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LA POESÍA DE JAIME SABINES O EL POLVO DE ORO DE LA VIDA. Tercera parte

10 de junio de 2026
in Opiniones
LA POESÍA DE JAIME SABINES O EL POLVO DE ORO DE LA VIDA. Tercera parte
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COLABORACIÓN INVITADA/JOSÉ NATARÉN

PRESENCIA Y AUSENCIA, SABINES Y DIOS

Sabines, sólo hay uno. No hay un desdoblamiento, un hombre y un artista. Uno es el hombre, uno el poeta. Uno es el hombre, y es la voz de todos, del espíritu del tiempo y del pueblo, de la comunidad humana, escindida entre el deseo y la muerte, entre la vida y la angustia, entre la presencia y la ausencia, cuyo balance es restituido por la palabra, la palabra poética en particular, ya sea como testigo de los primeros días de la especie ―como en Adán y Eva― o participando en lo inmediato del misterio de la muerte, como en Algo sobre la muerte del mayor Sabines (1973). En ambos libros, la presencia/ausencia de Dios simboliza lo que, de avasallante, fuera de todo control, neutra, imparcial e indiferente se muestra la realidad, el universo, ese caos que se ordena por la palabra. Este ordenamiento de lo real, es la humanización que de las cosas hace el que habla: recubrir de sentido a la totalidad de callados entes que están a la vista —se le muestran— y, sobre todo, que al oído se revelan en la captación y reflejo de los ritmos, a la par de constatar y dar fe de sus propios ritmos interiores.

   Esa cualidad demiúrgica, implícita en el acto poético, en la escritura, y en la lectura del gran libro del universo —donde la vida de la especie humana es apenas ápice— se modifica en la acumulación de los días, con el resabio de los años, templándose a cada experiencia. Ante la conciencia de la libertad que somos y ante la indeterminación que se cierra y abre tras cada decisión en la vida, la aceptación y cierta calma de espíritu se abre paso “la felicidad es un arreglo con uno mismo” dice Sabines, y con mucha claridad, una de sus primeras y principales estudiosas, Mónica Mansour, apunta: “En cada poema, en cada libro, Sabines es un hombre diferente, tal vez menos angustiado, tal vez más triste, pero, desde luego, más sabio que el día anterior y en ese proceso de transformación su Dios lo acompaña como un espejo”.

LA MÚSICA DE LA PROSA

Para 1959, Sabines vuelve a la capital del país y trabajará veinte años al frente, de nuevo, del negocio familiar: la fábrica de alimento para ganado y vive con su familia: Josefa Rodríguez —doña Chepita— y sus hijos: Julio, Judith, Jazmín y Julieta, en la colonia Santa María la Rivera. Entonces se inicia otro momento del rechazo al anquilosamiento formal como propuesta poética, Diario semanario y poemas en prosa (1961, publicado por la Universidad Veracruzana como Oficio de tinieblas y Lívida Luz de Rosario Castellanos y como Benzulul de Eraclio Zepeda) y continúa con Yuria (1967), palabra sabiniana que a la postre será el nombre del rancho del poeta donde Elianne Cassorla realizó la conocida sesión fotográfica de don Jaime y donde este le ganó un par de partidas de ajedrez a Juan José Arreola. Prosa en la forma mas no en la verdad que instaura, en la potencia creadora, reveladora y aniquiladora de la palabra liberada de lo utilitario.

   Útiles son las arengas ideológicas, los tratados doctrinales, los textos legales, las cartas de amor. Todas sirven para algo: para incidir en un público; para glosar una verdad; para establecer reglas; para comunicar y provocar el afecto de alguien. Pero la poesía no. No tiene un fin. Como el Destino de Juan Ramón Jiménez, no tiene un principio, una razón. La poesía es el principio, fin y razón. Sabines nos alumbra al respecto:

Más que una vocación, la poesía es un destino. En ella se encuentra un cincuenta o sesenta por ciento de oficio, de rigor, de disciplina. Lo demás es lo que antiguamente se llamaba inspiración, aunque actualmente ya no es una palabra muy aceptada. Hay quienes prefieren hablar del subconsciente o cualquier otro término de la psicología moderna. Pero se refiere a lo mismo, es la facilidad con la que al poeta se le dan los poemas, como algo natural.

   Todo poeta de la tradición ha sido la voz de su comunidad, atrapa en sus redes lo esencial del espíritu de las sociedades a las que pertenecen. Ya sea Heráclito (de quien Sabines ha tomado unos versos para el epígrafe de La señal, en 1951), Góngora (recuperado en su tricentenario por Lorca y los poetas del 27, tan preciados para Jaime), o Lezama (con quien compartió la responsabilidad del jurado del Premio Casa de las Américas en La Habana en 1965), por mencionar a los bien ponderados en su oscuridad.  Sabines también lo hace y no sólo se detecta en la sencillez y el coloquialismo de los más conocidos pasajes de su obra. Lo hace al nombrar, al designar, al corporizar con palabras las esencias y temas universales de la vida y la poesía: el amor, la muerte y Dios. Al particularizar la melancolía y la desesperanza, la ironía y entenderse con el Diablo y reñir con el ángel del hastío, como lo hizo Baudelaire, un siglo antes. Ambos, poetas en prosa, cantan al máximo símbolo de nuestra modernidad: la ciudad, y pueblan su poesía con los habitantes que no gozan de distinción, así como otorgan dignidad a la prosa con la música.

Fotografía:

Walter Corona

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