COLABORACIÓN INVITADA NIZALEB CORZO
Hay sonidos que el cuerpo no olvida. No pasan por la memoria racional —ese archivo ordenado donde guardamos fechas y datos—. Se quedan en otra parte, más antigua, debajo del lenguaje. El 31 de enero de 2013, a las 15:50 horas, sonó mi celular. Era mi secretaria. El sótano y la planta baja del edificio B2 del Centro Administrativo de Pemex habían explotado. Ahí custodiaban las escrituras de toda la empresa un grupo de personas que estaba bajo mi cargo. Corrí.
No he vuelto a correr igual desde entonces.
Lo recuerdo porque esta semana, mientras leía los despachos sobre la Refinería Olmeca en Dos Bocas, ese sonido volvió. No como nostalgia. Como advertencia. El 17 de marzo de 2026, una explosión sacudió la refinería emblema del sexenio pasado. Cinco personas murieron. Cuatro en el lugar, una en el traslado al hospital. Las llamas avanzaron en cuestión de minutos, lo que dificultó la evacuación de quienes estaban más cerca del punto de origen. Pemex atribuyó el origen a lluvias que provocaron desborde de aguas aceitosas. Tres semanas después, el 9 de abril, otro incendio, esta vez en la bodega de coque. Días antes, empleados habían señalado la presencia de una fuga en la zona de la planta coquizadora, mientras que habitantes del municipio reportaron una columna de vapor blanco, olores intensos y ruidos inusuales. Las autoridades dijeron que todo estaba bajo control.
Siempre dicen que todo está bajo control.
Recuerdo que en 2013, cuando llegué al primer anillo de seguridad, uno de los guardias me dijo: «Pase, licenciado.» Así funciona Pemex: o eres ingeniero o eres licenciado, si tienes rango. Si no, eres el Conan, la Barbie, el Wolverine. Esa jerarquía del apodo era también, en el fondo, una jerarquía de la responsabilidad invertida. Los que tenían nombre propio tomaban las decisiones; los que tenían apodo, ponían el cuerpo. En Dos Bocas, los que murieron el 17 de marzo eran, en su mayoría, trabajadores de empresas subcontratistas. El mismo esquema de siempre.
Ya dentro de la clínica, aquella tarde de 2013, pude notar que nadie estaba preparado para una emergencia de ese tamaño. Los médicos curaban heridas, las enfermeras corrían por material. El caos no era torpeza individual; era la forma en que una institución revela, bajo presión, lo que realmente tiene adentro. Lo que encontré fue improvisación. Lo que encontré fue que los protocolos existían en papel y en papel habían permanecido.
Eso fue hace trece años.
En 2019, la Auditoría Superior de la Federación advirtió deficiencias en los estudios de riesgo del proyecto, señalando la ausencia de elementos clave para prevenir siniestros mayores, como sistemas de aislamiento y la identificación de zonas vulnerables. La refinería fue inaugurada de todas formas, simbólicamente en 2022, con aplausos y discursos sobre soberanía energética. Desde que inició operaciones en 2024, ha estado en el centro de la conversación no por la magnitud del proyecto, sino porque ha cobrado vidas. Al menos seis incidentes en menos de dos años. Dos explosiones. Cinco muertos confirmados. Un bombero con intoxicación. Una escuela primaria en las inmediaciones de las instalaciones.
Pemex hoy es una empresa distinta a la de 2013, aunque no en el sentido que importa. Su deuda la vuelve técnicamente insolvente sin el respaldo del Estado. Su producción arrastra años de declive estructural. Y, en ese contexto, la inversión en mantenimiento y seguridad ha sido una de las primeras víctimas del ajuste permanente. No es un problema de administración. Es un problema de arquitectura institucional. Una empresa a la que se le pide que financie al Estado, que produzca hidrocarburos, que refine, que distribuya, que sea soberana y que además no explote, está siendo sometida a fuerzas contradictorias que ninguna organización puede sostener indefinidamente.
La pregunta que nadie hace con suficiente seriedad no es por qué explotó Dos Bocas. La pregunta es cuántas veces más puede explotar antes de que alguien concluya que el problema no es el clima, ni la lluvia, ni el coque demasiado caliente. La presidenta Sheinbaum reportó que el incendio del 9 de abril fue controlado y que no hubo heridos graves. En las labores de atención participaron 150 elementos de Pemex, con el apoyo de personal de la SEMAR, la SEDENA y del gobierno estatal de Tabasco. Ciento cincuenta personas para contener lo que debieron contener los sistemas de seguridad que no funcionaron.
Aquella noche de 2013, después de que nos relevaron los especialistas, regresé a casa y no dormí. Soñé que me quedaba encerrado en el sótano. Oscuro, destrozado, como lo había visto. Ese sueño me persiguió varios meses. Con el tiempo lo entendí: no era miedo al derrumbe físico. Era miedo al otro derrumbe, el institucional, ese que ocurre cuando una organización que debería proteger a su gente ha normalizado el riesgo hasta hacerlo invisible.
Ese sueño, me temo, sigue vigente.
Sólo que ahora lo sueña Tabasco.
Y esta vez no ocurre en un sótano.
Nizaleb Corzo es consultor estratégico y autor de Arquitectura o inercia.
