TAROT POLÍTICO/AMET SAMAYOA ARCE/ULTIMÁTUM
La primera reacción que provocó la fotografía entre el senador Manuel Velasco Coello y el gobernador Eduardo Ramírez Aguilar más que de sorpresa, fue de suspicacia. En lenguaje coloquial, la pregunta recorrió cafés, oficinas gubernamentales, grupos de WhatsApp y círculos políticos: ¿ya hicieron las paces? Y es que no se recuerda otro momento en que el llamado Güero Velasco haya acudido a Palacio de Gobierno para reunirse con el Jaguar Negro. De hecho, es quizá uno de los pocos lugares a los que puede acudir con cierta discreción. Porque si algo ha dejado el paso del ex gobernador por Chiapas es un profundo desgaste de imagen pública; más aún en Tuxtla donde impuso a Fernando Castellanos como alcalde con un costo millonario. En cualquier plaza, mercado o acto abierto, Manuel Velasco corre el riesgo de encontrarse con el desprecio y el recordatorio del 10 de mayo porque su sexenio fue desprecio corrupción e impunidad. Pero la fotografía dice mucho más de Eduardo Ramírez que de Manuel Velasco. Porque mientras uno sigue atrapado en las viejas prácticas del cálculo político, el otro parece empeñado en construir una imagen de estadista. Un gobernante que entiende que el ejercicio del poder no puede estar condicionado por rencores personales, aunque tenga motivos de sobra para mirar hacia atrás.
Y motivos no le faltan
Fue Manuel Velasco quien incorporó a Eduardo Ramírez a su círculo de poder. Pero también fue Eduardo Ramírez quien aportó capacidad política, operación territorial, visión estratégica y gobernabilidad para que Velasco pudiera sobrellevar su proyecto sexenal. Sin embargo, la historia política del ex gobernador parece estar marcada por una constante: utilizar aliados mientras son útiles y desprenderse de ellos cuando representan un riesgo para sus intereses.
Ocurrió en 2018 y en el 2024
Eduardo Ramírez tenía presencia, estructura y condiciones políticas para competir por la gubernatura. Pero Manuel Velasco prefirió salvar su propia circunstancia política. En las negociaciones de lo oscurito, esas que tanto le gustan, sacrificó al Jaguar y entregó la candidatura a Rutilio Escandón Cadenas. Todavía resuena en la memoria colectiva aquella Marcha por la Dignidad que simbolizó el agravio político para el proyecto de la nueva ERA, que tuvo que esperar seis años. Pero la lección no fue suficiente, porque en 2024, cuando Morena designó a Eduardo Ramírez como coordinador de los Comités de Defensa de la Cuarta Transformación en Chiapas, nuevamente aparecieron las maniobras perniciosas del senador verde. En los corrillos políticos se habló de la integración de equipos jurídicos y estrategias encaminadas a impugnar la candidatura bajo el argumento de la alternancia y la equidad de género, promoviendo la posibilidad de que la candidatura recayera en la senadora Sasil de León Villar. Con una candidatura afín, Manuel Velasco conservaría capacidad de influencia en el gobierno estatal. Con Eduardo Ramírez, esa posibilidad desaparecía, y desapareció. Por eso la fotografía de Palacio tiene una lectura mucho más profunda de lo que parece. No exhibe la reconciliación de dos viejos amigos y aliados. Exhibe la diferencia entre dos maneras de entender la política. De un lado, un personaje cuya trayectoria está asociada a la conveniencia, la negociación permanente y la supervivencia personal. Del otro, un gobernador que parece decidido a gobernar sin ajustar cuentas y sin convertir las diferencias del pasado en obstáculos para el presente. Quizá por eso Manuel Velasco llegó a Palacio y no porque haya recuperado influencia, ni por asomo, sino porque entendió algo que durante años se negó a aceptar: el poder ya cambió de manos.
De Tarot y Adivinanza
Qué le parece, mientras uno sigue cargando la fama de la deslealtad, el otro se da el lujo de recibirlo? Y cuando puede perdonar sin olvidar, revela su tamaño… Servidos.
