COLABORACIÓN INVITADA/Sr. Smith/Ultimátum
En política no todo se dice… pero todo se entiende.
Y cuando un gobernador, en un espacio público, con cámara encendida y micrófono abierto, dice: “no hay que perder de vista a Viridiana”, no está improvisando una frase. Está enviando un mensaje.
Claro. Directo. Sin intermediarios.
Porque en política, el que entendió, entendió.
El episodio de “Platicando con el Jaguar” donde aparece Viridiana Figueroa no es solo una entrevista. Es, en términos reales, una construcción narrativa. Una pieza de posicionamiento. Un escaparate donde no solo se presenta a la funcionaria, sino que se le valida.
Y se le proyecta.
El formato no es menor. No se trata de un boletín frío ni de una agenda institucional. Es un espacio donde el gobernador humaniza, perfila y, sobre todo, distingue. Y en ese terreno, cada gesto cuenta.
Viridiana no llegó ahí por casualidad.
El gobernador no solo destacó su trayectoria —Tapachula, UNACH, regidora, diputada, Oficial Mayor, directora del Cobach—, sino que la llevó al terreno personal: su origen, su familia, su hija, su historia. La hizo cantar. La hizo reír. La hizo cercana.
La volvió personaje.
Y en la política contemporánea, ser personaje es el primer paso para ser opción.
Pero lo más importante no fue eso.
Fue la frase.
“No hay que perder de vista a Viridiana”.
Dicho así, sin rodeos, sin matices.
Porque en el lenguaje político hay niveles. Y ese nivel no es de cortesía. Es de señal.
Es el mismo lenguaje con el que se construyen candidaturas mucho antes de que existan los tiempos legales. Es el lenguaje del guiño. Del respaldo. Del “está en la conversación”.
Viridiana, además, responde en la misma sintonía: se declara parte del “movimiento jaguar”, reconoce liderazgo, se alinea narrativa y políticamente. No hay duda de su ubicación.
Es jaguar.
Jaguar jaguar.
Y eso, en el tablero actual de Chiapas, pesa.
Porque mientras algunos actores políticos siguen haciendo ruido, otros están siendo construidos desde el poder. Con narrativa, con exposición, con validación pública.
No es lo mismo caminar solo… que ser presentado.
No es lo mismo tener aspiraciones… que ser mencionado.
No es lo mismo levantar la mano… que te levanten.
En ese mismo espacio, además, hay otro detalle que no debe pasar desapercibido: Tapachula. El arraigo. La insistencia del gobernador en remarcar que ahí está su corazón, su base, su identidad.
“¿Estás lista, Tapachula?”, pregunta.
“Más que lista”, responde.
Otra frase. Otro mensaje.
Porque en política, las geografías también hablan.
Y Tapachula hoy no es cualquier plaza.
Mientras algunos siguen atrapados en la lógica del pasado —los mismos nombres, las mismas disputas, los mismos desgastes—, otros están siendo colocados en una narrativa distinta: juventud, cercanía, territorio, lealtad.
Viridiana cumple con ese perfil.
No es improvisada.
No es ajena al sistema.
Pero tampoco carga con el desgaste de los viejos cuadros.
Y eso la vuelve competitiva.
El gobernador lo sabe.
Por eso no la esconde. La exhibe.
Por eso no la menciona de paso. La subraya.
Por eso no la deja en el anonimato institucional. La coloca en el reflector político.
“No pierdan de vista a Viridiana”.
En otro momento, esa frase podría parecer simple. Incluso amable.
Hoy no.
Hoy es una instrucción.
Una advertencia para los que están jugando el juego político.
Y una pista para los que saben leerlo.
Porque mientras unos siguen viendo encuestas, otros deberían empezar a ver señales.
Y en política, las señales —cuando vienen desde arriba— rara vez son casualidad.
Son destino en construcción.
