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HASTA SIEMPRE. Juan Carlos Cal y Mayor: la palabra que sobrevive al poder

3 de julio de 2026
in Especial
HASTA SIEMPRE. Juan Carlos Cal y Mayor: la palabra que sobrevive al poder
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Chiapas despide a uno de sus intelectuales más sólidos, promotor cultural incansable y aliado del periodismo. Adversarios, amigos, familia y gobernantes coinciden en una sola voz: difícilmente esta tierra volverá a dar un hombre como él.

Hay muertes que interrumpen una biografía. Y hay muertes que interrumpen a todo un estado. La de Juan Carlos Cal y Mayor Franco pertenece a las segundas.

Se ha ido un hombre bueno. Un hombre de ideas. Un hombre libre. Un hombre cuya congruencia siempre pesó más que cualquier cargo público que llegó a ostentar, y ostentó muchos. Abogado, político, gestor cultural, escritor, servidor público de larga trayectoria: titular de la Secretaría del Humanismo en Chiapas, director general del Coneculta, secretario de Turismo, delegado de PROFECO y de SEMARNAT. La lista de sus responsabilidades impresiona. Pero quienes lo conocieron saben que ninguno de esos títulos alcanza para explicar quién fue.

Porque Juan Carlos no fue solo lo que dice su currículum. Fue mucho más que eso. Fue una manera de estar en el mundo. Una forma de entender la política, la cultura y la amistad que hoy escasea tanto que su ausencia se siente como el fin de una época.

EL HERMANO QUE LA SANGRE NO DIO PERO LA VIDA REGALÓ

Hay personas que llegan a nuestra vida por coincidencia. Otras, por destino. Y unas cuantas, muy pocas, terminan convirtiéndose en familia sin necesidad de compartir la misma sangre. Así era Juan Carlos para muchos de quienes hoy lo lloran.

En esta casa editorial lo llamábamos hermano. Y no era una cortesía. Era la manera en que entendíamos una amistad construida durante años, entre conversaciones interminables, debates apasionados, coincidencias, diferencias y, sobre todo, un respeto mutuo que nunca necesitó explicaciones.

Desde el nacimiento de Diario Ultimátum, hace ya casi una década, Juan Carlos estuvo cerca de esta casa. No como invitado ocasional, sino como uno de los nuestros. Aquí encontró siempre un espacio para escribir, para reflexionar y para ejercer esa libertad de pensamiento que defendía con una convicción admirable. Aquí publicó, aquí discutió, aquí ejerció su derecho sagrado a decir lo que pensaba aunque incomodara.

Amaba la cultura con la misma intensidad con la que amaba a Chiapas. Y esas dos pasiones, en él, eran en realidad una sola.

EL LEGADO QUE NO CABE EN LOS EDIFICIOS

Su paso por el Coneculta dejó una huella que difícilmente podrá repetirse. Decenas de espacios culturales recuperados. Centenares de libros publicados. Festivales, teatros, conciertos y proyectos editoriales que devolvieron identidad a un estado que muchas veces olvida el enorme patrimonio que posee.

Pero quienes tuvimos el privilegio de conocerlo sabemos que su mayor legado nunca estuvo en los edificios, ni en los cargos, ni siquiera en los libros. Estaba en su palabra. En su lealtad. En esa capacidad de decir lo que pensaba, aunque tuviera un costo.

En una época en la que abundan quienes acomodan sus principios al tamaño de la nómina, Juan Carlos prefirió pagar el precio de la congruencia antes que traicionarse a sí mismo. Era un liberal convencido, un defensor de la libertad de expresión, un apasionado de la historia y un creyente absoluto de que las ideas siempre terminan sobreviviendo a quienes intentan censurarlas.

Lo decía con frecuencia: el poder es pasajero; la palabra permanece.

Y tenía razón. Hasta el final tuvo razón.

LAS VOCES QUE HOY LO DESPIDEN

La noticia de su partida sacudió a Chiapas y las condolencias no tardaron en llegar desde todos los rincones de la vida pública del estado, cruzando fronteras partidistas, generaciones y trincheras. Porque Juan Carlos tuvo esa rara virtud de ser respetado incluso por quienes alguna vez fueron sus adversarios.

Pocos testimonios lo ilustran mejor que el de Juan Sabines Guerrero, quien recordó con hidalguía que en 2004 ambos compitieron por la Presidencia Municipal de Tuxtla Gutiérrez. Lo describió como el adversario electoral de mayor altura que tuvo, con quien dio una campaña de propuestas y de respeto, sin guerra sucia, demostrando que la política también puede ejercerse con civilidad. Años después, ese mismo adversario se convirtió en colaborador: Sabines lo invitó a su gobierno como Secretario de Turismo en enero de 2009, cargo desde el cual Juan Carlos contribuyó a que Chiapas viviera una de sus mejores etapas turísticas, con cifras históricas de ocupación hotelera y derrama económica. Su última conversación, apenas hace unos meses, fue sobre el libro que lo tenía entusiasmado: «Yo, Maximiliano. El Sueño del Colibrí». Un hombre de ideas, de cultura y de convicciones hasta el último día, lo describió.

