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Morena se reinventa o se fractura: el relevo en la cúpula y sus consecuencias

22 de abril de 2026
in Opiniones
Morena se reinventa o se fractura: el relevo en la cúpula y sus consecuencias
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FILIPICAS/PACO RAMÍREZ

La salida de Luisa María Alcalde y Andy López Beltrán de la dirigencia nacional abre interrogantes sobre la cohesión interna del partido gobernante y su capacidad para llegar unido a las elecciones intermedias de 2027.

Cuando un partido político decide cambiar de timón a menos de dos años de una elección que se perfila como definitoria, la pregunta inevitable no es quién llega, sino por qué se va quien estaba. En Morena, el relevo en la dirigencia nacional —con la inminente salida de Luisa María Alcalde y Andrés Manuel López Beltrán— no es un mero trámite administrativo: es el reconocimiento implícito de que algo no marchaba bien en las entrañas del movimiento que lleva ocho años en el poder.

Alcalde asumió la presidencia nacional en octubre de 2024 con el respaldo expreso de Palacio Nacional. Apenas diecísiete meses después, fuentes periodísticas de primer nivel confirmaron su salida. El contraste entre las declaraciones públicas —ella misma lo negó categóricamente el 14 de abril pasado— y la realidad de los hechos revela una dinámica que resulta sintomática en Morena: la narrativa oficial siempre va detrás de las decisiones que ya se toman en los círculos cerrados del poder.

El diagnóstico que habría acelerado el relevo es ilustrativo: incapacidad para contener disputas internas en estados clave, resultados por debajo de lo esperado en la gestión operativa del partido y tensiones con aliados estratégicos como el PT y el PVEM. A ello se suman cuestionamientos sobre el manejo de más de dos mil quinientos millones de pesos en prerrogativas correspondientes a 2025, un asunto que no ha recibido respuesta clara ni transparente por parte de la dirigencia saliente.

El perfil de los relevos: ¿operación o renovación?

La llegada de Ariadna Montiel a la presidencia nacional de Morena y de Esthela Damián a la Secretaría de Organización es presentada por el oficialismo como una apuesta por perfiles con arraigo territorial y experiencia en la gestión social. Montiel, al frente de la Secretaría del Bienestar, es sin duda una figura con contacto directo con la base social del movimiento. En eso radica su valor estratégico de cara a 2027.

Sin embargo, conviene no perder de vista lo que este relevo revela en el plano estructural. Estos cambios no emergen de un proceso interno deliberativo ni de un congreso nacional en el que la militancia haya tenido voz. Emergen de una decisión tomada, según todas las versiones coincidentes, desde la Presidencia de la República. Morena, que nació presumiendo ser un partido horizontal y ciudadano, opera cada vez más como una estructura de mando vertical donde el poder central designa, mueve y retira piezas según convenga al proyecto en turno.

Esto no es un detalle menor. La centralización de decisiones puede ser útil en el corto plazo para imponer disciplina y cohesión, pero genera en el mediano plazo un problema de legitimidad interna. Los liderazgos regionales que no se sientan tomados en cuenta, los cuadros medios que aspiraban a una dirigencia más abierta y los militantes que esperaban un Congreso Nacional incluyente tienen razones objetivas para sentirse al margen.

¿Beneficios para los simpatizantes o inicio de la desbandada?

Para la base social de Morena —los beneficiarios de programas sociales, los votantes de colonias populares y comunidades rurales— este relevo no representa por sí mismo ningún cambio inmediato en su vida cotidiana. El aparato asistencial del gobierno federal continúa operando independientemente de quién encabece el Comité Ejecutivo Nacional. En ese sentido, hablar de beneficios tangibles para el simpatizante de a pie es, por ahora, prematuro.

Donde sí puede haber consecuencias es en el ánimo de los cuadros medios y los operadores políticos que apostaron por la dirigencia anterior. En política mexicana, los cambios de liderazgo arrastran consigo lealtades, presupuestos y espacios de influencia. Quienes estaban cerca de Alcalde y López Beltrán sabrán ahora que deben reposicionarse o resignarse a perder relevancia. Eso genera fricciones que, aunque no siempre se hacen públicas, sí se expresan en la eficiencia operativa del partido.

La pregunta sobre una eventual desbandada no puede responderse con certeza hoy, pero los indicios merecen atención. Morena ya no es la fuerza emergente que aglutinaba entusiasmo ciudadano contra un régimen desgastado. Es el partido en el poder, con todo el peso que eso implica: burocratización, acomodo de intereses, promesas incumplidas y militantes que descubrieron que la transformación tenía límites. Cada relevo en la cima que no va acompañado de una apertura real hacia la militancia es combustible para el desencanto.

Chiapas  y Morena

Para Chiapas, estos movimientos en la cúpula nacional no son ajenos. El estado sigue siendo una de las plazas más importantes en el mapa electoral de Morena, y los cambios en la dirigencia nacional inevitablemente reconfiguran los equilibrios locales. Los operadores políticos chiapanecos que tenían vínculos directos con la dirigencia saliente tendrán que tejer nuevas relaciones con los cuadros que llegan. En ese proceso de readaptación, siempre hay quienes salen fortalecidos y quienes quedan en el camino.

Lo que está en juego en 2027 para Chiapas es significativo: presidencias municipales, diputaciones locales y federales que hoy están bajo control morenista. Si la reorganización interna del partido resulta en mayor cohesión y mejor operación territorial, el oficialismo llegará en condiciones competitivas. Si, por el contrario, los reacomodos generan fracturas que no se suturan a tiempo, la oposición —aunque fragmentada— podría capitalizar el descontento.

Morena enfrenta una paradoja que define su madurez como partido: puede cambiar nombres en la dirigencia cuantas veces quiera, pero mientras las decisiones sigan tomándose en círculos reducidos, lejos de su militancia y de la deliberación interna, el riesgo de desgaste seguirá creciendo. Los relevos cosméticos no bastan cuando lo que está en crisis es la confianza de quienes creyeron en el proyecto. La historia política de México está llena de partidos que ganaron elecciones y perdieron su alma. Morena tiene aún la oportunidad de no repetir ese ciclo. La pregunta es si quiere aprovecharla.

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