COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM
Hay una cifra que esta semana pasó de noche entre el ruido de las exportaciones petroleras, y es la única que merecía desvelarnos.
Mientras los titulares celebraban o lamentaban que México redujo 85% sus envíos de crudo a Estados Unidos en dos años —de 987 mil barriles diarios en junio de 2024 a apenas 151 mil hoy—, Francisco Barnés de Castro, exsubsecretario de Energía y exrector de la UNAM, hacía una operación más sencilla y más incómoda. Tomó los propios informes financieros de Pemex, sumó lo que la empresa dice producir, restó lo que dice exportar y lo que dice procesar en sus refinerías, y encontró un hueco: alrededor de 100 mil barriles diarios que no aparecen por ningún lado durante el primer trimestre de 2026. El doble del faltante de 2025.
La frase de Barnés es de una sobriedad demoledora: no sabe dónde pueden almacenarse cien mil barriles diarios que, según las cuentas oficiales, se produjeronpero no se procesaron ni se vendieron.
Conviene detenerse aquí, porque la tentación inmediata es convertir esto en una nota de robo. Pemex ya respondió por esa puerta: negó el aumento de la sustracción ilegal, habló de ajustes volumétricos por temperatura, de empaques y desempaques, de movimientos operativos que un balance bien hecho contemplaría. Puede que tenga razón. Y ahí está, precisamente, el problema que de verdad importa.
Porque si la explicación es el robo, estamos ante un quebranto patrimonial histórico. Pero si la explicación es contable —si los números simplemente no cuadran entre los propios reportes de la empresa— entonces el problema es peor, no mejor. Significa que el Estado mexicano no sabe con certeza cuánto petróleo tiene. Y un Estado que no puede rastrear su activo más estratégico no enfrenta un escándalo de coyuntura: enfrenta una falla de arquitectura.
Llevo años insistiendo en que las instituciones no se quiebran de golpe. Se quiebran por dentro, en silencio, cuando dejan de ser legibles para sí mismas. Por eso construí el Índice de Resiliencia Institucional alrededor de una intuición sencilla: una institución es resiliente no cuando es fuerte, sino cuando puede verse con claridad. Cuando sabe qué produce, qué pierde, qué decide y por qué. La opacidad no es un defecto cosmético del aparato público; es la grieta por donde se va la resiliencia.
Vistas así, las dos noticias de la semana dejan de ser dos. El desplome exportador y los barriles que no aparecen son el mismo fenómeno con dos rostros. La decisión de redirigir el crudo a las refinerías nacionales se tomó —nos dicen— en nombre de la soberanía energética. Pero una soberanía que no puede auditarse a sí misma no es soberanía: es un acto de fe. Pemex entrega crudo a refinerías que operan al 65% de su capacidad, lo contabiliza por debajo del precio de mercado para que la refinación parezca rentable, y al mismo tiempo no logra explicar el destino de cien mil barriles diarios. No es que falte petróleo. Es que falta claridad. Y la claridad, en una institución, es la diferencia entre gobernar y administrar la inercia.
El propio Barnés lo dijo con una honestidad que la autoridad no le devolvió: la información que publica la Secretaría de Energía está tan rezagada que apenas alcanza enero. Es decir, ni los especialistas que dedican su vida a esto pueden ver con claridad lo que ocurre en tiempo real con el petróleo de los mexicanos. El dato no se oculta de forma estridente. Se diluye en el rezago, en el ajuste volumétrico, en la nota técnica que nadie persigue. Así es como mueren las instituciones legibles: no a gritos, sino a fuerza de dejar de mirarse.
La pregunta de fondo no es si hubo robo. Esa la resolverá, con suerte, una auditoría. La pregunta es por qué un país acepta como normal que su empresa más importante no pueda cuadrar sus propias cuentas, y que la respuesta oficial a la duda sea desacreditar a quien la formula en lugar de despejarla con datos.
Las decisiones correctas no eliminan la incertidumbre. La convierten en ventaja. Pero para eso hace falta, primero, ver con claridad lo que se decide. Un Estado que perdió de vista cien mil barriles diarios no perdió petróleo. Perdió la capacidad de saberse a sí mismo. Y esa, no la exportación, es la verdadera caída del 85%.