El político Emilio Salazar evocó una larga y siempre incondicional amistad, y lo recordó como un gran amigo, un excelente conversador y, sobre todo, un ser humano excepcional cuya pérdida duele más por lo temprana, por lo joven que se fue.

Desde el ámbito de la comunicación, Juan Carlos Moreno Guillén lo despidió con una frase que resume el sentir colectivo: cuando un amigo se va, se va una parte de la historia de cada uno de nosotros. Y agradeció el buen legado que Juan Carlos deja en esta tierra.

Medios como Minuto Chiapas confirmaron su fallecimiento destacando la amplia trayectoria en la administración pública que marcó distintas áreas del servicio público estatal, mientras instituciones y personas comenzaban a expresar reconocimientos a una vida entregada a Chiapas.

Y su primo César Cancino, quebrado por el dolor, apenas alcanzó las palabras: no tengo palabras, primo. Dios te abrace mucho. Fortaleza para la familia. Descansa en paz.

EL TÍO QUE FUE SEGUNDO PADRE

Pero si hay un testimonio que desnuda el alma del hombre detrás del funcionario, es el de su sobrino Julio, para quien Juan Carlos fue mucho más que un tío: fue un segundo padre, un ídolo, la mayor inspiración de su vida.

Recordó ir de pequeño al cierre de campaña rumbo a la presidencia municipal de Tuxtla, arriba del Jeep, recorriendo las calles y viendo la alegría de la gente, en un día que quedó grabado para siempre en su memoria. Recordó las conversaciones en la palapa, cuando a los dieciocho años le confesó su deseo de dedicarse a la política y Juan Carlos lo escuchó, lo orientó y le compartió experiencias que hoy siguen marcando su camino. Recordó aquellas palabras que quizá para su tío fueron unas más, pero que para él lo significaron todo: «A ti siempre te irá bien, mi querido Julio; tienes eso que hace falta.»

Y contó, con una ternura que parte el corazón, cómo entró a darle de comer a los peces de su tío y, mientras esperaba, se quedó viendo sus libros, imaginando por un momento que Juan Carlos aparecería para platicar, como tantas veces lo hicieron. Nos quedan muchos sueños por cumplir, escribió. Y prometió trabajar cada día para convertirse en el hombre que su tío siempre creyó que podía ser, para que dondequiera que esté, se sienta orgulloso.

Ese es el hombre que Chiapas perdió. No solo el gestor de instituciones ni el ocupante de cargos, sino el que sembraba en los jóvenes la pasión por las ideas, el que abría puertas, el que preparaba para la vida a quienes venían detrás.

LO QUE QUEDA CUANDO EL SILENCIO DUELE

Hoy el silencio duele. Duele imaginar que ya no leeremos otra de sus columnas, que no volveremos a discutir con él sobre política, historia o literatura, que no volverá a sorprendernos con esa inteligencia aguda y ese fino sentido del humor que lo acompañó hasta donde la vida se lo permitió.

Pero también queda el privilegio de haber coincidido con él. Porque Juan Carlos no pasó por este mundo únicamente ocupando cargos. Pasó sembrando ideas. Construyendo instituciones. Abriendo puertas para escritores, artistas y periodistas. Defendiendo la libertad cuando hacerlo no siempre era cómodo. Y siendo un amigo extraordinario.

Hoy Chiapas pierde a uno de sus intelectuales más sólidos. La cultura pierde a uno de sus grandes promotores. El periodismo pierde a uno de sus mejores aliados. Y muchos, demasiados, perdemos a un hermano.

A su esposa Alejandra; a sus hijos Juan Carlos, Esteban y Alejandra; a sus hermanos Raquel, Esther e Irám; a su sobrino Julio y a toda la familia Cal y Mayor Franco, esta casa editorial abraza su dolor y lo hace suyo.

Gracias, Juan Carlos, por cada conversación. Gracias por cada enseñanza. Gracias por creer siempre en la fuerza de las ideas.

Tu voz dejará de escucharse, pero tus palabras seguirán acompañándonos mientras exista alguien dispuesto a defender la libertad, la cultura y la dignidad con la misma pasión con la que tú lo hiciste.

Descansa en paz, hermano.

Hasta siempre, Juan Carlos Cal y Mayor Franco.

Chiapas difícilmente volverá a parir a un hombre como tú.

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