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Probar otras comidas

28 de mayo de 2026
in Opiniones
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COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO

México construyó su modelo exportador como quien construye una ciudad debajo de un volcán: aprovechando el calor mientras finge no escuchar los temblores. Durante tres décadas, el país apostó casi todo a una sola dirección comercial. Hoy, el 82.7 por ciento de nuestras exportaciones cruza la frontera con Estados Unidos. Lo llamamos integración. Habría que llamarlo por su nombre: dependencia.

Cada vez que Washington cambia de humor político, aquí tiemblan los mercados, se congelan inversiones y reaparecen los fantasmas del tipo de cambio. El problema ya no es Donald Trump. El problema es más profundo: Estados Unidos entró en una etapa de nacionalismo económico permanente donde, gane quien gane, la prioridad será proteger cadenas productivas, empleos y capital político interno. México sigue actuando como si la globalización de 1994 continuara intacta. El mundo ya cambió. Nosotros apenas empezamos a sospecharlo.

Por eso resultó mucho más relevante de lo que pareció la firma de la versión modernizada del Tratado de Libre Comercio entre México y la Unión Europea. Mientras buena parte de la conversación pública seguía atrapada en el melodrama arancelario norteamericano, en Palacio Nacional ocurrió algo estratégicamente más importante: México decidió, al menos en el discurso, empezar a construir una segunda puerta de salida.

No es un asunto menor. La Unión Europea es ya el segundo destino de las exportaciones mexicanas. En 2025, el intercambio bilateral superó los 94 mil millones de dólares, y las exportaciones mexicanas al bloque europeo rondaron los 27 mil 658 millones. Sin embargo, buena parte del empresariado nacional sigue viendo a Europa como un mercado exótico, complejo y casi hostil. Mientras tanto, Brasil exporta cerca de 144 mil millones de dólares en agroalimentos al mundo, y buena parte de esa diferencia tiene nombre y apellido: acceso sostenido al mercado europeo.

Los sudamericanos entendieron hace años algo que México apenas empieza a discutir: diversificar mercados no es un lujo diplomático; es una póliza de supervivencia económica.

Escucho con frecuencia, en cámaras empresariales y consejos corporativos, el mismo argumento: que Europa impone demasiadas barreras sanitarias, que las certificaciones son costosas, que la logística complica todo, que el consumidor europeo es demasiado exigente. Todo eso es cierto. También era cierto que exportar aguacate mexicano a Estados Unidos parecía imposible hace cuarenta años.

El nuevo TLCUEM elimina aranceles para productos donde México posee ventajas comparativas reales —jarabe de agave, uva de mesa, plátano, carne de ave, ovoproductos— y además fortalece algo todavía más importante: el reconocimiento de denominaciones de origen mexicanas, que en la economía contemporánea son sinónimo de valor agregado, diferenciación y márgenes superiores.

Hay además un detalle estructural que merece más atención de la que ha recibido. El componente comercial del acuerdo puede entrar en vigor con la sola aprobación del Parlamento Europeo, sin esperar la ratificación completa de los 27 parlamentos nacionales. Eso significa que varios beneficios podrían comenzar a materializarse entre finales de este año y 2027. La ventana estratégica ya empezó a abrirse.

La pregunta relevante no es si Europa reemplazará a Estados Unidos. No lo hará. La pregunta verdadera es qué empresas mexicanas van a entender primero que el riesgo más grande no es salir a buscar nuevos mercados, sino permanecer atrapadas en uno solo mientras el entorno político cambia de manera estructural.

Porque aquí aparece una incomodidad que pocas veces se dice en voz alta. Una parte del empresariado mexicano desarrolló durante décadas una relación profundamente cómoda con el mercado estadounidense. Demasiado cómoda. Se acostumbró a vender bajo las mismas reglas, a depender de las mismas cadenas logísticas y a crecer dentro de una geografía relativamente predecible. Y como ocurre en muchas relaciones largas, la costumbre terminó pareciendo estabilidad.

Por eso cada intento de diversificación genera ansiedad. Se espera que el gobierno encuentre compradores, organice la logística, abra puertas, subsidie certificaciones y, de ser posible, absorba el costo de cualquier fracaso. Pero la diversificación comercial no se decreta desde una oficina pública. Se construye con empresas dispuestas a invertir, asumir riesgo y entender que vender en Hamburgo no es lo mismo que vender en Houston.

Conviene decirlo sin adornos: el nuevo TLCUEM no resolverá por sí mismo la dependencia de Estados Unidos. Ningún tratado lo hará. Pero pocas veces México había tenido alineados, al mismo tiempo, un instrumento jurídico moderno, una coyuntura geopolítica favorable y un socio dispuesto a profundizar relaciones económicas.

Desaprovecharlo por inercia sería mucho más caro que explorar sus posibilidades.

Las economías también desarrollan dependencias afectivas. Se acostumbran a un comprador, a una ruta logística, a una moneda y a una geografía. Y como ocurre en casi todas las relaciones largas, el verdadero riesgo no aparece cuando la relación termina, sino cuando una de las partes descubre que la otra ya no tiene incentivos para cuidarla igual.

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