COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM
Hay violencias que se explican por el contexto.
Y hay otras que no deberían explicarse nunca.
Porque no tienen justificación.
Porque no caben en ninguna lógica que no sea la del odio.
En Chiapas, los crímenes de odio siguen ocurriendo. Y lo más grave no es solo que sucedan, sino que empiezan a normalizarse entre la estadística, el silencio institucional y la costumbre social de mirar hacia otro lado.
La noche del sábado, en Cintalapa, fue asesinado Noé Alejandro López Martínez, de 27 años. Para muchos, un joven más. Para otros, una historia que representaba algo distinto: identidad, expresión, valentía.
Noé no solo era maquillista profesional. Era integrante de la comunidad LGBTIQ+. Era ganador del certamen Reina de Reinas México 2025. Era alguien que había decidido vivir sin esconderse.
Y eso, en algunos lugares, todavía cuesta la vida.
Dos sujetos armados se le acercaron y le dispararon de manera directa. No hubo discusión. No hubo intento de robo. No hubo matices.
Fue ejecución.
Fue mensaje.
Y fue, muy probablemente, odio.
Porque cuando una persona es asesinada en razón de lo que es, de lo que representa, de cómo vive o de cómo ama, el crimen deja de ser solo un delito. Se convierte en un acto simbólico. En una advertencia. En un intento de borrar identidades.
Eso es un crimen de odio.
Y en Chiapas, estos crímenes no son aislados.
Se insertan en un contexto donde la violencia ya es cotidiana, pero donde además existen capas adicionales de vulnerabilidad. Ser mujer. Ser joven. Ser pobre. Ser diferente. Ser parte de la comunidad LGBTIQ+.
Ser visible.
Ese mismo fin de semana fue sepultada en Tuxtla Chico Beany Lozano García, de apenas 18 años, presuntamente asesinada por su pareja.
Otro caso.
Otra historia.
Otro recordatorio de que en Chiapas ser mujer también puede ser una sentencia.
Las cifras acompañan el horror: al menos 14 feminicidios en lo que va del año, de acuerdo con datos de la colectiva 50+1. Marzo, el mes más violento.
Pero más allá de los números, lo que existe es un patrón.
Un patrón donde la violencia no solo mata, sino que selecciona.
Selecciona a quienes considera más vulnerables.
A quienes el sistema no protege lo suficiente.
A quienes la sociedad todavía no termina de aceptar.
A quienes incomodan.
Y en ese patrón, los discursos importan.
Porque la violencia no empieza con un disparo.
Empieza con una palabra.
Empieza cuando se normaliza el insulto.
Cuando se usa la orientación sexual como burla.
Cuando se minimiza la violencia contra las mujeres.
Cuando se justifica al agresor.
Cuando se cuestiona a la víctima.
Empieza cuando dejamos de indignarnos.
El caso de Noé Alejandro no puede quedarse en una nota más. No puede diluirse entre la narrativa de la inseguridad generalizada. Porque aunque Chiapas enfrenta una disputa territorial entre grupos criminales, no todo se explica por eso.
Hay violencias que son más profundas.
Más culturales.
Más arraigadas.
El odio también se aprende.
Y cuando ese odio se encuentra con impunidad, se vuelve peligroso.
Porque el mensaje que se envía es claro: se puede matar y no pasa nada.
El silencio, en estos casos, también comunica.
Comunica desinterés.
Comunica lentitud.
Comunica distancia.
Y mientras tanto, la comunidad LGBTIQ+ llora a una de sus representantes más visibles. Una reina que no llegó a recibir su corona. Una vida que fue interrumpida antes de tiempo.
Pero también una historia que debe incomodar.
Porque Chiapas no puede aspirar a ser un estado moderno si sigue siendo un territorio donde la diferencia se castiga con la muerte.
No se trata solo de seguridad.
Se trata de dignidad.
Se trata de reconocer que hay sectores de la población que viven en mayor riesgo simplemente por existir. Y que ese riesgo no puede seguir siendo ignorado ni reducido a estadísticas.
Cada feminicidio es una falla del Estado.
Cada crimen de odio es una falla de la sociedad.
Y cuando ambos coinciden, el problema es estructural.
Por eso no basta con detener a los responsables —si es que se les detiene—. Se necesita algo más profundo: políticas públicas, educación, prevención, visibilización, justicia con perspectiva de género y de diversidad.
Se necesita reconocer que esto está pasando.
Que no es aislado.
Que no es menor.
Que no es normal.
Porque lo verdaderamente peligroso no es solo que existan los crímenes de odio.
Lo verdaderamente peligroso es que dejemos de llamarlos así.
Que los disfrazamos de violencia común.
Que los diluyamos en el caos.
Que los olvidemos rápido.
En Chiapas, los crímenes de odio siguen vigentes.
Y mientras no se nombren, no se investiguen con rigor y no se castiguen con firmeza, seguirán ocurriendo.
Con otros nombres.
Con otras historias.
Con el mismo silencio.
Y eso, en pleno 2026, no solo es inadmisible.
Es imperdonable.
