SIN CONSENTIMIENTO /MARÍA JOSÉ SÁNCHEZ RUIZ/ULTIMÁTUM
Conocí personalmente a Juan Carlos Cal y Mayor en 2011, aunque sabía de él desde mucho antes porque en mi familia es alguien conocido y apreciado. Recuerdo con nitidez aquel primer encuentro en el pasillo de un supermercado; él conversaba con mi mamá cuando, de manera natural, la charla derivó hacia mi interés por la historia del arte. En esos años, Twitter era el espacio donde muchos encontrábamos un lugar para compartir ideas; yo dedicaba sus escasos 140 caracteres a contar pequeñas historias detrás de grandes obras de arte. Se lo comenté y, sin decir mucho más, sacó su teléfono y comenzó a seguirme.
A partir de entonces, durante años leyó e interactuó con aquel ejercicio de divulgación. Siempre se maravillaba con las historias que una pintura, una escultura o un artista podían esconder, pero, sobre todo, vio en mí una vocación para escribir y una pasión por el arte que desbordaba la pantalla, algo que yo era incapaz de advertir.
Insistió muchas veces en que aquellos textos merecían una vida más larga que la fugacidad de un tuit y yo encontraba siempre un nuevo pretexto para negarme. Hasta que, en 2019, me dijo: “Escribe un ensayo y me lo mandas; sólo como ejercicio”, lo hice, y al día siguiente descubrí que aquel supuesto ejercicio había dejado de ser privado, ya que, sin previo aviso, Juan Carlos lo había publicado en estas páginas de Diario Ultimátum bajo el título Sin Consentimiento, nombre que él eligió porque había lanzado mi primer texto así, literalmente, sin mi consentimiento.
Confieso que, en ese momento, me sentí muy expuesta, dudaba de mí, de mi capacidad para escribir e incluso de los conocimientos que había cultivado durante años. Juan Carlos, en cambio, nunca dudó. Me alentó cuando vacilaba y, con la discreta firmeza de quien sabe reconocer un destino antes que su protagonista, me comprometió a enviarle una colaboración cada semana.
Así nació Sin Consentimiento, este espacio que existe gracias a la mirada de Juan Carlos y al cobijo de Diario Ultimátum; un lugar que me ha regalado aprendizajes, satisfacciones y oportunidades que jamás imaginé cuando escribía aquellas primeras líneas más por compromiso que por convicción.
Estoy segura de que esta historia es apenas una entre mil. Muchas personas que tuvieron la fortuna de cruzarse con Juan Carlos Cal y Mayor guardan una anécdota semejante, la de un hombre capaz de descubrir posibilidades donde otros apenas veíamos dudas; alguien que entendía que el talento también necesita ser visto para florecer.
Hay personas que parten, pero permanecen habitando aquello que ayudaron a construir. Juan Carlos seguirá presente en la memoria de quienes lo quisimos, en las conversaciones que sembró, en las vocaciones que impulsó y, por supuesto, en cada palabra de Sin Consentimiento, este espacio que él imaginó antes que yo.
