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Seguridad, educación y futbol no son asuntos separados

11 de mayo de 2026
in Opiniones
Seguridad, educación y futbol no son asuntos separados
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IDENTIDAD POLÍTICA/JOSÉ ADÁN ALTÚZAR FIGUEROA

En esta entrega, resultado de varios días de investigación con fuentes como El Economista, INEGI, FIFA y SEP, abordo la realidad actual de la seguridad, la educación y el futbol. La relación entre estos temas es evidente: involucra una amplia movilización social, política y económica, especialmente ante la atención mundial que recibirán México, Estados Unidos y Canadá. La FIFA, responsable de organizar y administrar este evento, representa una poderosa estructura económica global que también ha enfrentado serios señalamientos de manipulación y corrupción en el futbol a nivel internacional.

En México, pocas conversaciones despiertan tantas emociones como las que giran en torno a la inseguridad, la educación y el fútbol. A primera vista, parecen temas distintos: uno remite al miedo cotidiano, otro a la formación de las nuevas generaciones y el tercero al entretenimiento, la identidad y la pasión colectiva. Sin embargo, vistos con más cuidado, forman parte de una misma radiografía nacional. Hablar de seguridad, educación y fútbol en México es hablar de instituciones, de cultura cívica, de desigualdad, de oportunidades y, sobre todo, de la manera en que una sociedad decide organizar sus prioridades.

Seguridad pública

La seguridad no es solo un problema policial ni una cifra que aparece en informes oficiales. Es la condición mínima para que una sociedad pueda estudiar, convivir, emprender y disfrutar del espacio público. Cuando millones de personas modifican sus rutinas por miedo, el daño ya no es únicamente criminal: también es educativo, económico y cultural. De acuerdo con la Encuesta sobre Seguridad Pública del INEGI, en 2024 hubo 23.1 millones de personas de 18 años y más víctimas de algún delito, y además 93.2 % de los delitos no se denunció o no derivó en una carpeta de investigación, lo que confirma la persistencia de una enorme cifra oculta.

Educación Pública

Ese deterioro afecta directamente a la educación. Un país inseguro no solo expone a sus ciudadanos al delito; también interrumpe trayectorias escolares, limita la movilidad, vacía espacios comunitarios y normaliza la idea de que sobrevivir importa más que aprender. Allí está uno de los mayores fracasos públicos de México: haber aceptado durante demasiado tiempo que la educación puede mejorar, aunque el entorno social se deteriore. Es una ilusión. La escuela no funciona en el vacío. El aprendizaje depende también de barrios transitables, de transporte seguro, de familias menos presionadas por la violencia y de comunidades capaces de proteger a niñas, niños y adolescentes.

Esto no significa minimizar la escala del sistema educativo mexicano, que sigue siendo enorme y decisivo. Las cifras educativas de la SEP para el ciclo 2024-2025 muestran un sistema con decenas de millones de estudiantes, docentes y escuelas a nivel nacional, lo que evidencia tanto su alcance como la magnitud del reto de hacerlo equitativo y de calidad.  Pero una cobertura amplia no garantiza por sí sola buenos resultados. Tener escuelas no basta si muchas siguen enfrentando carencias de infraestructura, desigualdades regionales, brechas tecnológicas o contextos de violencia que condicionan el aprendizaje.

Futbol

Y en medio de ese panorama aparece el fútbol, quizá el gran espejo emocional del país. El fútbol en México nunca ha sido solamente un deporte. Es conversación familiar, identidad regional, espectáculo de masas, negocio multimillonario y válvula de escape. Su influencia cultural es tan profunda que muchas veces consigue lo que no logran los discursos oficiales: unir por un momento a personas de contextos muy distintos bajo una misma emoción. Precisamente por eso resulta tan revelador. Lo que pasa en el fútbol mexicano dice mucho de lo que somos fuera de la cancha: improvisación institucional, exceso de mercadotecnia, decisiones de corto plazo, tolerancia a la mediocridad y una afición que, pese a todo, sigue creyendo.

Por eso la discusión sobre el fútbol no puede limitarse a resultados deportivos. También debe incluir seguridad, convivencia y responsabilidad pública. En la antesala del Mundial de 2026, México ha quedado bajo observación internacional por su capacidad para garantizar un entorno seguro a visitantes y aficionados, mientras diversas coberturas periodísticas y reportes públicos han subrayado que el torneo ocurrirá en medio de riesgos sociales y criminales persistentes.

Aquí es donde educación y fútbol podrían dejar de caminar por rutas separadas. Bien entendido, el deporte no es un adorno del sistema educativo ni una actividad secundaria para llenar horarios. Es una herramienta de formación. Enseña disciplina, cooperación, manejo de la frustración, respeto por reglas y sentido de pertenencia. También puede alejar a jóvenes de entornos de riesgo cuando existen entrenadores preparados, espacios públicos seguros y programas comunitarios serios. El problema es que en México solemos exaltar el fútbol como espectáculo, pero invertir poco en el deporte como política social y educativa.

Incluso desde una perspectiva más amplia de cultura física, el reto es evidente. El INEGI recuerda que el acceso al deporte y a la actividad física sigue siendo un tema de política pública, salud y calidad de vida, no una cuestión ornamental. Si el deporte se toma en serio desde edades tempranas, puede convertirse en un complemento poderoso de la educación; si se abandona a la lógica del espectáculo o del privilegio, reproduce exclusiones.

Por eso sostengo que México necesita dejar de pensar la seguridad como reacción, la educación como trámite y el fútbol como simple distracción.

En el fondo, seguridad, educación y fútbol expresan una misma pregunta: qué clase de ciudadanía queremos ser. La respuesta no se juega únicamente en los gabinetes, ni en los estadios, ni en las aulas, sino en la capacidad del país para conectar sus símbolos con sus responsabilidades. Por el momento, es cuánto.

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