­lombia y conocer la Quinta de San Pedro Alejandrino, ubicada en el Barrio Mama­toco en Santa Marta. La visi­ta, que hice acompañado de mi esposa Katy y Katia, mi hija, fue gracias a la gentileza y guía de nuestros primos y anfitriones, Luis Felipe y As­trid Mendoza Gamarra.

Es una antigua finca del siglo XVII, originalmente de­dicada a la producción de ron, miel y panela, que está pin­tada de color amarillo ocre, donde sobresale la Casa Prin­cipal. En la habitación, don­de falleció Bolívar el 17 de di­ciembre de 1830, se conserva aún el reloj de origen alemán que detuvo el general Ma­riano Montilla tres minutos, cincuenta y cinco segundos después de que murió el Li­bertador a la edad de 47 años.

Es un cuarto sencillo, donde destaca una cama cu­bierta con la bandera de Co­lombia. En otra habitación, se conserva una escultura fu­neraria en mármol de Bolívar y en al extremo de la finca, de manera contrastante, desta­ca una edificación construida en 1930 que alberga el Altar a la Patria, donde destaca la figura del Libertador.

Unos días antes de morir, Bolívar le pidió a su médico que le hablara francamente y éste le dijo que no que creía que pudiera salvarse. Bolí­var expresó: “¿Y ahora, como salgo yo de este laberinto?”. Entonces se decidió a escribir su testamento político. “No aspiro a otra gloria que a la consolidación de Colombia (…) Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

Esta frase agónica de Bo­lívar inspiró a Gabriel García Márquez para escribir su no­vela “El general en su laberin­to” (1989) que se centra en el viaje que llevó a Bolívar de Santa Fe de Bogotá a la costa caribeña de Colombia para intentar abandonar América y exiliarse en Europa. La no­vela explora los laberintos de la vida de Bolívar a través de la narración de sus recuerdos.

El recorrido por esta fin­ca caribeña hace brotar el es­píritu filosófico y como dice la canción del colombiano Omar Geles, el “Diablito”: “Los caminos de la vida no son como yo pensaba…”

Sólo después de la muerte de Bolívar su leyenda se arrai­gó y creció, señala su biógrafa Marie Arana. Pocos héroes han sido tan exaltados por la historia, tan venerados en todo el mundo y tan inmor­talizados en mármol. Con el tiempo, el rencor que hostigó sus últimos días se convirtió en adulación desenfrenada.

Pero ese giro, tal vez único en los anales de la historia – advierte Arana -, se demoró en llegar. Mientras se apa­gaba su vida y se enfriaba su cadáver, solo sus fieles estu­vieron allí para llorarlo. Bolí­var murió agraviado, incom­prendido, difamado en todas las repúblicas que liberó: Ve­nezuela, Colombia, Ecuador, Panamá, Bolivia y Perú.

A pesar de haber nacido en la riqueza, murió pobre. No obstante los ingentes re­cursos que llegó a controlar, rehuyó la recompensa finan­ciera. Dejó esta vida sin un centavo, indefenso y despo­seído. Expulsado de Bogotá, odiado por el Perú, ansiando regresar a su amada Caracas, pronto descubrió que incluso en su tierra natal le habían prohibido el regreso a casa. Sólo unos cuantos lloraron su muerte: su mayordomo, sus tenientes incondiciona­les, sus hermanas, el hijo de su hermano, algunos amigos dispersos. Del resto hubo pocas condolencias. “¡Adiós al espíritu del mal – graznó el gobernador de Maracaibo -, autor de toda desgracia, tirano de la patria”. Pasarían doce años antes que llevaran a Caracas en marcha triunfal los huesos de Bolívar.

En fin, este recorrido por la finca San Pedro Alejandri­no no sólo fue una lección de vida, sino que confirmó la vieja advertencia: “En po­lítica, las amistades son de mentiras, pero los enemigos son de verdad”.

ricardodelmuros@hotmail.com

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