COLABORACIÓN INVITADA /NIZALEB CORZO
Esto no es un relevo diplomático. Es una apuesta sobre dónde se va a pelear —y quizá decidir— la siguiente etapa de la relación entre México y Estados Unidos.
Conocí a Esteban Moctezuma cuando todavía cargaba el peso intelectual de renovar los modelos educativos en varias conversaciones estratégicas y conocí a Roberto Lazzeri cuando todavía firmaba operaciones de deuda subnacional con la disciplina de quien sabe que un decimal mal puesto cuesta más que un discurso completo. He trabajado con los dos. Y por eso el anuncio de la presidenta Sheinbaum, hecho desde la mañanera del 23 de abril, no me parece un movimiento administrativo. Me parece, y lo digo con la cautela del que ha visto los dos lados del expediente, una decisión que reescribe la sintaxis con la que México le habla a Washington.
Esteban entró a la embajada en febrero de 2021, en un mundo que todavía respiraba pandemia y que aún no entendía que el T-MEC iba a ser el campo de batalla de la siguiente década. Llegó con un currículum que pocos diplomáticos mexicanos pueden presumir: secretario de Gobernación con Zedillo, secretario de Desarrollo Social, senador, secretario de Educación con López Obrador, y antes de todo eso, un paréntesis de casi dos décadas en Grupo Salinas que muchos en la 4T preferían no recordar pero que él convirtió en activo de interlocución.
Cinco años después, sale como el embajador mexicano en Washington con la gestión más larga del último ciclo, transexenal en su propio país y bipartidista en el ajeno. No es poca cosa. La media histórica del puesto ronda los dos años, y él casi triplicó la marca aguantando dos administraciones nuestras y dos de ellos. Quien crea que eso se logra solo con buenas formas, no ha estado nunca dentro de la sala donde se discute el contenido del próximo memorándum.
Sus logros admiten lectura sin glosa generosa. Negoció que los estímulos fiscales del IRA estadounidense para vehículos eléctricos cubrieran a México y Canadá, lo cual no es un detalle ornamental sino la diferencia entre que la planta de Saltillo respire o se asfixie. Empujó la inclusión mexicana en la conversación del CHIPS and Science Act, un asiento en la mesa de los semiconductores que hace cinco años hubiera parecido fantasía. Articuló los meses de los estados como vehículo de promoción comercial y turística, una idea aparentemente menor que en realidad redistribuyó la representación federal hacia las economías regionales.
Y mantuvo, con una paciencia que pocos le reconocen, la cobertura consular para una comunidad migrante a la que la retórica del segundo Trump trata cada mañana como variable de ajuste.
Hay quien dirá que la embajada perdió relevancia política durante su gestión. Yo diría, más bien, que la embajada hizo lo que tenía que hacer en una etapa donde el centro de gravedad de la relación se movió a Palacio Nacional y a la oficina de la Secretaría de Economía.
A Roberto lo conozco por otra puerta. La del expediente técnico.
Economista por el CIDE, con estudios en Derecho por la UVM, hizo carrera en deuda pública desde 2005 cuando administraba el portafolio de la entonces Secretaría de Finanzas del Distrito Federal. Pasó por Banobras estructurando deuda subnacional, por el sector privado durante una década, y volvió al gobierno federal en 2020 como director general de Captación y luego de Deuda Pública en Hacienda.
En julio de 2023 quedó como jefe de la Oficina de Coordinación del secretario, primero con Rogelio Ramírez de la O y después con Edgar Amador, lo cual significa que durante casi dos años fue el hombre que ordenaba la agenda, filtraba los temas y, cuando hacía falta, traducía la urgencia política en lenguaje financiero.
En agosto de 2025 lo nombraron director general de Nafin y Bancomext, el binomio de banca de desarrollo que la administración Sheinbaum convirtió en columna del llamado Plan México.
Tiene cuarenta y dos años. Habla con economistas estadounidenses sin necesidad de traductor ni de adjetivos. Y participó, hace apenas una semana, en la reunión con Jamieson Greer en Palacio Nacional acompañando a Marcelo Ebrard, lo que no fue casualidad sino ensayo general.
El contraste entre los dos hombres dice más que cualquier comunicado oficial.
Esteban es del oficio de la política mexicana clásica, ese que se cocinó leyendo a los clásicos en Cambridge y aprendiendo a sobrevivir en Bucareli.
Roberto es del oficio nuevo, el que se forjó modelando curvas de rendimiento y refinanciando 300 mil millones de pesos en mercado local más 10 mil millones de dólares en mercados internacionales.
Esteban entiende el poder por dentro.
Roberto entiende los flujos por dentro.
