COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM
Hay políticos que creen que la memoria de la gente dura menos que una campaña electoral. Creen que basta con cambiar el discurso, sonreír más en las fotografías, repartir regalos en colonias populares y fingir cercanía para borrar años completos de comportamiento político. Rosy Urbina parece apostar justamente a eso: a que Tapachula olvide quién fue, con quién caminó y cómo ejerció el poder.
Pero la memoria política, aunque a veces tarde, siempre regresa.
Porque Rosy Urbina no nació políticamente del pueblo ni surgió como un liderazgo independiente. Rosy fue producto directo del rutilismo. Fue una de las figuras más protegidas, impulsadas y sostenidas por el grupo político de Rutilio Escandón Cadenas. Él la convirtió en presidenta municipal interina tras la repentina muerte de Óscar Gurría Penagos y después la empujó para quedarse formalmente con la alcaldía de Tapachula. Su crecimiento político no puede entenderse sin el respaldo absoluto del exgobernador.
Y tampoco puede entenderse sin su alineación total con el grupo Tabasco.
Rosy apoyaba a Adán Augusto López Hernández. Rosy respaldaba a Zoé Robledo. Rosy operaba políticamente para ese proyecto. Y mientras hoy intenta mostrarse cercana al nuevo tiempo político de Chiapas, habría que recordarle varias cosas que parecen habérsele olvidado convenientemente.
Que no se le olvide a Rosy que bloqueaba todo lo relacionado con Eduardo Ramírez Aguilar cuando todavía era senador y aspirante natural a la gubernatura. Que no se le olvide que desde Tapachula mandó a repintar bardas donde aparecía el nombre del Jaguar Negro. Que no se le olvide que cerró espacios políticos y laborales a quienes simpatizaban con Eduardo Ramírez. Que no se le olvide que mucha gente fue corrida del ayuntamiento simplemente por no pertenecer al grupo correcto.
Porque hoy muchos quieren fingir que siempre estuvieron del mismo lado de la historia.
Y no.
En política todos tienen expediente.
Por eso resulta hasta ofensivo el intento de reconstruirse mediante el populismo más básico. Ahí está Rosy Urbina recorriendo comunidades, organizando eventos y regalando cubetas, coladores, jarras de plástico y huacales como si eso fuera una política pública en favor de las mujeres.
¿De verdad eso es todo lo que tiene para ofrecer después de haber gobernado Tapachula durante años?
Porque el problema no es solamente el regalo. El problema es el mensaje. Mientras el discurso oficial habla de empoderamiento femenino, igualdad, derechos y participación política, la diputada termina reforzando los estereotipos más antiguos y cómodos: la mujer ligada exclusivamente al hogar, a la cocina, a la limpieza y al trabajo doméstico.
Eso no transforma nada. Eso administra pobreza emocional y dependencia política.
Y mientras hace eso, las preguntas verdaderamente importantes siguen sin responderse.
¿Qué pasó con las observaciones de la Auditoría Superior de la Federación? ¿Qué ocurrió con las irregularidades detectadas durante su administración? ¿Por qué siguen apareciendo señalamientos sobre adjudicaciones directas y presuntos beneficios a empresas ligadas a su círculo familiar? ¿Por qué una exalcaldesa con tantos cuestionamientos termina integrada precisamente a la Comisión de Vigilancia en la Cámara de Diputados?
La contradicción es brutal.
Porque en México a veces pareciera que mientras más cuestionamientos existen, mayor protección política aparece.
Ahí están las observaciones derivadas de auditorías federales. Ahí están los expedientes de investigación abiertos. Ahí está el recordatorio de que, si se acreditan irregularidades graves, podrían existir implicaciones penales. Ahí están también los señalamientos sobre obras adjudicadas presuntamente a la empresa de su esposo desde sus primeros momentos dentro del gobierno municipal.
Y aun así, Rosy sigue moviéndose como si nada hubiera pasado.
Quizá porque el fuero da tranquilidad. Quizá porque durante muchos años se acostumbraron a creer que el poder era permanente. Quizá porque todavía hay quienes creen que el apellido político correcto basta para sobrevivir cualquier escándalo.
Pero los tiempos cambiaron.
Y lo que antes se escondía fácilmente hoy circula todos los días en redes sociales, medios digitales y conversaciones públicas. La ciudadanía ya no olvida tan rápido. Sobre todo cuando la realidad de Tapachula sigue golpeando: inseguridad, abandono, problemas urbanos y una percepción creciente de que muchos políticos solamente utilizaron la ciudad como trampolín personal.
Por eso la pregunta es legítima.
¿Qué más quiere Rosy Urbina?
Ya fue alcaldesa. Ya fue diputada. Ya tuvo el respaldo absoluto del exgobernador. Ya disfrutó del poder político, administrativo y presupuestal. Ya tuvo reflectores, estructura y protección.
¿Ahora qué busca?
Porque da la impresión de que algunos personajes del viejo régimen chiapaneco no han entendido algo fundamental: el problema no es querer seguir vigentes; el problema es pretender hacerlo sin asumir responsabilidades sobre el pasado.
Y el pasado de Rosy pesa.
Pesa porque representó al rutilismo en una de las ciudades más importantes del estado. Pesa porque operó políticamente contra quienes hoy gobiernan Chiapas. Pesa porque hay auditorías, cuestionamientos y sospechas que siguen vivas. Pesa porque mientras muchos ciudadanos sobrevivían entre inseguridad y abandono, el grupo político dominante parecía más preocupado por controlar espacios, repartir posiciones y perpetuarse en el poder.
Por eso hoy, cuando intenta vender cercanía social a punta de artículos domésticos y eventos populistas, la escena termina pareciendo más desesperación que liderazgo.
Porque cuando un político necesita regalar cubetas para intentar recuperar cariño popular, probablemente lo que perdió no fue popularidad. Fue credibilidad.
