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El anzuelo de lo fácil: por qué nos están desapareciendo a los jóvenes

21 de junio de 2026
in Opiniones
El anzuelo de lo fácil: por qué nos están desapareciendo a los jóvenes
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COLABORACIÓN INVITADA /SR. SMITH /ULTIMÁTUM 

Hay una estadística que debería quitarnos el sueño a todos y que sin embargo se ha vuelto parte del paisaje, una cifra más entre las muchas cifras terribles que México ha aprendido a normalizar: la mayoría de las personas desaparecidas en el país son jóvenes. Hombres y mujeres entre los 15 y los 30 años. La edad de los sueños, de los proyectos, de la vida por construir. Esa es precisamente la edad que más desaparece.

No es casualidad. Y entender por qué no es casualidad es la única forma de empezar a protegerlos.

Los jóvenes desaparecen porque son el blanco preferido de quienes lucran con vidas humanas. El crimen organizado los recluta. La trata de personas los caza. Las falsas ofertas de empleo los engañan. Los grupos delictivos los enganchan con promesas de dinero rápido, de pertenencia, de poder, de una vida que parece más emocionante que la que tienen. Y demasiadas veces, cuando un joven sigue ese anzuelo, no regresa. Ni a estudiar, ni a su casa, ni a ningún lado donde su familia pueda encontrarlo.

Esa es la realidad cruda. Y aunque la responsabilidad de fondo es de los criminales que los reclutan y del Estado que no ha podido protegerlos, hay una conversación social que también debemos tener, porque tiene que ver con el terreno donde ese anzuelo encuentra a sus presas.

Vivimos en una época que le vende a la juventud una idea profundamente engañosa: que todo debe ser rápido, fácil e inmediato. Las redes sociales son una vitrina permanente de vidas que parecen no costar esfuerzo. El influencer que se hace millonario sin que se vea nunca el trabajo detrás. El que muestra el carro, el reloj, el viaje, el fajo de billetes, sin explicar de dónde salió. La estética del dinero fácil, del éxito instantáneo, de la riqueza sin trayectoria. Una idealización de lo superficial que se consume en dosis diarias desde la adolescencia.

¿Qué le dice eso a un joven de 16 años que crece en una colonia donde las oportunidades reales son pocas, donde estudiar parece un camino largo e incierto, donde el esfuerzo cotidiano de sus padres no se traduce en la abundancia que ve en las pantallas? Le dice que hay atajos. Le dice que el camino largo de la preparación, del estudio, del trabajo honesto, es de tontos. Le dice que los que de verdad la hacen son los que encontraron la manera rápida.

Y ahí, justo ahí, en esa grieta entre lo que el joven desea y lo que su realidad le ofrece, es donde el criminal mete el anzuelo. “Te pago bien.” “Es un trabajo sencillo.” “Vas a tener lo que quieres sin tanto rollo.” El reclutador del crimen organizado no necesita convencer a nadie de algo que la cultura de lo fácil ya sembró. Solo necesita aparecer en el momento correcto, frente al joven correcto, con la promesa correcta.

No estoy culpando a los jóvenes que desaparecen. Eso sería injusto y sería falso. La inmensa mayoría son víctimas de engaños, de violencia, de estructuras criminales que los superan en todo. Quien cae en una falsa oferta de empleo y termina desaparecido no es culpable de su tragedia. La culpa es de quien lo engañó.

Lo que sí señalo, con la preocupación de quien ha visto pasar generaciones, es la cultura que estamos construyendo alrededor de nuestros jóvenes. Una cultura que glorifica lo inmediato y desprecia lo construido. Que premia la apariencia sobre la sustancia. Que celebra al que tiene sin preguntar cómo lo obtuvo. Que ha hecho del esfuerzo, de la paciencia y de la preparación valores anticuados, casi vergonzosos, frente al brillo del éxito instantáneo.

Esa cultura no desaparece jóvenes. Pero crea las condiciones mentales que hacen que el anzuelo del crimen sea más atractivo. Debilita las defensas. Hace que la promesa del dinero fácil suene razonable en lugar de sonar a trampa.

Y contra esa cultura sí podemos hacer algo, todos, desde donde estamos.

Las familias tienen un papel que ninguna política pública puede sustituir. Hablar con los hijos. Conocer a sus amigos. Saber qué consumen en sus pantallas y qué ideas se están formando sobre la vida, el dinero y el éxito. Enseñarles, con el ejemplo más que con el sermón, que lo que vale se construye, que el atajo casi siempre tiene un precio oculto, que la oferta demasiado buena para ser verdad casi nunca es verdad.

La escuela tiene un papel. No solo enseñar matemáticas y español, sino formar criterio. Enseñar a desconfiar de lo que reluce demasiado. A reconocer un engaño antes de caer en él. A entender que la preparación, aunque sea lenta y a veces frustrante, es la única ruta que nadie te puede quitar después.

El Estado tiene el papel más grande de todos: ofrecer oportunidades reales. Porque de nada sirve predicarle a un joven las virtudes del esfuerzo si su realidad no le ofrece ningún camino donde ese esfuerzo rinda frutos. Si estudiar no lleva a ningún lado, si trabajar honestamente no alcanza para vivir con dignidad, si el futuro luce cerrado, entonces el anzuelo del crimen va a seguir encontrando presas por más campañas de prevención que se hagan.

Y la sociedad entera tiene el papel de dejar de aplaudir lo que no debería aplaudirse. De dejar de admirar al que ostenta riqueza inexplicable. De dejar de tratar el dinero fácil como aspiración y empezar a tratarlo como lo que muchas veces es: la punta visible de algo profundamente podrido.

México está perdiendo a sus jóvenes. Los está perdiendo en fosas, en desapariciones, en reclutamientos forzados, en engaños que terminan en tragedia. Y aunque la batalla principal es contra los criminales que los cazan y por un Estado que los proteja, hay una batalla cultural que se libra todos los días en cada casa, en cada escuela, en cada pantalla que un joven mira buscando entender qué clase de vida vale la pena vivir.

Esa batalla la podemos pelear todos. Enseñándoles que lo fácil casi nunca es lo verdadero. Que la vida que vale no se descarga, se construye. Que el atajo más tentador es, demasiadas veces, el camino directo a la desaparición.

Nuestros jóvenes merecen algo mejor que el anzuelo.

Merecen que les enseñemos a no morderlo.

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