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Es que de verdad, son cínicos

30 de abril de 2026
in Opiniones
Es que de verdad, son cínicos
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Sr. Smith/Ultimátum

Hay frases que retratan mejor que cualquier discurso. “No”. Así, seco. Sin titubeos. Así respondió Rubén Rocha Moya cuando le preguntaron si renunciaría. Y luego remató con una sentencia que, más que defensa, parece confesión de época: “cada quien por sí mismo”.

No es una frase menor. Es una forma de entender el poder.

Porque las acusaciones que hoy pesan sobre el gobernador de Sinaloa no son cualquier cosa. No vienen de la grilla local, ni del rumor político que se diluye con el paso de los días. Vienen de instancias del gobierno de Estados Unidos y describen una trama que, de ser cierta, no solo compromete a una persona, sino a toda una estructura de poder: vínculos con el crimen organizado, acuerdos, protección institucional, control de fuerzas de seguridad.

Y frente a eso, la respuesta no es una explicación de fondo, ni un gesto de responsabilidad institucional, ni siquiera una pausa para dimensionar la gravedad del momento.

Es un “no”.

Es seguir.

Es resistir.

Es cerrar filas.

La propia presidenta ha planteado que, si no hay pruebas claras, se trata de un asunto político. La Secretaría de Relaciones Exteriores respalda esa narrativa al señalar que los documentos no contienen elementos suficientes. La Fiscalía General de la República anuncia que analizará.

Y mientras tanto, todo sigue.

Como si nada.

Ese es el punto.

Porque más allá de si las acusaciones prosperan o no, hay algo que ya está ocurriendo frente a nuestros ojos: la normalización de lo impensable en Morena. Gobernar bajo señalamientos de esta magnitud y hacerlo con la tranquilidad de quien cree que nada va a pasar.

Antes, una acusación así implicaba crisis, ruptura, presión pública, exigencia de claridad. Hoy parece ser apenas un episodio más en la agenda.

Se descalifica, se politiza, se victimiza. Se habla de soberanía, de ataques externos, de intereses ocultos. Todo sirve para evitar lo esencial: responder con la seriedad que exige el cargo.

Porque un gobernador no es un ciudadano cualquiera.

No puede comportarse como si lo fuera.

No puede refugiarse en la lógica del “cada quien por sí mismo” cuando representa a millones.

Pero ahí está la escena completa: un señalamiento internacional de gran escala, una clase política que cierra filas, instituciones que matizan, discursos que desvían… y un poder que se aferra.

El problema no es solo lo que se acusa.

Es la forma en que se enfrenta.

Porque cuando la respuesta a una crisis de esta magnitud es la negación automática, cuando la defensa es el discurso y no la transparencia, cuando el cálculo político pesa más que la responsabilidad pública, lo que se erosiona no es una figura.

Es la confianza.

Y eso es más difícil de recuperar que cualquier cargo.

Tal vez lo más preocupante no es lo que está en los documentos, sino lo que estamos viendo en tiempo real: la capacidad de sostener el poder incluso cuando el contexto exige otra cosa. La habilidad de convertir lo grave en rutina. La facilidad para instalar la idea de que aquí no pasa nada.

Por eso, más allá de nombres y coyunturas, lo que queda es una sensación incómoda, persistente.

Es que de verdad, son cínicos.

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