COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM
El antropólogo Andrés Fábregas se hizo hace años una pregunta que parece sencilla y no lo es: ¿por qué la gente se identifica con un equipo de fútbol? La respuesta que encontró después de años de trabajo de campo alrededor del estadio de las Chivas, observando no a los jugadores sino a la gente, estudiando la conducta de las aficiones desde adentro, fue reveladora: las Chivas son el equipo más popular de México porque solo juegan con mexicanos y por lo tanto son el _alter ego_ de la selección nacional. La gente no se identifica con once jugadores. Se identifica con algo que siente suyo. Con algo que la representa.
Esa respuesta, que Fábregas encontró en 1998 estudiando un estadio en Guadalajara, tiene hoy una segunda parte que el antropólogo no necesitó escribir porque la está escribiendo la realidad: ¿y qué pasa cuando lo que sentías tuyo te lo quitan?
Eso es lo que está ocurriendo con el Mundial 2026.
México recibió la Copa del Mundo por tercera vez en su historia. Un logro que debería traducirse en fiesta popular, en celebración colectiva, en el momento en que el país más futbolero de América muestra al mundo de qué está hecho. La inauguración en el Estadio Azteca, el escenario más icónico del fútbol mexicano, el recinto donde Pelé fue ovacionado en el 70 y donde Maradona firmó la obra maestra del 86, debía ser el símbolo de que el fútbol sigue siendo del pueblo.
No fue así. O no fue así para la mayoría.
Los precios de los boletos para el partido inaugural convirtieron la fiesta en una exclusividad que los mexicanos comunes miraron desde sus casas, desde sus teléfonos, desde las pantallas que el gobierno instaló en plazas públicas para que la gente pudiera ver gratis lo que no pudo pagar. Una ironía que duele: el estadio que el pueblo mexicano llenó durante décadas con su pasión, su escándalo y su fervor, recibió el partido más importante del año con tribunas copadas por turistas extranjeros de alto poder adquisitivo, ejecutivos con paquetes corporativos y privilegiados de la zona VIP que no necesariamente saben quién metió el gol del honor en el 86.
El fútbol más importante del planeta ya no pertenece a la gente común. Y eso no es una exageración ni una postura ideológica. Es un hecho que se mide en pesos y en centavos, o más bien en dólares, que es como la FIFA prefiere que se midan estas cosas.
Hay algo profundamente contradictorio en organizar el evento deportivo más popular del mundo en un país donde una familia promedio no puede costear una entrada para presenciarlo. No hablamos solo del boleto, que de por sí puede representar semanas de salario mínimo. Hablamos del transporte para quien viene de otro estado, del hospedaje en una ciudad donde los hoteles triplicaron sus tarifas, de la alimentación, del estacionamiento, de la camiseta oficial que la FIFA vende a precio de artículo de lujo. Sumar todo eso equivale a varios meses de ingreso para millones de mexicanos que sin embargo llevan décadas siendo los aficionados más fieles, más ruidosos y más apasionados del mundo.
Algunos dirán que es la ley del mercado. Que la alta demanda justifica los precios altos. Que nadie obliga a nadie a asistir. Tienen razón en la letra chica. Se equivocan en lo fundamental.
Porque el Mundial no es un producto de nicho. No es un concierto de artista exclusivo ni un evento diseñado para un segmento específico de consumidores. Es un acontecimiento cultural que se promueve con símbolos nacionales, que se financia con infraestructura pública, que se vende al mundo usando la imagen y la historia de países que pusieron recursos del Estado para hacer posible la organización. Y cuando ese acontecimiento termina siendo inaccesible para la mayoría de los ciudadanos de esos países, la pregunta de para quién es el Mundial se responde sola.
Para los que pueden pagarlo. Para los demás, la pantalla.
El fútbol nació en las calles. En los potreros. En los patios de tierra de las escuelas públicas. En los baldíos de los barrios populares donde un par de piedras servían de portería y una pelota desinflada bastaba para horas de juego. Esa es la esencia del deporte que hoy mueve más dinero que la mayoría de las industrias del planeta. Y esa esencia se traiciona cada vez que la rentabilidad se impone sobre la inclusión, cada vez que los estadios se llenan de zonas VIP y se vacían de pueblo, cada vez que el aficionado de toda la vida es desplazado por el consumidor ocasional que puede pagar la experiencia premium.
México lo sabe. La memoria colectiva de los Mundiales del 70 y del 86 vive en generaciones que pudieron estar ahí, que viajaron con sus familias, que ahorraron meses para tener la entrada y que todavía hoy cuentan esas historias como los mejores recuerdos de su vida. Para los jóvenes de hoy, esa posibilidad es tan remota como viajar al espacio. No porque el fútbol haya cambiado. Porque el negocio del fútbol decidió que el pueblo ya no era el cliente principal.
La FIFA habla de legado. De desarrollo. De impacto social. Pero el legado real de un Mundial se mide también en si los ciudadanos del país sede se sintieron parte de la fiesta o simples anfitriones que prepararon la mesa para que otros comieran.
