FILIPICAS/PACO RAMÍREZ/ULTIMÁTUM
“La ironía mayor de esta semana: Morena convirtió involuntariamente a Maru Campos en la figura opositora más visible del país.”
Hay derrotas que duelen y hay derrotas que enseñan. La marcha de Morena en Chihuahua, el pasado sábado 16 de mayo, fue de las segundas: no destruyó al partido, pero dejó al descubierto algo que sus dirigentes preferirían no ver. Que entre tener el poder del Estado y tener la simpatía de la calle hay una distancia que no se recorre con consignas.
El escenario era tentador. Un operativo en la Sierra Tarahumara con agentes presuntamente vinculados a la CIA de los Estados Unidos muertos en territorio mexicano era, en cualquier lectura, un asunto de Estado que merecía explicaciones. Morena tenía razón en exigirlas. El problema no fue el argumento. El problema fue cómo lo administró.
En lugar de optar por la vía institucional —investigación de la FGR, citatorio legislativo a la gobernadora, debate serio sobre los alcances de la cooperación binacional en seguridad—, el partido eligió la marcha. Eligió el espectáculo antes que el proceso. Y en política, cuando el espectáculo falla, no hay proceso que lo rescate.
“Prometieron 200 mil. Llegaron a decir de Morena 20 mil. Esa brecha no se explica solo con bloqueos carreteros.”
El sábado, antes de que la marcha comenzara, la escena más reveladora no ocurrió en la Glorieta de Pancho Villa sino en el aeropuerto. Ariadna Montiel y Andy López Beltrán, los dos rostros más visibles de la nueva dirigencia morenista, llegaron a Chihuahua esperando una recepción de aliados y encontraron una aduana de rechazo. López Beltrán avanzó a paso apresurado, visiblemente desencajado, escoltado por guardaespaldas entre gritos de repudio ciudadano. Esa imagen recorrió el país antes de que la marcha diera su primer paso.
No es un detalle menor. Es una fotografía del problema de fondo: Morena tiene estructura en Chihuahua, tiene recursos, tiene cargos públicos. Lo que no tiene es arraigo. Y el arraigo no se importa desde la Ciudad de México en un vuelo de Aeroméxico.
“Chihuahua tiene una identidad norteña que no es ideológica: es cultural. La desconfianza al centralismo lleva generaciones, y ninguna marcha de un fin de semana la disuelve.”
La gobernadora María Eugenia Campos Galván no necesitó hacer gran cosa. No lanzó discursos grandilocuentes, no organizó contramarchas, no buscó el protagonismo. Respondió con calma institucional, citó al periodista Fernando Jordán, escribió ‘¡Viva Chihuahua!’ en sus redes sociales y se quedó en su oficina. Y eso, paradójicamente, fue suficiente para ganar la semana.
Porque en política, cuando tu adversario convierte tu estado en campo de batalla y pierde, tú ganas sin disparar. Morena fue a Chihuahua a desgastar a Maru Campos y terminó dándole la plataforma nacional que ella no tenía. Ese es el tipo de error que se estudia en los manuales de comunicación política como ejemplo de lo que no se debe hacer.
“La ironía mayor de esta semana: Morena convirtió involuntariamente a Maru Campos en la figura opositora más visible del país.”
Hay que decirlo con honestidad: el argumento de fondo de Morena no era ilegítimo. La presencia de agentes extranjeros en operativos de seguridad en territorio mexicano es un asunto serio que el Estado mexicano tiene el derecho y la obligación de investigar. Pero ese argumento requería seriedad, no espectáculo. Requería rigor, no consignas. La acusación de ‘traidora a la patria’ lanzada sin pruebas publicadas no construye un caso: construye un enemigo, y en el norte de México ese enemigo terminó siendo simpático.
El juicio político, por su parte, enfrenta una aritmética que ningún discurso cambia. Morena no tiene los votos suficientes en el Congreso federal para garantizar la mayoría absoluta que el proceso requiere. Y aun si los tuviera, la resolución sería declarativa: el fuero de la gobernadora lo retira la legislatura local de Chihuahua, controlada por el PAN. Es decir, el proceso está diseñado para no llegar a ningún lado, al menos en el corto plazo. Ricardo Monreal lo sabía cuando dijo que ‘va a cuidar mucho la ley’. Esa frase, dicha en voz baja, fue la más honesta de la semana.
“El único instrumento real que Morena tiene es la FGR, que avanza en silencio. Y a veces el silencio es más efectivo que la marcha.”
¿Qué sigue ahora? El partido tiene dos opciones. La primera es insistir: continuar recabando firmas, presentar formalmente el juicio político, gastar energía política en un proceso que saben que no prosperará, y llegar a 2027 con las manos vacías y la imagen desgastada. La segunda es recalibrar: bajar el tono de la confrontación pública, dejar trabajar a la FGR, y construir presencia territorial en Chihuahua de la única manera que funciona, que es lenta, cara y sin cámaras.
La segunda opción es más inteligente. También es más difícil, porque requiere admitir que la primera no funcionó. Y esa admisión, en política, siempre tiene un costo interno.
Ariadna Montiel tiene tiempo para corregir el rumbo antes de 2027. Pero esta semana perdió algo que es difícil de recuperar: la ventaja de quien actúa desde la iniciativa. Ahora es Maru Campos quien lleva el ritmo de la conversación. Y en política, quien marca el ritmo, gana el tiempo.
“Para ganar en el norte, Morena necesita construir antes de confrontar. Esa es la lección de Chihuahua. La pregunta es si alguien en el partido tiene la voluntad de escucharla.”
Chihuahua no se dobló el sábado. Y eso, más que una derrota puntual de Morena, es un mensaje sobre los límites del poder cuando no va acompañado de legitimidad local. Ese mensaje vale más que cualquier marcha.
