JOSÉ ANTONIO MOLINA FARRO/ULTIMÁTUM
A mi hermano del alma Juan Carlos Cal Y Mayor, faro de luz intelectual y moral. Compañero de vida y de ideales. Gracias por enseñarme que la muerte no rompe los lazos que forja el alma. Tu luz no se apagó, solo cambió de lugar. Seguimos caminando juntos hermano. Mucha vida queda en tu muerte.
Decía Gonnard, sabio historiador de las tesis económicas que numerosos y graves errores que han dañado el bienestar material de los pueblos se habrían podido evitar, si los estadistas encargados de conducirlos hubieran sabido los resultados negativos de una política similar en el pasado.
Escribo sobre el indio sin omitir el lado oscuro: la execrable violación de los derechos humanos, principalmente en niñas, adolescentes, mujeres y discapacitados. Dicho esto, paso al lado luminoso.
Sin suscribir los alegatos insinceros, por apasionados e injustos de quienes fingen ignorar los espléndidos tesoros de civilización que las huestes españolas nos trajeron, envueltos en los pliegues del más suntuoso idioma de la modernidad, no es posible desconocer que el progreso que nos enorgullece es en gran medida obra del indio. Nuestra cultura, en sus más hermosas y fecundas realizaciones ha podido florecer, también en gran medida, por la raza indígena. Sin la abnegación y aportes de ésta, mucho de lo que hoy tenemos no existiría. Silenciosa y paciente, ha sido artífice de adelanto que, hecho claridad en sus manos morenas, iluminó muchas veces las mansiones del egoísmo y de la codicia, dejándola sumergida en tinieblas dantescas.
Ciudades, caminos, vergeles, riquezas, han surgido al conjuro de su esfuerzo. A su generosidad debemos el pan, la fruta, las flores. Y en el campo levanta el himno majestuoso del trabajo, guiada por ese hondo sentido del porvenir que Maeterlinck descubrió en la abeja, que no es sino “el sacrificio de la generación presente a la generación futura, el amor de la raza de hoy por la raza de mañana”.
Su contribución a la prosperidad del país en el comercio, la ciencia, la política, en los negocios, es incalculable, aquí y en otros países, – aunque muchas de esas contribuciones son desconocidas-. Es suficiente revistar esas actividades y disciplinas para concluir que personalidades de gran relieve y dejaron un surco luminoso y perdurable, brotaron de su seno. Sus nombres constelan nuestros patrios anales, cegando con su resplandor a quienes hablan de supuestas inferioridades raciales.
Y si al indio le somos irremisiblemente deudores, también es paradigma de virtudes y excelencias que nos obligan a levantar los ojos a su fidelidad, su bravura, su hidalguía, su austeridad, que brillarán siempre por encima de las concupiscencias como un rayo de sol sobre un pantano.
Es apacible por idiosincrasia, cuando no se le imponen obligaciones impuestas que choquen violentamente con sus costumbres. Esta misma mansedumbre, que utilizada con honradez y altura de miras, sería fuente inextinguible de fraternidad y prenda de calma bienhechora y magnífica, ha dado margen a que en determinados momentos sombríos, hombres sin escrúpulos los evoquen discursivamente y utilicen para consolidar una autocracia a la que sirva de pedestal su actitud mansa y resignada.
Otro de sus rasgos más notables es su prodigioso talento y habilidad para las creaciones artísticas, que se evidencia en la gracia humilde con que las aldeanas decoran sus vestidos, y llegan a la suntuosidad pintoresca, como sucede en Chiapas y el Istmo de Tehuantepec; en sus variadas y polícromas joyas de cerámica que día a día adquieren líneas más puras y tonalidades más atrayentes, concentrando unánime admiración; en los edredones que brotan de sus telares y a la manera de tibios y mullidos mantos orientales; en sus múltiples y caprichosos objetos tejidos con palma; en su música dolorida y plañidera que parece formada con arrullos y suspiros, y habla de la tristeza callada de sus valles y de la majestad altiva de sus serranías, de la opulencia fragante de sus jardines y de la hermosura recatada de sus mujeres.
El indio también ostenta en grado máximo la virtud redentora del valor. En las guerras civiles que han empurpurado nuestros campos; y en las épicas luchas contra las legiones extranjeras que en tiempos asaltaron el territorio nacional, ha sabido demostrar desprecio a los peligros y a la muerte; y sufriendo desnudeces y privaciones, y soportando sed y fatigas, y careciendo de municiones y a veces aún de jefes, ha ido a los más cruentos sacrificios en defensa de un principio o de un ideal, a semejanza del Gravoche, inmortalizado por el genio inmenso de Hugo, de aquel semidesnudo pilluelo de los barrios bajos de París que cantaba y reía bajo el fuego de las barricadas, porque mientras sus pies descalzos se hundían bajo el fango del arroyo, en su alma penetraba un resplandor de estrellas. Después de algún tiempo de agitarnos en las ambiciones, las pequeñeces y las miserias capitalinas, hay que ir a convivir con los indios y abrevar en su lado más luminoso: la entereza, la lealtad y la creatividad.
Creo un deber ético el no mitificar ni mistificar. Guardar equidistancia de los extremos, por lo cual no puedo dejar de mencionar a Lázaro Cárdenas del Río: “No se trata de indianizar a México sino de mexicanizar al indio”.
P.D. “No fue triunfo ni derrota. Fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy”. Jaime Torres Bodet. Plaza de las Tres Culturas. Tlatelolco.
