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Lo que Slim ya sabe y el gobierno aún no admite

1 de junio de 2026
in Opiniones
Lo que Slim ya sabe y el gobierno aún no admite
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COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO

Carlos Slim tiene 86 años, 125 mil millones de dólares y 32 pozos petroleros activos en el Campo Ixachi. Cuando alguien así dice que no va a entrar al fracking, no está tomando una posición ambiental ni haciendo política. Está leyendo la aritmética.

El 27 de mayo, en su conferencia anual en Inbursa, Slim anunció que Grupo Carso invertirá este año alrededor de 5 mil millones de dólares en México: carreteras, desalinizadoras, refinamiento de gas, infraestructura industrial. Un plan agresivo, en sus propias palabras, que decidieron hacer todavía más agresivo ante las oportunidades que ven en el país. Bienvenida sea la señal. El capital privado que apuesta en momentos de incertidumbre merece reconocimiento.

Pero hubo una pregunta que produjo la respuesta más reveladora de la tarde. ¿Participará Carso en proyectos de fracking? «No», dijo. «Porque ya estamos saturados.»

Tres palabras. Sin drama, sin ideología, sin discurso de responsabilidad social. Solo un empresario que sabe sumar.

Mientras tanto, en abril de este año la Secretaría de Energía presentó su Estrategia para Fortalecer la Soberanía Energética. El documento articula, entre sus ejes principales, la posible explotación de yacimientos no convencionales mediante fracturamiento hidráulico como respuesta a la dependencia estructural del país en materia de gas natural. El diagnóstico no está equivocado: México importa el 63% del gas que consume, principalmente desde Texas. Entre 2018 y 2025, la producción de Pemex cayó 16%, el consumo creció 22% y las importaciones aumentaron 43%. La brecha existe y se ensancha.

El problema no es el diagnóstico. El problema es la solución.

Perforar un pozo de gas no convencional en México cuesta entre 7 y 8 millones de dólares. En Estados Unidos, entre 1 y 2 millones. No es una diferencia marginal: es una brecha de cuatro veces, explicada por décadas de infraestructura acumulada, cadenas de suministro maduras y economías de escala que México simplemente no tiene. Para alcanzar una autosuficiencia significativa, analistas como Ramsés Pech estiman que se necesitaría perforar entre 3,000 y 3,500 pozos anuales durante una década, con inversiones anuales de entre 35,000 y 45,000 millones de dólares. Por año. Durante diez años.

El presupuesto de exploración y producción de Pemex en 2025 fue de 29,318 millones de pesos, su nivel más bajo en años. Para 2026 subió a 39,495 millones de pesos, equivalente al 0.10% del PIB. La distancia entre ese número y la escala que exige el fracking no es una brecha financiera: es un abismo.

Y hay un dato que lo remata todo. El gas de referencia en el mercado norteamericano —el Henry Hub— promedió 3.5 dólares por millón de BTU en los últimos seis años. Ese es el precio al que México puede comprar gas de Texas hoy, sin perforar un solo pozo, sin construir infraestructura, sin asumir riesgo geológico. Competir contra ese precio con costos de producción cuatro veces mayores no es soberanía energética. Es destrucción de valor.

Slim lo sabe. Por eso prefiere el Campo Ixachi, donde opera con pozos convencionales y produce barriles a costos que justifican la inversión. No está en contra del petróleo ni del gas. Está en contra de perder dinero.

El gobierno no está equivocado al querer reducir la dependencia de importaciones. Esa vulnerabilidad es real: cualquier interrupción en el suministro de Texas, una tormenta invernal, una reconfiguración de flujos hacia Asia, puede dejar al país expuesto de un día para otro. La soberanía energética como objetivo estratégico tiene sentido.

Lo que no tiene sentido es confundir el objetivo con el instrumento. El fracking puede ser una herramienta válida en el contexto correcto. En México, en 2026, con Pemex en la condición en que está, sin la infraestructura, sin la experiencia técnica, sin la certeza jurídica para atraer operadores privados con capacidad real, y compitiendo contra el gas más barato del continente a 200 kilómetros de distancia, el fracking no es un camino a la soberanía. Es un camino al subsidio permanente.

Cuando el hombre con más capital disponible para invertir en el país descarta una apuesta que el gobierno está promoviendo como política de Estado, vale la pena preguntarse quién está leyendo mejor la realidad.

Slim no dijo que el fracking es malo. Dijo que ya está saturado. La diferencia importa. No es una crítica al gobierno. Es una señal de mercado. Y las señales de mercado, a diferencia de los documentos de política energética, no mienten.

Nizaleb Corzo es Consultor Estratégico, Consejero Empresarial Independiente y autor de Arquitectura o Inercia.

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