FILIPICAS/Paco Ramírez
Conocí a Juan Carlos alrededor de 1990, años después de la fundación de El Observador, posteriormente empezó a escribir con esa voz que lo caracterizó siempre: crítica, culta, sin miedo a incomodar.
Con el tiempo, la mayoría de los periódicos que circulan en Tuxtla le abrieron las puertas a sus escritos, entre ellos Ultimátum, bajo la casa editorial que encabeza Amet. Samayoa; hoy sus hijas, Jassia y Marya Samayoa Domínguez, lamentan también el deceso de quien fue su colaborador y amigo. Desde entonces y hasta hace apenas unos meses, cuando tuve la fortuna de platicar con él por última vez, construimos una amistad que resistió el paso del tiempo y las trincheras distintas desde las que cada uno ejerció el oficio.
Coincidimos muchas veces en temas de política, en la discusión sobre qué le hacía falta a la sociedad chiapaneca, y en esa manera suya —siempre crítica— de mirar el poder sin concesiones.
Su trayectoria es la de un hombre que no se conformó con una sola forma de servir a Chiapas. Egresado de la Universidad de Guadalajara, emergió con ímpetu en la política local desde 1995, cuando organizó con su agrupación Fuerza Cívica el primer debate electoral entre candidatos a la alcaldía de Tuxtla.
Fue diputado local por el PAN, aspiró siempre a la Presidencia Municipal de Tuxtla Gutiérrez, y sirvió como funcionario estatal tanto en el gobierno de Juan Sabines como en el de Manuel Velasco, donde ocupó la Secretaría de Turismo y la dirección de Coneculta. Fue columnista y director de A Estribor y, Yo Maximiliano.
Pero reducirlo a cargos y títulos sería no entenderlo. Juan Carlos fue, sobre todo, un hombre de convicciones que sostuvo con inteligencia y con valentía, incluso cuando eso significaba nadar contracorriente.
Sus escritos, siempre críticos, nunca buscaron la comodidad del elogio fácil; buscaron decir lo que pensaba que Chiapas necesitaba escuchar. Ahí radica, creo, la admiración que tantos colegas del gremio periodístico le tuvimos: escribía con la misma congruencia con la que vivía.
Hoy, mientras el gremio y sus amigos lo despedimos, quiero dejar constancia de algo que trasciende la biografía pública: la solidaridad que Juan Carlos supo tejer con quienes compartíamos el oficio, y el afecto genuino que sembró en quienes tuvimos el privilegio de llamarlo amigo.
Chiapas pierde a un analista político respetado. Yo pierdo a un amigo de causas, de sobremesas y de coincidencias sobre lo que este estado merece.
Vaya también un abrazo solidario, sentido y sincero para Alejandra Selvas y sus hijos, y para todos sus seres queridos, en estos momentos de profundo dolor.
Vuela alto, Juan Carlos. Tu voz —crítica, lúcida y siempre propia— seguirá acompañándonos.
