SIN CONSENTIMIENTO/María José Sánchez Ruiz
Cuando un país sabe que será observado por millones de personas, cada decisión importa. Desde la música que elige para una ceremonia hasta la camiseta que portarán sus futbolistas durante una Copa del Mundo, todo representa una poderosa oportunidad para decidir qué queremos contar como nación.
Durante años pensamos que las camisetas de futbol servían únicamente para distinguir a un equipo de otro mediante sus colores patrios. Sin embargo, en el Mundial de 2026 varias selecciones decidieron convertir esa tela en algo más que una prenda deportiva. La transformaron en un pequeño lienzo nacional, una superficie donde caben la pintura, la literatura y los símbolos que un país considera dignos de mostrar al mundo.
Bélgica sorprendió al mirar hacia René Magritte, uno de los artistas más importantes de su historia, alguien que entendió como pocos el poder de las imágenes para confundir al ojo y provocar al pensamiento. Su camiseta utiliza una armoniosa paleta en tonos celeste y rosa, integrada por formas circulares que evocan el universo del pintor surrealista. El guiño más evidente aparece en el cuello, donde puede leerse Ceci n’est pas un maillot. La referencia remite de forma directa a La traición de las imágenes, la célebre obra en la que Magritte escribió “Esto no es una pipa” debajo del dibujo de una pipa, obligándonos a distinguir entre el objeto y su representación. La selección belga retoma ese principio para decirnos que eso no es una camiseta, o al menos no solamente una camiseta, sino también una ventana hacia la herencia artística de un país. Es un guiño culto, una declaración surrealista y una manera de llevar el museo hasta la cancha.
España, por su parte, eligió un camino menos evidente, aunque profundamente elocuente. Su camiseta alternativa para el Mundial de 2026 encuentra inspiración en los manuscritos y libros del Siglo de Oro. Cada detalle busca rendir homenaje a la literatura, una de las mayores riquezas culturales del país. El diseño apuesta por un tono marfil que recuerda el color de las páginas envejecidas de los libros y, sobre esa base, aparecen sutiles patrones en color pirita inspirados en los grafismos y ornamentaciones presentes en antiguos manuscritos españoles. Las mangas y el cuello, en tono burdeos y dorado, evocan las cubiertas y decoraciones de obras de autores como Cervantes, Lope de Vega, Quevedo o Góngora, reproduciendo el lenguaje visual de los volúmenes que ayudaron a construir una de las tradiciones literarias más influyentes del mundo hispano. Incluso la palabra “España”, estampada en la parte posterior del cuello, adquiere un significado especial al destacar la letra Ñ, un carácter exclusivo del idioma español que funciona como emblema de una lengua compartida hoy por millones de personas.
Colombia recurrió a una imagen que hace mucho dejó de pertenecer únicamente a la literatura. Sobre su camiseta aparecen mariposas amarillas, las mismas que Gabriel García Márquez convirtió en uno de los símbolos más reconocibles de Cien años de soledad. Pocas imágenes literarias han logrado escapar con tanta naturalidad de las páginas de una novela para instalarse en la memoria sentimental de un país entero. Las mariposas son también una forma de nombrar a Colombia, de evocar el realismo mágico y de recordar que existen ficciones tan poderosas que terminan por convertirse en recuerdos colectivos.
Nuestro país decidió mirar todavía más atrás. El uniforme de la selección mexicana recupera motivos inspirados en la Piedra del Sol, uno de los símbolos más reconocibles del mundo mexica. En una época dominada por fotografías instantáneas, tendencias e imágenes producidas en cuestión de segundos, regresar a una piedra tallada hace siglos posee una fuerza particular. La camiseta mexicana recuerda que la identidad también consiste en reconocer aquello que ha permanecido, silencioso y monumental, esperando ser visto otra vez.
Los uniformes de esta Copa del Mundo cobran una relevancia especial porque en ellos convergen preguntas que pertenecen al arte, a la historia y a la memoria cultural. ¿Qué símbolo representa mejor a un país?, ¿qué imagen puede resumir una tradición?, ¿qué fragmento de nuestro pasado elegimos llevar al escenario más visible del presente?
Mientras el balón rueda, lo acompañan el arte, la literatura, la historia y un sinfín de símbolos que representan a cada nación. Tal vez esa sea una de las enseñanzas más inesperadas del futbol. Durante noventa minutos, millones de personas miran una cancha creyendo que sólo observan un partido, pero sobre el pecho de los jugadores también viajan las historias con las que cada país ha decidido contarse al mundo. Entonces el museo deja de esperar, los libros abandonan los estantes y ambos salen a jugar.
