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A ESTRIBOR

15 de abril de 2026
in Opiniones
A ESTRIBOR
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JUAN CARLOS CAL Y MAYOR/ULTIMÁTUM

LA FÁBRICA DE CRETINOS DIGITALES

Hubo un tiempo en que el silencio de una casa era señal de tranquilidad. Hoy, en cambio, es sospechoso. Si no hay pantallas encendidas, parece que algo falta. El ruido ya no viene de la conversación, sino del zumbido constante de videos, notificaciones y contenidos que se deslizan sin dejar huella. En medio de esa normalidad digital, pocos se atreven a plantear una pregunta incómoda: ¿nos estamos volviendo más tontos?

LA ILUSIÓN DEL PROGRESO

El neurocientífico francés Michel Desmurget tuvo la osadía de responder que sí. Su libro, La fábrica de cretinos digitales, desmonta uno de los grandes mitos contemporáneos: que la exposición masiva a la tecnología mejora nuestras capacidades cognitivas.

Durante años se nos vendió la idea de que las pantallas eran herramientas casi milagrosas. Tablets en las escuelas, celulares en manos de jóvenes, plataformas sustituyendo libros. Todo bajo la promesa de formar generaciones más rápidas y mejor preparadas.

Pero la evidencia apunta en sentido contrario. El exceso de estímulos fragmentados reduce la capacidad de concentración, empobrece el lenguaje y debilita la memoria. El cerebro necesita tiempo, esfuerzo y silencio para desarrollarse. Justo lo que las pantallas eliminan.

EL COSTO INVISIBLE

El problema no es solo infantil. Es social. Hemos sustituido la lectura por el desplazamiento infinito, la conversación por la reacción inmediata, la reflexión por el impulso.

No estamos formando únicamente niños distraídos. Estamos produciendo jóvenes incapaces de sostener una idea y adultos que han dejado de cuestionar. Personas que leen sin comprender, que consumen información sin procesarla, que opinan sin haber entendido. Ese es el verdadero salto: de la distracción individual a la ignorancia colectiva.

LA COMODIDAD COMO TRAMPA

Las pantallas han resuelto una necesidad inmediata: entretener. Pero esa solución se ha convertido en dependencia. Ya no son solo niñeras digitales, son anestesias colectivas.

Una mente que no se ejercita se atrofia. Y una sociedad que deja de pensar se vuelve manipulable. Lo preocupante no es la tecnología, sino su uso sin límites, su presencia permanente y su aceptación acrítica.

LA PROFECÍA DE LA ESTUPIDEZ

No es casualidad que la cultura popular lo haya anticipado. La película Idiocracy imaginaba un futuro donde la sociedad terminaba dominada por la ignorancia y el entretenimiento vacío. En su momento fue una sátira. Hoy parece una advertencia.

Basta observar la conversación pública: argumentos sustituidos por consignas, debate reemplazado por ataques personales, evidencia ignorada frente a creencias rígidas. La discusión ya no busca entender, sino imponer.

LA MANIPULACIÓN COMO SISTEMA

¿Es espontáneo este deterioro? Difícil creerlo. Los algoritmos están diseñados para capturar atención, no para elevar el pensamiento. Premian lo emocional, lo inmediato, lo que confirma prejuicios.

En ese entorno, los liderazgos populistas prosperan. No requieren ideas complejas, sino mensajes simples y repetidos. Y detrás, una maquinaria digital que amplifica, distorsiona y convierte la percepción en realidad.

EL ESPEJO INCÓMODO

Es aquí donde la reflexión deja de ser abstracta. En México, este fenómeno se manifiesta con claridad en una parte del respaldo político al oficialismo. No se trata solo de los beneficiarios de programas sociales —que responden a incentivos comprensibles—, sino de un segmento más amplio que ha sustituido el análisis por la adhesión.

Se repite una lógica conocida: quien critica al poder es acusado de manipulación, de mala fe o de pertenecer a intereses ocultos. La evidencia se desecha, el argumento se invalida por origen y el debate se reduce a lealtades. Paradójicamente, mientras se denuncia la manipulación, se reproduce.

EL EJÉRCITO DE IGNORANTES

Ya no se trata de casos aislados. Es un fenómeno masivo. Jóvenes y adultos que defienden posturas como dogmas, que reaccionan con agresividad ante la evidencia y que participan activamente en la difusión de ideas que no comprenden.

No es casualidad. Es el producto de un ecosistema que premia la ignorancia activa y castiga el pensamiento crítico. Una maquinaria que no solo entretiene, sino que forma —o deforma— conciencias.

Y entonces la pregunta deja de ser cultural para volverse estratégica: ¿quién gana cuando la sociedad deja de pensar?

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