COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM
La política podrá insistir en que hay actos técnicos, decisiones administrativas o eventos “de trámite”, pero la realidad es otra: no hay espacios neutros, todo comunica. Y lo que vimos este fin de semana con la llegada de Ariadna Montiel a la dirigencia nacional de Morena no es la excepción, es la confirmación.
No fue solo un nombramiento. Fue una escena cuidadosamente construida. Llegar como “una militante más”, ser electa en cuestión de minutos, recibir el respaldo unánime, lanzar un mensaje contra la corrupción y, al mismo tiempo, cerrar filas en torno al liderazgo presidencial. Todo en orden, todo alineado, todo diciendo algo.
Porque en política la forma pesa tanto como el fondo. Y ahí es donde entra una vieja lección de las teorías clásicas de la comunicación: la transferencia de estatus. No es solo quién habla, sino desde dónde, acompañado de quién y en qué contexto. El Congreso Nacional de Morena no fue únicamente un evento partidista; fue un escenario de validación simbólica.
Montiel no solo asume un cargo: recibe legitimidad. Y esa legitimidad no proviene únicamente de los congresistas, sino del entorno que la respalda: gobernadores, dirigencias, figuras clave del movimiento. La imagen lo dice todo: continuidad, control, cohesión. O al menos eso se intenta proyectar.
Pero hay otro mensaje que también se cuela entre líneas. Cuando se advierte que no se tolerará la corrupción ni candidaturas con “expedientes manchados”, no es una frase al aire. Es una toma de postura preventiva en medio de un contexto incómodo: acusaciones internacionales, señalamientos a figuras del movimiento y una narrativa que comienza a tensarse.
Y aquí es donde la comunicación deja de ser discurso y se vuelve contradicción.
Porque mientras en el centro se habla de ética, de unidad y de principios, en los estados la narrativa se construye con otros matices. En Chiapas, por ejemplo, el discurso de unidad del gobernador Eduardo Ramírez no solo es político, es profundamente simbólico: “nos sentimos soldados de la patria al servicio de su liderazgo”. No es una frase menor. Es una declaración de alineación absoluta.
Y eso también comunica.
Comunica verticalidad. Comunica disciplina. Comunica que no hay margen para matices cuando se trata del proyecto político. Y en ese mismo acto, frente a estudiantes, con una beca como eje, con referencias históricas y con un discurso de orgullo nacional, se construye otra escena: la del Estado cercano, presente, protector.
Pero incluso ahí, tampoco hay neutralidad.
Porque cada evento, cada palabra, cada gesto está cargado de intención. La entrega de una beca no solo es política pública, es narrativa. Es posicionamiento. Es identidad. Es la construcción de una relación directa entre gobierno y ciudadanía sin intermediarios.
Lo mismo ocurre afuera del World Trade Center, donde los panfletos ya hablaban de “carro completo en 2027”. No es propaganda anticipada, es una señal. Una apuesta. Un mensaje claro de hacia dónde quieren llevar el proyecto.
Y entonces la pregunta no es si todo esto comunica. La pregunta es qué tanto de lo que comunica es creíble.
Porque en un país donde la política se ha vuelto cada vez más performativa, el riesgo no es el discurso, es la distancia entre lo que se dice y lo que se percibe. La gente ya no solo escucha, interpreta. Ya no solo ve, compara.
Y ahí es donde la comunicación política se juega su verdadera batalla.
No en los eventos, no en los discursos, no en los nombramientos. Sino en la coherencia.
Porque si algo queda claro es que no hay espacios neutros. Ni en un congreso partidista, ni en una plaza pública, ni en una conferencia, ni en una entrega de apoyos.
Todo comunica.
Y lo que no se cuida, también.
