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Home Noticias

A cien años de Rosario Castellanos Mujer que sabe latín… II 

11 de noviembre de 2025
in Noticias
La poeta encarna, dice nuestra literata, la paradoja de la mujer que, al ser marginada del espacio público, encuentra en la soledad el escenario de su voz. 

La poeta encarna, dice nuestra literata, la paradoja de la mujer que, al ser marginada del espacio público, encuentra en la soledad el escenario de su voz. 

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La poeta encarna, dice nuestra literata, la paradoja de la mujer que, al ser marginada del espacio público, encuentra en la soledad el escenario de su voz. 

CULTURA/Marco Antonio Orozco Zuarth

adentra en el universo introspectivo de la poeta estadounidense, quien escribió cerca de mil ochocientos poemas sin apenas salir de su casa en Amherst. Para Rosario, esa reclusión no fue un gesto de aislamiento sino un acto radical de libertad: Dickinson convirtió el encierro en cosmos, los muros en metáforas, la habitación en territorio de creación. La poeta encarna, dice nuestra literata, la paradoja de la mujer que, al ser marginada del espacio público, encuentra en la soledad el escenario de su voz. Su escritura se levanta como una resistencia silenciosa frente a la norma social que la condenaba al mutismo. En este ensayo, sugiere que el lenguaje poético, cuando nace desde el límite, se transforma en refugio y trinchera, en una forma de afirmación existencial. 

Tras ese primer retrato, se desplaza hacia la figura de Virginia Woolf, en el ensayo “La locura como lucidez”. En ella reconoce la tensión entre la genialidad creadora y el desmoronamiento interior. Más que ver su locura como síntoma de fragilidad, la concibe como la consecuencia inevitable de una lucidez extrema: la conciencia femenina que percibe con nitidez las injusticias del mundo y el estrecho margen que la sociedad concede a la mujer para expresarse. 

Para Rosario, Woolf encarna el precio de la inteligencia en un universo que no soporta la diferencia. Su escritura —intensa, moderna, fragmentaria— no es mero estilo, sino desahogo vital, una grieta por donde se libera lo reprimido. Así, la locura se vuelve metáfora de resistencia: el último refugio donde una mujer puede ser fiel a sí misma cuando todo lo demás le es negado. 

Luego, en “Gabriela Mistral: el amor como destino”, vuelve la mirada hacia la poeta chilena para examinar la distancia entre la figura pública y la voz íntima. Mistral fue elevada a los altares laicos de “madre” y “maestra” de América, pero esa canonización —advierte Rosario— la despojó de su complejidad y de su deseo. En su lectura, Mistral es una mujer que hace del amor —no solo romántico, sino espiritual, humano, cósmico— el centro de su obra y su vida. Ese amor, sin embargo, está teñido por la pérdida, la distancia y el sacrificio. Rosario rescata a la Mistral que escribe desde la soledad y el anhelo, no desde el pedestal de la virtud. El ensayo se convierte, así, en una crítica a la forma en que la sociedad transforma a las mujeres excepcionales en símbolos que borran su humanidad. 

En “Isabel Allende: la mujer en la historia y la historia de la mujer”, la reflexión se traslada a la narrativa contemporánea. Rosario reconoce en Allende una ruptura con la tradición patriarcal: la mujer que ya no es objeto del relato, sino sujeto que narra. Durante siglos, dice, las mujeres fueron contadas por otros; ahora, con Allende, escriben su propia historia. La autora chilena representa ese viraje fundamental: el de la voz que se apropia del lenguaje para reescribir el mundo desde la experiencia femenina. La escritura se convierte en un acto de poder, en una herramienta de emancipación. Cuando una mujer narra, afirma Rosario, no solo cuenta una historia: reconstruye el mapa simbólico del mundo con su memoria y su cuerpo como punto de partida. 

