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Los invitables

22 de junio de 2026
in Opiniones
Los invitables
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COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM

Francia invitó a Brasil, a India, a Corea del Sur, a Kenia y a Egipto a sentarse en las sesiones de trabajo del G7 en Évian. No como espectadores de cortesía: integrados a la deliberación, en un formato que la propia cancillería francesa describió como sin precedente. Ahí se discutió el reordenamiento del comercio mundial, el acceso a minerales críticos, la seguridad portuaria y el combate al narcotráfico transnacional.

México no estuvo. La undécima economía del planeta, sede del Mundial que en este momento ocupa las pantallas del mundo, vecino territorial de la primera potencia y su socio comercial más integrado, no recibió silla. Kenia sí.

La tentación nacional será leer la omisión como agravio: el desaire francés, una injusticia más del orden internacional contra los que no pertenecen al club. Esa lectura consuela y miente. Conviene una pregunta más dura: ¿qué llevaron a esa mesa los cinco invitados que México no llevó?

No es tamaño. México es economía mayor que cuatro de los cinco. Lo que esos países comparten no es escala. Es función: cada uno ofrece al sistema algo que el sistema necesita y no puede darse a sí mismo.

Brasil llega a cualquier foro con una posición articulada sobre el Sur global: qué quiere, contra qué, a cambio de qué. India no entra por sus mil cuatrocientos millones de habitantes, sino porque cada cumbre la encuentra con una arquitectura de intereses que los demás están obligados a tomar en cuenta. Corea del Sur aporta una doctrina sobre semiconductores y cadenas de suministro que nadie en esa sala puede ignorar.

Y luego están Kenia y Egipto, que son el caso más revelador. Ninguno es potencia económica; ambos son menores que México. No los sentaron por su producto interno bruto. Los sentaron porque convirtieron su geografía en doctrina: Egipto hizo del control de un estrecho una función geopolítica permanente, y Kenia transformó su posición en el Cuerno de África en una oferta de estabilidad regional que el resto del mundo necesita preservar. Tomaron lo que tenían —ubicación— y lo volvieron tesis. Es, exactamente, lo que México no ha hecho con la suya.

Porque ahí está el desplazamiento mexicano, y no es de esta administración ni de la anterior. La voz internacional es un activo, y como todo activo se construye o se atrofia. Se edifica con doctrina sostenida, con cuadros diplomáticos que duran más que un sexenio, con la disciplina de tener una posición y defenderla aunque cueste.

Tenemos la geografía más valiosa del continente —el puente entre las dos Américas, la frontera más transitada del mundo, dos océanos— y la administramos como circunstancia, no como tesis. Egipto hizo de un canal una carta permanente; nosotros hicimos de tres mil kilómetros de frontera una negociación que se reabre cada sexenio.

El detalle más áspero de Évian no es nuestra ausencia. Es que uno de los temas centrales de la cumbre —el narcotráfico, la seguridad portuaria y las rutas del dinero ilícito— se discutió sobre nosotros y sin nosotros. Fuimos materia de la agenda, no autores de ella. Hay un abismo entre estar en la conversación y ser el tema de la conversación, y México lleva años cruzándolo en la dirección equivocada sin registrar el cruce.

Porque la voz no se hereda por producto interno bruto ni por kilómetros de frontera compartida. Kenia no la tiene por grande: la tiene porque decidió convertir su posición en una función que el sistema reconoce. La diferencia entre el país que diseña el orden y el país que lo padece nunca fue de tamaño. Fue de decisión.

Y no construir doctrina también es una decisión: la tomamos cada vez que preferimos negociar nuestro lugar dentro del sistema de otro antes que arriesgar una propuesta sobre el sistema entero.

La silla del G7 no se gana con cifras. Se gana siendo un país que llega con una tesis sobre cómo debería funcionar el mundo. México hace tiempo que no llega con una propuesta propia sobre el orden internacional cuya ausencia modifique la conversación.

Por eso la pregunta de Évian no es por qué no nos invitaron.

Es qué habríamos dicho si lo hubieran hecho.

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