COLABORACIÓN INVITADA/ NIZALEB CORZO
Coahuila votó el domingo. El PRI ganó 16 de 16 distritos con el 55% de la votación. Morena obtuvo el 26%, salió a denunciar «QRgate» y Ricardo Monreal advirtió con preocupación desde su trinchera en la Cámara. El resultado no sorprende a nadie que haya volteado a ver los números con honestidad, pero la reacción de Morena revela algo más profundo que una derrota electoral: revela que un partido que lleva una década en el poder nacional todavía no entiende la diferencia entre ganar elecciones y construir territorio.
Conviene poner el dato en perspectiva. El PRI ha gobernado Coahuila de manera ininterrumpida desde 1929, cuando todavía se llamaba Partido Nacional Revolucionario. No perdió cuando el sistema de partido único se fracturó en los años noventa. No perdió cuando Vicente Fox rompió el monopolio presidencial en 2000. No perdió cuando Calderón ganó ni cuando Peña Nieto perdió. No perdió con la marea de 2018 que arrasó con prácticamente todo. En 2029, cuando termine el mandato del gobernador Manolo Jiménez, el PRI cumplirá cien años consecutivos al frente del estado. Eso no es inercia política: es una arquitectura que ha sobrevivido a siete sexenios de alternancia nacional sin ceder un centímetro de terreno propio.
Hay una confusión que persiste en ciertos círculos políticos —y que el creyente entusiasta de cada grupo de WhatsApp repite con fe sincera— según la cual el dominio nacional de un partido se traduce, tarde o temprano, en dominio territorial. La lógica es intuitiva: si controlas la presidencia, el presupuesto federal, los programas sociales y el discurso hegemónico, ¿cómo no vas a avanzar en Coahuila? La respuesta está en los datos. Morena lleva ocho años intentando ese estado. En 2017 sacó alrededor del 17%. En 2023 Armando Guadiana, su candidato a gobernador, llegó al 26%. Este domingo, con toda la maquinaria federal, con Andrés Manuel López Beltrán encargado de la organización como secretario del partido, con el gobierno de Claudia Sheinbaum de respaldo y el viento institucional a favor: 26% otra vez. Ocho años, cuatro puntos de distancia con el punto de partida, 16 distritos perdidos. Eso no es una tendencia de crecimiento. Es un techo.
El poder territorial no funciona como el poder mediático. No se transmite por señal. Se construye en décadas de relaciones clientelares, redes municipales, operadores con nombre y apellido, familias que deben favores y alcaldes que deben puestos. El PRI en Coahuila no ganó el domingo porque tenga mejores ideas ni porque «Alito» Moreno sea un estadista. Ganó porque tiene una arquitectura que sobrevive a cualquier narrativa nacional: una operación territorial comandada desde el gobierno estatal con maquinaria electoral probada y control institucional acumulado por casi un siglo. Eso es exactamente lo que Morena no tiene en el norte del país, y que no se construye con transferencias federales ni con spots de campaña ni con el hijo del expresidente al frente de la logística.
La acusación de compra de votos puede ser cierta o no — los operativos electorales del PRI coahuilense tienen historia propia y el expediente de Humberto Moreira no es exactamente un testimonio de pulcritud institucional. Pero lo más revelador no es la denuncia en sí: es la función que cumple. Cuando un partido pierde por 30 puntos y la primera reacción es el «QRgate», lo que está ocurriendo es una operación de coartada interna. Perder con narrativa de fraude es más tolerable para la militancia que perder con la verdad: que nunca se hizo el trabajo de base, que se creyó que la marea presidencial arrastraría todo, y que Coahuila, sencillamente, no funciona así. El fraude como explicación es el síntoma clásico de un partido que no ha entendido el territorio que pretende gobernar.
Vale la pena ampliar el patrón. Coahuila no es una anomalía aislada: es el extremo más visible de una geografía política que Morena no ha logrado penetrar con consistencia. El norte del país —con sus economías más integradas al corredor industrial y al mercado estadounidense, con su cultura política menos dependiente del paternalismo federal, con sus clases medias más consolidadas— responde a lógicas distintas a las del centro y el sur donde Morena construyó su dominio. Allí el voto no se mueve por programas sociales ni por la figura del líder nacional. Se mueve por gobernabilidad local, por quién resuelve el agua, por quién tiene el teléfono del presidente municipal. Morena puede ganar dos elecciones presidenciales consecutivas y seguir siendo irrelevante en esos estados si no construye presencia real desde abajo.
México tendrá elecciones intermedias en 2027. Coahuila no estará en juego, pero el patrón que representa sí. La pregunta que deberían hacerse en Morena no es cómo denunciar mejor la próxima elección perdida, sino por qué después de una década en el poder nacional no tienen un solo operador político capaz de ganar un distrito en Saltillo. La respuesta los llevaría a un lugar incómodo: que construyeron un movimiento en torno a un hombre, no una organización capaz de sobrevivir sin él. Y que hay territorios en México donde esa distinción se cobra cara, en cada elección, desde 1929.
El territorio no se hereda. Se trabaja. Y el PRI en Coahuila, con todos sus defectos y toda su historia oscura, todavía sabe eso mejor que nadie.
