COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM
El miércoles 3 de junio, Andrés Manuel López Obrador rompió su silencio. Lo hizo con una carta bien escrita, retóricamente disciplinada y políticamente comprensible. El jueves, Claudia Sheinbaum la leyó en la mañanera, agradeció el respaldo y llamó misóginos a quienes insinuaron que AMLO gobierna desde Palenque.
El movimiento cerró filas. La narrativa interna quedó blindada.
Y mientras tanto, el 1 de julio se acerca.
México entra en la recta final de la renegociación del T-MEC en uno de los contextos geopolíticos más adversos de su historia moderna. No es retórica: en los últimos días, Washington retiró visas a gobernadores en funciones, se confirmó la presencia de agentes de la CIA operando en Chihuahua, y la designación de los cárteles como organizaciones terroristas —que AMLO dice haberle desaconsejado a Trump en su primer mandato— se ejecuta hoy con consecuencias extraterritoriales reales. Estos no son gestos simbólicos. Son instrumentos de presión activa sobre una negociación que define el modelo económico de México para los próximos dieciséis años.
Frente a eso, el gobierno respondió con una carta y una mañanera emotiva.
Conviene ser precisos con otro dato: el discurso de Sheinbaum el domingo 31 de mayo en el Monumento a la Revolución fue, ante todo, un acto de movilización interna. La retórica soberanista sonó bien —suena bien siempre— pero el conflicto real que la detonó es mucho más acotado: señalamientos de Washington contra un gobernador y un puñado de funcionarios de Sinaloa. Subir a todo un país al ring por eso no es estrategia diplomática. Es gestión de narrativa. Y cuando la narrativa se convierte en el fin y no en el medio, la negociación real queda en segundo plano.
La carta de AMLO no corrige ese problema. Lo profundiza. Reinstala al expresidente como voz de la relación bilateral en el momento en que Sheinbaum más necesita que esa voz sea exclusivamente suya. Revive el caso Cienfuegos —un expediente que Washington no ha olvidado— en la antesala de una mesa donde Estados Unidos ya cuestiona la soberanía mexicana en materia de seguridad. Y desplaza la conversación pública del terreno diplomático al terreno identitario: ya no hablamos de qué concesiones puede evitar México en el T-MEC, sino de si el movimiento está unido.
Que Sheinbaum haya convertido la carta en recurso político la mañana siguiente es, hay que reconocerlo, una jugada hábil para cerrar filas. Pero comunicación no es diplomacia. Cohesión interna no es posición negociadora. Y una victoria de narrativa frente a la oposición doméstica no mueve un milímetro la postura de Washington en la mesa del 1 de julio.
El verdadero indicador no es si Morena está unida. Es si México llega al 1 de julio con una posición negociadora sólida o con un relato bien administrado.
Son cosas muy distintas. Y en este momento, solo una de ellas importa.
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Nizaleb Corzo es Consultor Estratégico, ConsejeroEmpresarial Independiente y autor de Arquitectura o inercia.
