A ESTRIBOR/JUAN CARLOS CAL Y MAYOR/ULTIMÁTUM
Qué pena con las visitas. Isabel Díaz Ayuso vino a México en su calidad de presidenta de la Comunidad de Madrid, no como conquistadora, virreina ni emisaria de un ejército invasor. Vino a sostener encuentros institucionales, culturales y empresariales. A hablar de cooperación, intercambio comercial, vínculos históricos y mestizaje cultural.
Pero bastó su presencia para que aparecieran, como siempre, los grupúsculos profesionales de la protesta, esos que viven del escándalo permanente y de la confrontación ideológica como forma de existencia política.
LA INTOLERANCIA COMO BANDERA
La intolerancia que muestran estos sectores —muchas veces incluso con expresiones violentas— tiene más semejanza con los viejos métodos fascistas que con la supuesta apertura democrática de la que presumen. Porque el fascismo no consiste únicamente en uniformes y saludos marciales. También es fascista intentar cancelar al otro, sabotear actos públicos, impedir que alguien hable o convertir cualquier diferencia ideológica en motivo de linchamiento político.
EL CIRCO DE AGUASCALIENTES
Lo ocurrido en Aguascalientes durante la visita de Ayuso fue lamentable. Una regidora de Morena irrumpió con una pancarta reclamando “No tenemos agua”, en una escena más cercana al circo político que al debate serio. El reclamo, además de no tener relación alguna con la visitante española, reflejó la necesidad enfermiza de convertir cualquier evento en una plataforma de propaganda doméstica.
Aunque viéndolo con cierta ironía, quizá la protesta habría servido para abrir una conversación histórica interesante. Porque si de agua hablamos, habría que recordar que muchas ciudades de la Nueva España desarrollaron redes hidráulicas, acueductos y sistemas urbanos que en buena medida sentaron las bases del abastecimiento colonial. Pero claro, para eso haría falta conocer historia y no solamente consignas.
HERNÁN CORTÉS Y EL RELATO ÚNICO
Ayuso vino también a hablar de la relación histórica entre España y México, del mestizaje y de una herencia cultural compartida que resulta imposible negar. Pero ciertos sectores reaccionaron como si hubiera venido a pedir nuevamente tributos para la corona española.
El gran pecado, según ellos, fue mencionar a Hernán Cortés. Y sí, Cortés conquistó Tenochtitlan. También es cierto que lo hizo aliado con miles de indígenas sometidos por el imperio mexica, pueblos que vieron en aquella guerra una oportunidad para liberarse de un dominio que tampoco era precisamente pacífico ni democrático.
LA NUEVA ESPAÑA Y LA PROSPERIDAD
De ese proceso complejo —violento, contradictorio y profundamente humano— nació el Reino de la Nueva España. Y con él surgió una de las entidades más prósperas del mundo de su tiempo gracias al intercambio comercial con Asia y Europa. Tan próspera que durante siglos la Nueva España llegó a tener más dinamismo económico que buena parte de la propia península ibérica.
Pero el victimismo político resulta mucho más rentable que asumir la complejidad histórica. La izquierda ha hecho del resentimiento un modelo de negocio ideológico. Necesita mantener viva la narrativa de opresores y oprimidos porque de ahí obtiene legitimidad moral y clientelas políticas.
EL NEGOCIO DEL RESENTIMIENTO
Por eso visitas como la de Ayuso incomodan tanto. Porque rompen el relato simplista con el que ciertos sectores han sobrevivido políticamente durante décadas. Un relato donde todo fracaso contemporáneo puede explicarse culpando a hechos ocurridos hace quinientos años.
La narrativa victimista funciona además como una herramienta de control político. Mientras más agraviada se sienta una sociedad, más fácil resulta administrarla desde la emoción y no desde la razón. Se reparten subsidios, discursos de revancha y enemigos históricos, mientras los verdaderos problemas permanecen intactos.
LA CANCELACIÓN COMO MÉTODO
Lo más lamentable es que las muestras sistemáticas de hostilidad terminaron por surtir efecto. Ante el ambiente de sabotaje constante y provocaciones organizadas en varios de los eventos donde participaría, Isabel Díaz Ayuso decidió cancelar el resto de su gira en México.
Y ahí está quizá el verdadero fondo del asunto. No se trataba de debatir ideas ni de confrontar argumentos históricos. Se trataba de impedir su presencia, de volver incómodo cualquier mensaje distinto al discurso dominante y de enviar la señal de que ciertas opiniones simplemente no son bienvenidas.
CUANDO LA TOLERANCIA SOLO ES DE UN LADO
Esa es precisamente la lógica de la cancelación: no convencer, sino intimidar. No discutir, sino expulsar simbólicamente al adversario del espacio público.
Resulta curioso observar cómo quienes se autoproclaman defensores de la diversidad y la tolerancia son muchas veces los primeros en reaccionar con furia cuando alguien piensa distinto. Nadie de lo que llaman “la derecha” sale normalmente a sabotear conferencias, impedir discursos o reventar actos públicos. Basta con expresar opiniones. Pero del otro lado pareciera existir una incapacidad absoluta para convivir con la discrepancia.
BARCELONA Y LAS VIEJAS ALIANZAS
Y mientras tanto, los mismos grupos que hoy escandalizan por una visita institucional, hace apenas unos días se reunían en Barcelona para cerrar filas ideológicas entre movimientos de izquierda internacionales, preocupados ahora porque la izquierda populista está siendo derrotada en las urnas. No se trataba precisamente de encuentros para atraer inversiones o fortalecer vínculos culturales, sino de reorganizar narrativas y alianzas políticas.
INDIVIDUOS, NO MANADAS
Lo preocupante no es que existan diferencias ideológicas. Eso es normal en democracia. Lo grave es la creciente tentación autoritaria de quienes creen tener el monopolio moral de la historia, de la justicia y hasta de la identidad nacional.
Porque México no necesita manadas ideológicas. Necesita ciudadanos libres. Individuos capaces de pensar por sí mismos, sin consignas, sin odios heredados y sin la necesidad permanente de encontrar culpables históricos para justificar los fracasos presentes.
Y sobre todo, necesita memoria completa, no propaganda disfrazada de historia.