La presidenta está apostando, y aquí va mi lectura, a que en los próximos dos años el problema central no se resolverá en un cóctel de Georgetown sino en una sala con hojas de cálculo abiertas y con abogados comerciales del USTR pidiendo aclaraciones sobre reglas de origen automotrices.
Si esa lectura es correcta, Lazzeri es la pieza adecuada.
Si la lectura es incorrecta, México habrá puesto a un técnico financiero a pelear una guerra de narrativa pública contra un presidente que no negocia: tuitea.
En los consejos de administración suele decirse que cuando cambian los flujos, cambian también las reglas del poder. Esa es, probablemente, la verdadera apuesta detrás de este relevo.
Y aquí es donde el reto se vuelve denso.
Roberto llega a Washington con la peor combinación posible de viento en contra.
La revisión del T-MEC ya no es un horizonte sino un calendario. Trump ha convertido la cooperación en seguridad en una palanca de presión retórica que cruza la línea de la soberanía cada vez que le conviene electoralmente. La semana pasada se confirmó que los dos estadounidenses muertos en el operativo de Chihuahua eran agentes de la CIA, lo que en cualquier capítulo anterior de esta relación habría detonado una crisis y que ahora apenas se administra como ruido de fondo.
Trescientas empresas estadounidenses tienen denuncias activas contra el SAT por presunto acoso fiscal. La industria automotriz no sabe bajo qué reglas operará en dieciocho meses. Y el ganado mexicano sigue parado en la frontera por el gusano barrenador, un asunto técnico que Esteban estuvo destrabando hasta el último día y que Roberto va a heredar abierto.
La lista no es exhaustiva. Es solo la primera página.
Mis recomendaciones, si me las pidieran —y aprovecho que esta columna es el único formato donde uno puede regalar consejos sin esperar factura— son sencillas.
La primera, que no caiga en la tentación de gobernar la embajada como gobernó Nafin. Una banca de desarrollo se administra con KPIs y comités. Una embajada se administra con relaciones que no caben en un tablero.
La segunda, que entienda que su mayor activo, la cercanía con Hacienda y con Edgar Amador, es también su mayor riesgo. Si Washington percibe que el embajador es un emisario financiero más que un interlocutor político pleno, perderá interlocutores precisamente en los temas no comerciales, que son los que prenden los incendios.
La tercera, que dedique los primeros noventa días a escuchar más de lo que habla. Washington premia al que llega con preguntas inteligentes y castiga al que llega con respuestas prematuras.
La cuarta, que construya rápido una vocería bilingüe propia, porque el embajador mexicano que no aparece explicando el contexto en CNN y en Fox al mismo tiempo, deja el espacio a quien sí aparezca, y ese espacio rara vez lo llenan amigos de México.
Y la quinta, la más incómoda. Que reconozca, en privado y en público, que Esteban no se va por mal desempeño sino por cierre de ciclo. La elegancia con la que se reciba el bastón es el primer mensaje que el sistema político de allá leerá sobre el carácter del que llega.
Hay una pregunta que nadie está haciendo en voz alta y que conviene poner sobre la mesa antes de que la pongan los hechos.
¿Está la presidenta enviando a Lazzeri porque cree que la batalla con Trump se va a ganar en el terreno comercial, o porque ya asumió que en el terreno político no hay nada que ganar y prefiere blindar al menos los flujos económicos?
Las dos hipótesis son legítimas. Las dos tienen consecuencias muy distintas para el país. Y las dos se van a probar mucho antes de que termine este año.
Ojalá Roberto encuentre, entre las hojas de cálculo y los discursos, el espacio de improvisación que toda diplomacia exige. Ojalá Esteban acepte el siguiente encargo que le ofrezca la presidenta con la generosidad institucional que lo caracteriza.
Ojalá la embajada de México en Washington deje de ser tratada, por la opinión pública mexicana, como un puesto decorativo y vuelva a entenderse como lo que en realidad es: el puesto donde se juega, todos los días, el cuarenta y siete por ciento de nuestro PIB.
Porque más allá de los nombres propios, lo que está cambiando es el terreno donde México y Estados Unidos van a discutir su futuro económico.
Y en esos momentos —cuando la política, el comercio y las finanzas se mezclan— es cuando se vuelve indispensable leer correctamente el tablero.
Ojalá, sobre todo, que cuando dentro de un año regrese a esta columna a evaluar el primer corte, no tenga que escribir que aquella ceremonia de relevo en abril fue, en el fondo, el último acto cordial antes de la tormenta.
Aunque, conociendo Washington, lo más probable es que sí.
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Nizaleb Zepeda es consejero empresarial independiente
Socio fundador de Corzo Diez & Asociados
Autor de Arquitectura o inercia: Gobierno corporativo para Consejos que quieren elegir su destino, no recibirlo.