Más adelante, en “Teresa de Ávila: la palabra como ascensión”, rescata la figura de la santa y reformadora del siglo XVI como ejemplo de rebeldía espiritual. Teresa vive en una época que calla a las mujeres, pero logra convertir su experiencia interior en lenguaje trascendente. Rosario interpreta su escritura como una doble insurgencia: contra la jerarquía eclesiástica y contra la obediencia que se espera del género femenino. En la palabra de Teresa, la fe se convierte en fuerza poética y en afirmación del yo. La lee como precursora de la escritura femenina: una mujer que, desde su celda conventual, conquista con la pluma un territorio de libertad. 

En “Sor Juana Inés de la Cruz: la inteligencia sitiada”, examina a la monja jerónima como símbolo de la mujer que desafía el orden patriarcal desde su propio corazón institucional: la Iglesia. La llama “inteligencia sitiada” porque su lucidez y su talento chocan con las murallas del dogma. Pero, lejos de verla como víctima pasiva, la retrata como estratega: su retiro final del estudio no es rendición, sino defensa. En su silencio hay dignidad, y en su sacrificio, una forma de subversión. Desde su celda, Sor Juana abre la posibilidad de pensar y escribir con libertad en un continente donde la mujer apenas comenzaba a tener voz. 

El recorrido continúa con “Frida Kahlo: el cuerpo como lenguaje”. Aquí explora la manera en que la pintora mexicana transforma su dolor físico y emocional en arte, haciendo del cuerpo una superficie simbólica donde se inscribe la identidad. Frida no pinta solo autorretratos, afirma, sino la lucha entre el ser y la herida. En su lectura, el cuerpo de Kahlo se convierte en un texto vivo, en el que se escriben las experiencias que la cultura prefiere callar: la enfermedad, la pérdida, el deseo, la maternidad frustrada, el mestizaje. Al igual que Frida, Rosario concibe la creación como reconciliación con el dolor. Ambas entienden que la expresión artística no cura, pero nombra, y al nombrar otorga sentido. El cuerpo, entonces, deja de ser objeto pasivo para volverse instrumento de autodefinición. 

En “Clarice Lispector: la palabra que busca el ser”, se sumerge en la obra de la escritora brasileña, cuya literatura no persigue narrar hechos, sino ahondar en los abismos de la conciencia. Lispector escribe desde el vértigo de lo esencial: la identidad, el deseo, la soledad, la percepción. Su palabra, dice Rosario, no domina la realidad, la interroga. Es un espejo donde el alma se mira sin maquillaje. En ella ve a una mujer que busca el sentido último del ser con un lenguaje casi místico, cargado de introspección. Encuentra afinidad con esa búsqueda: ambas escriben para conocerse y resistir, para hacer del silencio un espacio fecundo. 

Por último, en “Rosario Ferré: la casa de muñecas y la casa del lenguaje”, celebra la voz de la escritora puertorriqueña, quien transforma el símbolo doméstico de la “casa de muñecas” en una metáfora de rebelión. Ferré propone que la mujer escritora salga de ese recinto impuesto para construir una “casa del lenguaje”: un espacio propio, sin muros ni techos, donde pueda pensar, crear y subvertir los mitos de la feminidad. Para Rosario, esta es la culminación de un proceso: la mujer que ya no solo reclama la palabra, sino que funda un territorio simbólico nuevo. La escritura deja de ser adorno y se convierte en acto político, en una forma de derribar las paredes invisibles del patriarcado. 

Todas estas lecturas conforman un mapa de la conciencia femenina: desde el encierro doméstico hasta la emancipación simbólica. Rosario, al analizar a estas autoras, se analiza a sí misma. En cada una encuentra un reflejo, una advertencia o una promesa. Como Dickinson, busca la libertad en la soledad; como Woolf, enfrenta el abismo de la lucidez; como Sor Juana, sabe que la inteligencia tiene precio; como Kahlo, convierte el dolor en lenguaje. Su obra —y en especial Mujer que sabe latín…— no es solo crítica literaria, sino una genealogía de mujeres que escribieron para existir. 

orozco_zuarth@hotmail.com 

La poeta encarna, dice nuestra literata, la paradoja de la mujer que, al ser marginada del espacio público, encuentra en la soledad el escenario de su voz. 
La poeta encarna, dice nuestra literata, la paradoja de la mujer que, al ser marginada del espacio público, encuentra en la soledad el escenario de su voz. 
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