TAROT POLÍTICO/AMET SAMAYOA ARCE/ULTIMÁTUM
La radicalización del movimiento “magisterial” llegó al punto donde obligó a la presidenta Claudia Sheinbauma fijar una postura que, por su contundencia, podría marcar un antes y un después en la relación del Estado mexicano con el sindicalismo docente. Acuña la frase que no pasa desapercibida: ni el SNTE ni la CNTE. Evidentemente no fue una declaración improvisada, fue una definición política, una toma de distancia frente a las dos expresiones sindicales que durante décadas han monopolizado la representación del magisterio nacional. Por un lado, la CNTE decidió crispar su protesta justamente cuando México se encontraba bajo los reflectores internacionales. Bloqueos -hasta de aeropuertos-, presiones y una estrategia de confrontación que terminó exhibiendo una agenda que ya no parece exclusivamente laboral. Lo que nació como un movimiento de resistencia magisterial se exhibió como un instrumento de presión política permanente. Por el otro lado, el SNTE tampoco atraviesa su mejor momento, porque el sindicato que durante décadas fue interlocutor privilegiado del poder parece haber perdido capacidad de representación real. Los recientes resultados electorales en estados donde presumía capacidad de movilización demostraron que los liderazgos corporativos ya no garantizan votos ni legitimidad. El caso de Coahuila de donde es originario Alfonso Cepeda Salas dejó más preguntas que respuestas sobre su verdadero peso político. Por eso resulta especialmente significativa la declaración presidencial cuando plantea construir una nueva relación directamente con los maestros y maestras de base.
¿Qué sigue?
La pregunta entonces es inevitable. Si las dirigencias sindicales dejaron de ser depositarias de la confianza gubernamental para conducir las demandas del magisterio, ¿qué sigue? Si han perdido capacidad para fungir como interlocutor legítimo de los trabajadores de la educación, ¿qué sigue? Durante años ambos espacios construyeron estructuras cerradas donde las decisiones terminaron concentradas en grupos cada vez más reducidos. Unos bajo la lógica de la negociación permanente con el poder y otros, bajo la lógica de la movilización permanente contra el poder. El resultado es el mismo cuando las bases quedaron atrapadas entre cúpulas que hablan en su nombre. Resulta claro que estamos frente al fin de un ciclo histórico y quizá la verdadera discusión ya no sea quién dirige el SNTE o quién controla la CNTE. La discusión sea ahora qué tipo de organización sindical necesita el magisterio mexicano del siglo XXI. Un sindicato nacional, plural, democrático e incluyente, un espacio donde convivan todas las corrientes sin que ninguna secuestre la representación colectiva. Un sindicato donde los liderazgos sean consecuencia del respaldo de las bases y no de acuerdos cupulares.
Se agotó la paciencia
Porque si algo dejó claro la presidenta es que la paciencia del gobierno con las viejas fórmulas sindicales se ha agotado, porque La CNTE creyó que podía doblar al gobierno mediante la presión, mientras que el SNTE creyó que podía conservar privilegios mediante la cercanía con el poder. Hoy ambos reciben el mismo mensaje desde Palacio Nacional.
De Tarot y Adivinanza
Ni uno ni otro: llegó la hora de la verdad. ¿Qué pasará ahora? Atentos… Servidos.
