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Límites perdidos

22 de abril de 2026
in Opiniones
Límites perdidos
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DEMOCRACIA VIRTUAL/EUGENIO HERNÁNDEZ SASSO/ULTIMÁTUM

Lo ocurrido en la Pirámide de la Luna no es un simple “arranque” individual. El caso de Julio César Jasso Ramírez obliga a preguntar ¿qué está pasando con la juventud mexicana?, además, habría que sumarle otros episodios violentos y accidentes recientes en la zona arqueológica de Teotihuacán.

Cuando sucede algo como la balacera del lunes pasado hay una tentación fácil y simplista de culpar a influencias externas, particularmente a la cultura de violencia que llega desde Estados Unidos.

Si bien es cierto que fenómenos como los tiroteos masivos han sido recurrentes en ese país y que su exposición mediática es constante, reducir el problema a una imitación de “locuras ajenas” es evadir responsabilidades internas.

La violencia juvenil en México tiene raíces propias basadas en descomposición social, falta de oportunidades, crisis de salud mental y una creciente normalización de la agresividad como forma de expresión.

El caso de Teotihuacán es paradigmático porque ocurre en un espacio simbólico, un sitio arqueológico que representa la grandeza histórica, pero hoy se ha convertido en escenario de caos contemporáneo.

Primero, los incidentes vinculados a globos aerostáticos. La historia registra que el incendio fatal de abril de 2023, donde murieron dos adultos y una menor quedó gravemente herida, evidenció fallas graves en supervisión.

Después, en 2025, el desgarre de un globo cerca de la Pirámide de la Luna dejó una docena de lesionados.

Estos ya no pueden considerarse hechos aislados, son síntomas de una regulación laxa y una escasa seguridad frente al negocio turístico.

A esto se suma el episodio más grave, el tiroteo que dejó dos muertos y 13 heridos, incluyendo turistas extranjeros.

El mensaje aquí es demoledor, dado que México no solo enfrenta problemas de seguridad en zonas urbanas o fronterizas, ahora también en sus vitrinas culturales y turísticas más emblemáticas.

Hablar de “jóvenes fuera de control” (Julio César tenía 27 años), sin matices, sería injusto porque no todos están perdidos ni mucho menos.

Al parecer el problema viene de familias fragmentadas, sistemas educativos rebasados y una oferta cultural que muchas veces glorifica la violencia.

A esto se suma el abandono institucional en materia de salud mental, porque nadie puede negar que la depresión, la ansiedad y otros trastornos siguen siendo minimizados o estigmatizados, cuando en realidad son factores de riesgo que, sin atención, pueden escalar hacia conductas extremas.

Entonces, ¿qué deben hacer las autoridades? Lo primero es dejar de reaccionar solo cuando ocurre la tragedia y mucho menos mentir ante la verdad evidente.

En primer lugar, se necesita prevención real, inversión en salud mental, programas comunitarios y espacios seguros para jóvenes. Segundo, regulación estricta en zonas turísticas como Teotihuacán. Tercero, coordinación efectiva entre diferentes niveles de gobierno para garantizar seguridad en sitios públicos de alta afluencia.

El cuarto punto que incomoda es la aplicación de la ley, pues cuando alguien cruza la línea hacia la violencia, la respuesta institucional debería ser clara, firme y sin titubeos, toda vez que la impunidad no solo perpetúa el problema, sino lo multiplica.

La juventud mexicana no está condenada, pero sí está en una encrucijada. Ignorar las señales —como lo ocurrido en Teotihuacán o el caso de Osmer H., el alumno de 15 años que mató a dos profesoras en Michoacán en este mismo año— sería un error grave.

Es decir, si la violencia de este tipo ya no sorprende, no estamos frente a casos aislados, sino ante una sociedad que empieza a perder el control de sí misma.

Sassón

Negar la realidad ya no es una opción, la violencia en México ya no respeta al turismo o las escuelas, se manifiesta en todas partes y de diferentes formas. Esto se tiene que atender con madurez y mucha responsabilidad.

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