ESCUDO Y ESPADA/ OSCAR SIEBER/
El problema del país no radica únicamente en los políticos. Todos los mexicanos compartimos cierta responsabilidad en la situación actual, desde lo que consumimos hasta por quién votamos.
Por ejemplo, los problemas de salud no son exclusivamente médicos. Las estadísticas muestran que gran parte de los mexicanos consumimos enormes cantidades de Coca-Cola, bebidas azucaradas y comida chatarra, productos que suelen contener altos niveles de azúcar y un bajo valor nutricional.
Esto se debe, en gran medida, al desconocimiento que muchas personas tienen sobre su propia salud, el funcionamiento de su organismo y el contenido nutrimental de lo que consumen. Entre estos, destacan las consecuencias que puede provocar el consumo excesivo de azúcar de manera cotidiana, detonando algunos de los problemas más conocidos como son la obesidad —incluso infantil—, la diabetes, la hipertensión y algunos tipos de cáncer.
Se trata de un problema de salud pública que, en mi opinión, no se resuelve únicamente construyendo más hospitales o comprando más medicamentos. Si bien estas medidas representan una parte importante de la solución, no me parecen determinantes. La responsabilidad final recae, en gran medida, en cada individuo desde el momento en que toma conciencia para llevarlo hasta su mesa y luego a la boca.
Como he señalado, la responsabilidad no corresponde únicamente al ciudadano; requiere la participación de todos. También involucra actores intermedios como es la educación a traves de las escuelas y universidades, en el fomento de la actividad física a través de organizaciones civiles, a la difusión de la información educativa a través de los medios de comunicación, y a los empresarios y fabricantes que pueden desarrollar y comercializar productos más saludables. A los gobiernos los dejamos en el otro extremo de instancia, y la más fuertemente criticada, porque su labor consiste en diseñar mecanismos eficaces que incentiven una mejor cultura alimentaria entre la población.
Así como en el tema de la salud, de la misma manera, puedo traer a colación el ejemplo de los gobiernos ineficientes que tenemos actualmente. En un contexto marcado por la violencia, la pobreza y el deterioro institucional, una de las mayores responsabilidades que compartimos los mexicanos consiste en elegir correctamente a nuestros representantes y exigirles resultados una vez que llegan al poder. Pero esto es posible cuando nos volvemos ciudadanos mejor informados sobre los partidos y lo candidatos.
Ahora que se afirma que México vive bajo un “narcogobierno”, me pregunto: ¿cómo hemos llegado hasta este punto? La respuesta más sencilla no es pensar que una administración con características de “narcogobierno” apareció de la nada, como si se tratara con la facilidad con la que se enciende un interruptor de luz y transformar de golpe al régimen político. No, no ocurrió así. Esto, parece un problema heredado que se fue agrandando paulatinamente con el tiempo.
Aquí es donde viene el sentido de la información; para comprender el contexto de lo que vivimos hoy, es importante recordar que el fenómeno de las drogas es muy antiguo. Sin embargo, antes de abordar el problema actual, conviene resaltar algunos matices históricos y culturales que ayudan a entender su evolución.
El alcohol se consume desde la antigüedad. El opio y el cannabis se utilizaban hace siglos en Asia y Medio Oriente. La heroína incluso fue comercializada por Bayer, laboratorio farmacéutico alemán, a finales del siglo XIX como medicamento. Las anfetaminas ya se empleaban en los años treinta y durante la Segunda Guerra Mundial. Todo esto solo demuestra que las drogas han estado ligadas a la vida de los seres humanos en distintos contextos históricos y sociales.
No obstante, entre las décadas de 1950 y 1960 ocurrió un periodo decisivo que transformó la manera en que entendemos las drogas en la actualidad. Fue una etapa marcada por una gran expansión cultural y comercial de ciertos fármacos modernos. El auge del consumo recreativo, la aparición de escenas contraculturales —como el movimiento hippie—, el crecimiento del narcotráfico internacional y la popularización de sustancias como el LSD, la marihuana moderna y otros estimulantes, fueron algunos de los factores que moldearon la percepción contemporánea sobre las drogas.
Sin embargo, en México y Estados Unidos el fenómeno explotó de manera mucho más visible entre las décadas de 1960 y 1980, con la llamada “guerra contra las drogas”. Desde entonces, el narcotráfico ha dejado en evidencia una realidad contundente: las drogas nunca dejaron de ser productos con una demanda altísima. Por ello, el negocio no creció únicamente por causa de los gobiernos; también se expandió debido al consumo constante de millones de personas.
Para reducir el problema del narcotráfico, la disminución del consumo resulta fundamental. Sin demanda, la oferta eventualmente pierde fuerza. El problema es que esa realidad parece todavía muy lejana. Aun así, el tema debería servirnos para reflexionar como ciudadanos y entender que la responsabilidad no recae exclusivamente en los gobiernos, sino también en el resto de la sociedad.
Por otro lado, si analizamos el conflicto de fondo, quizá el verdadero problema tampoco este únicamente en las drogas per se, sino en la cultura de violencia, que se desarrolla alrededor de ellas. Lo pienso así porque resulta inevitable preguntarse por qué, en otros países donde también existe tráfico y consumo de drogas -como Canadá, España, Alemania, Australia, Estados Unidos o Japón—, los índices de violencia y criminalidad no alcanzan los niveles que vemos en México. Y aunque el tema se encuentra dentro de la seguridad pública, la solución de estos países no parece combatirse por medio de armas.
Aunque la discusión sobre las drogas presenta múltiples aristas, no dejaré de insistir en una idea fundamental: muchos de los problemas nacionales que hoy enfrenta México no podrán resolverse únicamente desde el gobierno. La transformación también depende de las decisiones que tomamos como ciudadanos todos los días. Informarnos mejor, cuidar nuestra salud, participar en la vida pública, exigir rendición de cuentas y actuar con responsabilidad son pequeñas acciones individuales que, multiplicadas por millones de personas, pueden producir cambios profundos. Después de todo, los países no cambian únicamente por las decisiones de sus gobernantes; también cambian por la conducta cotidiana de quienes los conforman.
