FILÍPICAS/PACO RAMÍREZ
El ajedrez político de Chiapas no da tregua y las piezas para la sucesión intermedia ya comenzaron a acomodarse sobre el tablero. Todo apunta a que este jueves, el Consejo General del Instituto de Elecciones y Participación Ciudadana (IEPC) dará el paso legal definitivo para oficializar el nacimiento de tres nuevas franquicias partidistas locales: Movimiento de Esperanza y Humanismo de Chiapas A.C., Fuerza Chiapaneca 4T A.C. y Movimiento Humanista de Chiapas A.C. El predictamen ya pasó sin contratiempos el primer filtro este martes en la Comisión Permanente de Asociaciones Políticas y, salvo un berrinche o un giro de última hora en el pleno, las tres siglas tendrán luz verde para colgar su propaganda de cara a los comicios de 2027.
En el estricto terreno de la teoría democrática, la aparición de nuevas marcas es un síntoma de salud institucional; abre el abanico de la pluralidad, pulveriza los monopolios de las cúpulas tradicionales y ofrece canales frescos para una ciudadanía históricamente fragmentada. Sin embargo, en el ecosistema político chiapaneco pocas cosas brotan por generación espontánea y casi nada florece al margen de la estricta ingeniería de poder.
No hace falta ser un observador demasiado perspicaz para notar que el camino de asambleas y recolección de firmas de estas tres asociaciones no fue precisamente un calvario de ascesis civil o un llamado de colectivos espontáneos. Acreditar ante la autoridad electoral el equivalente al 0.26 por ciento del padrón local —repartido de manera milimétrica en distritos y municipios— requiere algo más que buenas intenciones: exige padrones, logística y operadores que conozcan las entrañas del territorio.
Detrás de ese aceitado engrane, se perciben huellas dactilares muy familiares. En los corrillos políticos locales corre el secreto a voces de que estas siglas contaron con un sólido acompañamiento operativo, y hay quienes sostienen, bajo sospecha fundada, que el impulso inicial también encontró cobijo en las bondades del erario público. Esa sombra de duda las acompañó desde sus primeras firmas y será la marca de nacimiento que arrastrarán a partir de julio de este año, cuando el registro cobre vigencia legal y las tres siglas comiencen formalmente a recibir sus respectivas rebanadas del presupuesto público local.
Para entender el juego de fondo, hay que desmenuzar la anatomía y procedencia de cada membrete, pues cada uno responde a una veta de interés muy clara en la geografía del estado.
Ahí está, por un lado, Fuerza Chiapaneca 4T, la marca más explícita del bloque oficialista, diseñada bajo la tutela de cuadros intermedios y liderazgos de las regiones Centro y Frailesca que, habiendo quedado fuera del reparto principal de candidaturas en el partido madre o en el tucán, necesitaban una válvula de escape para contener sus inconformidades y asegurar que el voto disidente no saliera del mismo ecosistema gobernante.
Por otro lado, Movimiento de Esperanza y Humanismo de Chiapas delata su ADN desde la propia nomenclatura de la llamada escuela ideológica nacional; cobijada por redes de exfuncionarios, liderazgos vinculados al sector magisterial y representantes de organizaciones sociales con fuerte arraigo comunitario, este membrete busca traducir los programas asistenciales y el capital civil en una franquicia electoral con financiamiento garantizado.
Y finalmente, Movimiento Humanista de Chiapas, cuyo despliegue operativo más agresivo se localizó en la Costa y el Soconusco —con epicentros clave en Tapachula, Tonalá y Huixtla—, funciona en los hechos como el refugio perfecto para el reciclaje de viejas estructuras y cacicazgos locales de perfil pragmático; huérfanos tras el naufragio y la liquidación de las siglas locales de la década pasada, estos operadores simplemente mudaron de piel para no perder la interlocución con el centro del poder.
La verdadera encrucijada para estas tres nuevas expresiones no está en el escritorio de los consejeros electorales, donde el trámite técnico parece liquidado. El examen de fondo vendrá cuando tengan que demostrar si son capaces de articular una agenda propia, abanderar causas que no huelan a burocracia y sostener el aparato territorial sin la muleta oficial que hoy les allanó el camino. Porque en Chiapas, una cosa es llenar estadios con el transporte pagado para conseguir un registro y otra, muy distinta, convencer al electorado frente a la urna cuando la conveniencia ya no esté en juego.
Al final, la estrategia responde a una vieja máxima de la ingeniería electoral: atomizar para reinar. Al fragmentar el tablero en múltiples opciones pequeñas que comparten la misma matriz, el poder debilita la capacidad de crecimiento de la oposición real y se asegura de que la disputa intermedia quede prácticamente en familia. ¿Serán estas nuevas siglas expresiones con identidad, propuesta y permanencia, o terminarán reducidas a meros instrumentos coyunturales, parches satélites diseñados para el reacomodo de cuotas? Los próximos meses serán el laboratorio donde se verá de qué madera están hechos. Por lo pronto, el banderazo de salida está dado, la fragmentación del voto está en marcha y, como bien dicta la sabiduría del barrio: veremos… dijo el ciego.
