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Chiapas Puede… y el manotazo que viene

14 de abril de 2026
in Opiniones
Chiapas Puede… y el manotazo que viene
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COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH

En política, los programas dicen mucho… pero las advertencias dicen más.

“Chiapas Puede llegó para quedarse”, dijo el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar. Y no es una frase menor. Es, en realidad, una declaración de alcance: lo que hoy es alfabetización, mañana será salud, infraestructura y, eventualmente, gobernabilidad.

Es decir, no estamos frente a un programa.

Estamos frente a una ruta.

Porque cuando un gobierno decide poner el acento en la alfabetización —en un estado históricamente rezagado en ese rubro— no solo está atendiendo una deuda social, también está construyendo una narrativa: la de un gobierno que busca transformar desde la base.

Más de 120 mil educandos, miles de asesores, cobertura en prácticamente todo el estado y una población objetivo donde predominan mujeres y comunidades indígenas. Los números son importantes, sí, pero lo verdaderamente relevante es el mensaje político que hay detrás.

Alfabetizar no solo es enseñar a leer.

Es ordenar.

Es integrar.

Es incorporar a miles de personas a una lógica institucional.

Por eso “Chiapas Puede” no se queda en lo educativo.

El propio gobernador lo dejó claro: vendrá “Chiapas Puede” en salud, en infraestructura… y en lo que haga falta.

Y ahí es donde aparece el otro mensaje.

El que no venía en el discurso técnico.

El que no estaba en los datos.

El que sí fue directo: “ya viene un manotazo”.

En política, ese tipo de frases no se dicen al aire.

Se dicen cuando hay diagnósticos internos.

Se dicen cuando hay áreas que no están funcionando.

Se dicen cuando el margen de tolerancia se empieza a cerrar.

Y se dicen, sobre todo, cuando el proyecto ya no está en fase de arranque, sino de consolidación.

Porque al inicio, todo gobierno permite ajustes, errores, curvas de aprendizaje. Pero cuando el programa avanza, cuando los números comienzan a sostener el discurso, entonces viene la otra etapa: la de la disciplina interna.

El mensaje, sin rodeos, es claro: El que no esté a la altura… estorba.

Y en un programa de esta magnitud, donde participan miles de personas —entre asesores, operadores, estructuras territoriales y funcionarios— el riesgo no es menor. Siempre hay inercias, resistencias, simulaciones.

Siempre hay quien firma… pero no trabaja.

Siempre hay quien coordina… pero no coordina.

Siempre hay quien opera… pero solo en el papel.

Por eso el “manotazo” no es una amenaza mediática.

Es una señal interna.

Es el momento en que un proyecto deja de ser discurso y empieza a exigir resultados.

En Chiapas, además, ese tipo de advertencias tienen un peso particular. No solo por la dimensión del estado, sino por la complejidad de su territorio, sus desigualdades históricas y las múltiples capas de operación política que conviven en cada programa.

Llevar alfabetización a comunidades de alta marginación no es solo un reto educativo.

Es un reto logístico.

Es un reto político.

Es un reto de control institucional.

Y cuando algo de ese engranaje falla, se nota.

Por eso el gobernador no habló únicamente de educación.

Habló de continuidad.

Habló de expansión.

Y habló —quizá lo más importante— de orden.

Porque si “Chiapas Puede” va a convertirse en una plataforma que abarque distintos sectores, entonces no puede permitirse fallas estructurales en su operación.

No puede haber simulación.

No puede haber desorden.

No puede haber operadores que no estén a la altura del proyecto.

De ahí la advertencia.

De ahí el tono.

De ahí el mensaje que, más allá del evento público, iba dirigido hacia adentro.

En política, cuando un programa crece, también crece la exigencia.

Y cuando la exigencia crece, las oportunidades se reducen.

Por eso, más allá de los discursos, de los kits de alfabetización o de las metas planteadas, lo que quedó claro en ese evento no fue solo que Chiapas puede.

Sino que, para algunos,

ya no hay margen para no poder.

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