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Los juniors no sirvieron para sostener el negocio

22 de junio de 2026
in Opiniones
Los juniors no sirvieron para sostener el negocio
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COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM

Hay una verdad incómoda que la política mexicana conoce desde siempre y que cada cierto tiempo vuelve a confirmarse con la puntualidad de las estaciones: heredar un imperio no es lo mismo que saber administrarlo. El fundador construye con sacrificio, con calle, con instinto, con años de trabajo que nadie le regaló. El heredero, en cambio, recibe la fortuna ya hecha y muchas veces confunde el apellido con el mérito. Cree que lo que el padre logró con esfuerzo, él lo sostendrá con solo llevar el mismo nombre.

Casi nunca funciona así. Y la historia reciente de Morena lo está demostrando con números que no admiten interpretación piadosa.

Un análisis publicado esta semana por El Universal puso sobre la mesa un dato que debería sacudir las certezas del movimiento que hoy domina la política nacional: bajo la gestión de Andrés Manuel López Beltrán, Andy, al frente de la Secretaría de Organización del partido, Morena cortó su racha ganadora. En las elecciones locales de Durango de 2025, el partido perdió 11.4 por ciento de los votos que había obtenido en su elección anterior. En Coahuila, en 2026, la caída fue todavía más pronunciada: 20.3 por ciento menos votos. Un desplome en dos estados consecutivos bajo la responsabilidad operativa del mismo personaje.

El hijo del fundador. El junior del proyecto. El heredero del apellido más poderoso de la política mexicana actual.

Conviene poner los números en contexto porque el contraste es brutal. En Durango, Morena había crecido. En 2019 obtuvo cierta votación, en 2022 la incrementó hasta alcanzar dos alcaldías. El partido venía en ascenso, ganando terreno, consolidándose en un territorio que históricamente le había sido adverso. Y entonces llegó la gestión de Andy a la organización, y la curva que subía empezó a bajar. En 2025 el partido quedó en cuarto lugar en cuanto a votación en Durango. Cuarto. El movimiento que presumía ser imparable, que se asumía como la fuerza hegemónica del país, terminó relegado en un estado donde apenas años antes celebraba victorias.

En Coahuila la historia es aún más cruda. El Universal la describe como la peor caída. Un estado donde Morena había logrado avances importantes vio cómo su votación se desplomaba 20 por ciento de una elección a otra. El gran ganador de ese retroceso, paradójicamente, fue el viejo dinosaurio que Morena prometió sepultar: el PRI revivió en Coahuila mientras Morena se hundía.

Y todo esto bajo la operación territorial de quien debía garantizar exactamente lo contrario. Porque esa es la función de la Secretaría de Organización: construir estructura, movilizar votos, mantener y expandir el territorio ganado. Es el motor operativo del partido. El que hace que la maquinaria funcione en el terreno, casilla por casilla, municipio por municipio. Y ese motor, en manos del junior, falló en dos entidades seguidas.

El propio Andy lo dijo en una frase que El Universal recogió y que tiene el sabor amargo de las profecías que se cumplen al revés: ya no hay margen de error. Si Morena pierde los municipios, si pierde el Congreso, si pierde las gubernaturas, el camino para ganar el estado se complica. Lo dijo como advertencia para otros. Pero los números lo convirtieron en autodiagnóstico. El margen de error del que hablaba ya se había consumido bajo su propia gestión.

Veintidós meses estuvo al frente de la organización del partido. Veintidós meses en los que, según el análisis, presidió la pérdida de crecimiento en dos estados. No es un tropiezo aislado. Es una tendencia. Y las tendencias, en política como en los negocios, son lo que separa al administrador competente del heredero que vive de las rentas del fundador.

Aquí es donde la metáfora del negocio familiar se vuelve inevitable y reveladora. Morena, vista fríamente, es el emprendimiento político más exitoso de la historia reciente de México. Lo construyó un hombre, López Obrador, a lo largo de décadas, con derrotas, con persistencia, con una capacidad de conexión popular que sus adversarios nunca lograron replicar ni entender. Ese hombre edificó un movimiento que pasó de la marginalidad a la hegemonía absoluta. Construyó el negocio desde abajo, con sus propias manos, con su propio sudor político.

Y como en tantos negocios familiares, llegó el momento de la sucesión. Los hijos del fundador empezaron a ocupar espacios. No por mérito construido en la calle, no por trayectoria propia forjada en la adversidad, sino por algo mucho más antiguo y mucho más conocido en México: por ser hijos de. Por el apellido. Por la herencia.

Y los números dicen lo que la lealtad partidista preferiría callar: los juniors no sirvieron para sostener el negocio. Recibieron una maquinaria afinada, un movimiento en su punto más alto, un capital político que el fundador acumuló durante toda una vida, y bajo su administración la racha ganadora se cortó. El crecimiento se detuvo. La curva empezó a bajar.

Hay una lección en todo esto que trasciende a Morena y que vale para cualquier proyecto político o empresarial que confunde la sangre con el talento. El mérito no se hereda. La capacidad no viene en el ADN. El instinto político que hizo grande al fundador no se transmite automáticamente al hijo por el solo hecho de compartir apellido y apartamento.

Morena prometió ser diferente. Prometió acabar con las dinastías, con el dedazo, con el reparto del poder entre familias. Y sin embargo terminó haciendo lo que todos los proyectos políticos mexicanos terminan haciendo cuando el poder se vuelve costumbre: colocar a los hijos en los lugares de decisión, sin importar si están preparados para sostener lo que el padre construyó.

El PRI lo hizo durante setenta años. Y el PRI, que según el discurso oficial fue derrotado para siempre, está reapareciendo justo en los estados donde Morena retrocede. Como si el dinosaurio estuviera esperando, paciente, a que el heredero del nuevo régimen demostrara que no sabía administrar la herencia.

Los juniors recibieron el negocio en su mejor momento.

Y los números dicen que no supieron sostenerlo.

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