DEMOCRACIA VIRTUAL/EUGENIO HERNÁNDEZ SASSO
Rubén Rocha Moya ya hizo historia, y no precisamente de la que se presume en campaña, pues se ha convertido en el primer gobernador de Morena que pidió licencia, no porque “quiera tomar aire”, sino porque le están respirando en la nuca desde Estados Unidos por presuntos vínculos con el crimen organizado.
Traducido al español, Rocha Moya es el primer narcopolítico de la 4T que cae, hasta que alguien logre probar lo contrario, si es que se puede.
Aquí es donde el asunto deja de ser local y se pone sabroso a nivel nacional, porque si hay algo que levanta cejas —y unas cuantas sospechas— es el tour insistente de Andrés Manuel López Obrador por Sinaloa cuando fue presidente.
Durante su sexenio, López Obrador visitó más de 15 veces al estado de Sinaloa, seis de ellas a Badiraguato. Sí, Badiraguato la tierra de nombres que no necesitan presentación como Félix Gallardo, el Chapo Guzmán, Rafael Caro Quintero, los Beltrán Leyva, el Mayo Zambada y, casualmente, también de Rocha Moya, el senador Enrique Inzunza y compañía política.
Estas no eran giras cualquiera. Varias sin prensa, sin comitiva, sin ruido, como quien va a “darse una vuelta” donde nadie debe preguntar mucho, porque una cosa es visitar un estado y otra muy distinta es agarrarle cariño a un municipio con ese historial delictivo.
Pero bueno, volvamos al presente. La licencia de Rocha no es un trámite de escritorio. No es “voy y vengo” porque puede alcanzar cadena perpetua.
En política, nadie pide permiso un viernes por la noche si todo está tranquilo. Eso, de acuerdo al manual básico, representa que cuando alguien se baja así, es porque el barco ya cruje más que el Titanic después de chocar con. El iceberg.
El discurso oficial ya lo conocemos, ese que si “todo conforme a derecho”, que si “la soberanía no se negocia”, que si “confíen en las instituciones”. Ese es puro anglicismo institucional. El problema es que esta vez el contexto no ayuda, porque hay señalamientos serios desde el otro lado de la frontera y, cuando Estados Unidos señala, no suele ser un juego.
¿Qué hizo Rocha? Pronto lo sabremos. Lo cierto es que no era un improvisado ni un actor de relleno, era parte del círculo político que orbitó alrededor de López Obrador, con operadores como Adán Augusto López Hernández moviendo piezas. En este juego, cuando uno cae, no cae solo. Esto no es dominó, pero se parece bastante.
Morena, que durante años vendió el “no somos iguales”, hoy está frente al examen final. Ya no es discurso, es práctica y el electorado —ese que en 2027 va a pasar lista— no siempre perdona cuando huele a lo mismo que criticaban y peor que antes criticaban.
¿Les va a pegar electoralmente? Depende. Si esto escala con detenciones, procesos reales, nombres que empiecen a salir, el golpe puede ser serio. Si lo logran enfriar entre discursos patrióticos y tiempos políticos, el daño será más silencioso, pero igual de peligroso.
Ahora bien, ¿Rocha va a enfrentar la justicia de verdad, o lo van a “administrar” hasta que deje de estorbar? ¿O será que se va a deprimir tanto que opte por el suicidio?
En este asunto una cosa es el librito jurídico y, otra, el manual no escrito de la política mexicana. Aquí la justicia no siempre corre, a veces espera y, casualmente, suele esperar a que pasen las elecciones.
Mientras tanto, la oposición festeja y vemos a Alejandro Moreno Cárdenas avanzar con entusiasmo. Recordemos que sus viajes a Estados Unidos fueron para documentar denuncias que hoy están dando frutos.
Al final, esto puede afectar no solo a Rocha Moya sino al sistema completo, porque si se confirma que el poder y el crimen siguen bailando juntos —aunque cambien de música— entonces el problema no es un gobernador sino todo el escenario de color vino tinto.
Por si faltaba simbolismo, ahí tenemos el numerito del AIFA donde el templete se desplomó encima de funcionarios y la gobernadora del Estado de México, Delfina Gomez. ¿Accidente? Sí. ¿Metáfora? También. Porque a veces la realidad tiene un humor bastante negro, donde estructuras parecen firmes hasta que dejan de serlo.
La licencia de Rocha no cierra nada sino apenas abre la puerta. Aquí lo que venga detrás puede ser mucho más incómodo de lo que quisieran admitir y puede provocar un derrumbe, peor al de la línea 12 o el Rébsamen.
Sassón
Ya no se duda que vaya a pasar algo, sino lo importante es hasta dónde van a llegar las consecuencias y hasta donde se va a defender lo indefendible.
