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Esa universidad nació muerta…

18 de mayo de 2026
in Opiniones
Esa universidad nació muerta…
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COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM

Hay proyectos que fracasan por falta de presupuesto. Otros, por corrupción. Algunos más por el abandono institucional. Pero existen también aquellos que nacen derrotados desde su concepción, porque fueron creados más desde la emoción política que desde la planeación educativa. Y eso, justamente, es lo que hoy parece estar ocurriendo con la Universidad para el Bienestar Benito Juárez García en Venustiano Carranza.

La incertidumbre crece. Los estudiantes no tienen clases. Los padres de familia comienzan a desesperarse. Y mientras el municipio intenta volver a la normalidad tras los acontecimientos registrados el pasado 24 de abril, la universidad permanece suspendida en una especie de limbo institucional donde nadie parece ofrecer respuestas claras.

La escena resulta dolorosa: madres y padres reunidos en el parque central, frente a la presidencia municipal, firmando documentos, organizándose, levantando la voz para exigir algo que debería ser elemental en cualquier sistema educativo serio: continuidad académica y certeza para sus hijos.

Lo más delicado es que la inconformidad no nace únicamente por la suspensión de actividades, sino por el temor de que la sede pueda ser trasladada a otro municipio. Es decir, el miedo de quedarse sin universidad. Así, de golpe. Como si la educación superior fuera un módulo itinerante que pudiera empacarse y moverse según las circunstancias del momento.

Y entonces surge una pregunta inevitable: ¿quién planeó esto?

Porque una universidad no puede abrirse únicamente con voluntad política, discursos esperanzadores y fotografías inaugurales. Una institución de educación superior requiere análisis territorial, estabilidad social, infraestructura, capacidad de operación, proyección de crecimiento, estrategias de atención a crisis y mecanismos que garanticen su permanencia más allá de cualquier coyuntura.

No se trata solamente de construir aulas y poner un letrero. Una universidad implica comunidad, arraigo, identidad y futuro. Implica entender las dinámicas sociales de la región donde se instala. Implica prever escenarios complejos. Implica asumir que educar no es improvisar.

Pero durante años en México se volvió costumbre inaugurar proyectos educativos como quien inaugura parques o canchas deportivas: rápido, vistoso y mediáticamente rentable. Lo importante parecía ser anunciar nuevas universidades, aunque después nadie explicara cómo se sostendrían, quién garantizaría su funcionamiento o qué ocurriría cuando aparecieran los primeros conflictos serios.

Ahí está hoy el resultado.

Mientras otras instituciones educativas en Venustiano Carranza retomaron actividades paulatinamente, la Universidad Benito Juárez sigue detenida. Jardines de niños, primarias, secundarias, preparatorias y otras universidades ya operan nuevamente. Pero la Benito Juárez no. Y esa diferencia comienza a alimentar una percepción todavía más grave: la de una institución frágil, vulnerable y sin capacidad de reacción.

Porque cuando una universidad no logra garantizar la continuidad mínima de sus actividades frente a una crisis, inevitablemente aparecen las dudas sobre la solidez de todo el proyecto.

Y no se trata de minimizar los hechos ocurridos ni de ignorar los riesgos que puedan existir. La seguridad siempre debe ser prioridad. Pero precisamente por eso la planeación importa tanto. Porque las instituciones educativas no pueden depender únicamente de que “las cosas salgan bien”. Deben existir protocolos, estrategias y capacidad de respuesta.

Lo triste es que, al final, quienes terminan pagando las consecuencias nunca son los funcionarios que diseñaron el proyecto desde un escritorio. Son los jóvenes. Son las familias que hacen sacrificios diarios para sostener la educación de sus hijos. Son estudiantes que viajan, gastan, sueñan y confían en que estudiar les permitirá construir una vida distinta.

En Chiapas, donde históricamente miles de jóvenes han tenido dificultades para acceder a la educación superior, cada universidad representa esperanza. Por eso duele tanto cuando una institución transmite más incertidumbre que certeza.

Porque la educación no puede construirse sobre ocurrencias.

Y quizá ahí está el problema de fondo: durante mucho tiempo se confundió expansión educativa con planeación educativa. Se creyó que abrir más escuelas era suficiente, aunque detrás no existieran diagnósticos sólidos ni condiciones reales para garantizar permanencia y estabilidad.

Claro que hacía falta acercar universidades a regiones históricamente olvidadas. Claro que era necesario descentralizar la educación superior. Claro que miles de jóvenes requerían oportunidades. Pero hacerlo mal también genera daño. Porque las expectativas rotas pesan. Porque el desencanto social también deja cicatrices.

Hoy, en Venustiano Carranza, no solamente hay estudiantes sin clases. Hay familias que comienzan a sentir que fueron utilizadas como parte de una narrativa política que prometía transformación inmediata, pero que quizá nunca terminó de construir bases reales.

Y eso es lo verdaderamente preocupante.

Porque cuando una universidad genera incertidumbre sobre su propia permanencia, deja de ser símbolo de futuro para convertirse en reflejo de improvisación.

Abrir escuelas siempre será una buena noticia. Pero abrirlas sin planeación, sin visión de largo plazo y sin capacidad institucional para resistir momentos complejos puede terminar convirtiéndolas en algo todavía peor: promesas vacías disfrazadas de política educativa.

Por eso hoy muchos, en silencio, comienzan a repetir una frase dura, incómoda y profundamente dolorosa:

Esa universidad nació muerta.

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