COLABORACIÓN INVITADA/SR. SMITH/ULTIMÁTUM
Hay historias que emocionan por lo que consiguen, pero también entristecen por lo que revelan. La irrupción de Gilberto Mora en el futbol mexicano debería ser motivo de orgullo para Chiapas. Lo es. Sin embargo, detrás de su éxito hay una realidad que el estado arrastra desde hace décadas: para triunfar, muchos de nuestros mejores talentos han tenido que irse.
Gil Mora nació en Tuxtla Gutiérrez en 2008. Sus primeras patadas al balón las dio en las canchas donde se formaban las fuerzas básicas de los Jaguares de Chiapas, bajo la mirada de su padre, también futbolista. Ahí comenzó un camino que pronto dejó de caber en los límites del estado.
Como tantos otros jóvenes con condiciones extraordinarias, tuvo que emigrar. Baja California le abrió las puertas de Xolos de Tijuana. Ahí terminó de formarse, debutó en Primera División y hoy, con apenas 17 años, ya hizo historia al convertirse en el jugador más joven en debutar oficialmente con la Selección Mexicana. Su nombre ya recorre el mundo mientras Chiapas observa con orgullo… pero también con la inevitable sensación de que ese talento terminó floreciendo lejos de casa.
NO ES UN CASO AISLADO
Chiapas conoce demasiado bien el fenómeno de la fuga de talentos. Mucho antes de que existieran universidades públicas suficientes, generaciones completas debieron abandonar su tierra simplemente para poder estudiar. Muchos nunca regresaron.
Ahí están nombres que forman parte de nuestra historia cultural.
Enoch Cancino Casahonda encontró fuera del estado espacios para desarrollar una obra que hoy pertenece al patrimonio literario de México. Eraclio Zepeda también construyó buena parte de su trayectoria lejos de Chiapas, llevando consigo el lenguaje, las historias y la identidad de esta tierra. Podrían mencionarse decenas de investigadores, médicos, científicos, artistas, deportistas y profesionistas que tuvieron que buscar oportunidades donde aquí simplemente no existían.
La fundación de la Universidad Autónoma de Chiapas representó un enorme paso para contener esa sangría intelectual. Después vinieron nuevas instituciones públicas y privadas que ampliaron las posibilidades de formación profesional. Sin embargo, el problema nunca desapareció del todo.
Porque una cosa es formar talento y otra muy distinta ofrecerle condiciones para desarrollarse.
Gil Mora es precisamente el ejemplo más reciente.
Su historia confirma que en Chiapas sí nacen futbolistas capaces de competir con cualquiera. Lo que muchas veces no existe es el ecosistema para retenerlos.
No hay clubes de Primera División. No existe una estructura deportiva suficientemente sólida que permita a los jóvenes crecer hasta el máximo nivel sin abandonar su estado. La desaparición de Jaguares dejó un vacío que todavía pesa en miles de niños que sueñan con convertirse algún día en profesionales.
LO MISMO OCURRE EN OTROS ÁMBITOS
Muchos jóvenes brillantes concluyen aquí sus estudios universitarios para después emigrar a Monterrey, Guadalajara, Ciudad de México o incluso al extranjero porque allá encuentran laboratorios, centros de investigación, industrias, empresas tecnológicas, hospitales de alta especialidad o mercados laborales que aquí todavía son insuficientes.
La consecuencia es silenciosa, pero profunda.
Chiapas invierte en formar personas que terminan generando riqueza, innovación y desarrollo… en otros lugares.
Y no se trata de impedir que la gente viaje.
Migrar siempre será parte natural del crecimiento profesional. El problema aparece cuando alguien se marcha porque no tiene otra opción.
Un estado verdaderamente competitivo no presume únicamente a quienes nacen en él. Presume, sobre todo, a quienes pueden quedarse porque encuentran oportunidades suficientes para construir aquí su futuro.
Por eso el caso de Gil Mora debería provocar una reflexión mucho más amplia que la celebración de un gol o de un récord.
Debe llevarnos a preguntarnos cuántos Gil Mora existen hoy jugando en una cancha de tierra de cualquier municipio chiapaneco. Cuántas futuras científicas estudian en una telesecundaria rural. Cuántos escritores, músicos, médicos o ingenieros esperan únicamente una oportunidad para demostrar de qué son capaces.
El talento nunca ha sido el problema de Chiapas.
Lo que históricamente ha faltado son las condiciones para convertir ese talento en desarrollo.
Celebramos que Gil Mora represente hoy a México y que lleve con orgullo el nombre de Tuxtla Gutiérrez. Pero sería aún más emocionante que las próximas generaciones no tuvieran que despedirse de su tierra para alcanzar sus sueños.
Porque el mayor triunfo de Chiapas no será producir talentos extraordinarios.
Será lograr que algún día puedan triunfar sin tener que hacer las maletas.
