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El brazo que sostiene la mesa

10 de julio de 2026
in Opiniones
El brazo que sostiene la mesa
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COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM

José Luis y yo exportamos papaya hace algunos años. La cruzábamos generalmente por el puente de Pharr, la báscula la pesaba, la aduana la sellaba, y del otro lado alguien la ponía en un anaquel de Chicago. Uno cree que un negocio así se recuerda por las ganancias. Se recuerda por la temperatura y la madurez. Por la hora en que la fruta dejaba de ser nuestra y empezaba a ser de ellos, y por la sensación rara de que una línea en el mapa decidía eso. Ese negocio se detuvo. No por falta de fruta ni de ganas, sino por esa suma de fricciones que uno aprende a llamar contexto cuando ya no quiere explicarlas. Hoy queremos reiniciar. Y en las sobremesas donde planeamos volver, mi primo hace lo que mejor le sale, que es contradecirme.

Discutimos migración la última vez. Él por un lado, yo por otro, como siempre. La diferencia es que esa noche no discutíamos ideas. Discutíamos con la lista de fletes sobre la mesa, con los números de nuestra propia papaya enfriándose entre los vasos. Terminamos, como pocas veces, contando.

El dato que nos detuvo fue este. La agricultura de California vale sesenta y siete mil millones de dólares al año. La de Texas, treinta y ocho mil millones. Juntas, más de cien mil millones. Es más, de la mitad de todo lo que México produce en un año en cualquier sector. Y esa cosecha no se levanta sola. La levantan manos que en su mayoría cruzaron la misma línea que a nosotros nos complica una caja de papaya. Tres de cada cuatro trabajadores del campo californiano son inmigrantes, y una parte alta no tiene papeles en regla. La fruta que llega al anaquel llegó porque alguien sin permiso la cortó. Ese es el corredor de verdad, no el de los discursos. Un solo sistema económico partido por una aduana que finge que son dos.

Mi socio soltó su objeción de siempre. Que el dato prueba dependencia, no virtud. Que un país puede necesitar un brazo y despreciar al hombre pegado a ese brazo. Que la fruta cruce no significa que el hombre que la cortó importe. Tiene razón, y ahí está lo incómodo. Contra su costumbre, no le discutí de golpe. Le puse otro número encima.

Porque hay otro número. Los inmigrantes indocumentados pagaron casi noventa y siete mil millones de dólares en impuestos en un solo año. Alrededor del veintiséis por ciento de su ingreso, la misma proporción que paga el contribuyente promedio de aquel país. No es la caricatura del que llega a vivir de la ayuda. Es lo contrario. Y el detalle que le costó rebatir es este. Más de un tercio de ese dinero financia el Seguro Social y el Medicare, programas de los que están excluidos por ley. Sostienen con su cheque una jubilación que nunca cobrarán y una salud que no podrán usar. Ponen dinero en una mesa donde no los dejan sentarse. Levantan la cosecha y pagan el retiro del que los desprecia, y lo hacen en silencio, porque protestar cuesta la deportación.

Conviene ser honesto con la cifra, que es lo que él exige cuando huele triunfalismo. Ese impuesto sube sobre todo al nivel federal, mientras el costo de una urgencia médica o una banca escolar recae sobre el condado y el estado. Quien defiende cerrar la frontera no miente cuando habla de ese peso local. Miente cuando finge que solo existe ese lado de la cuenta. El saldo agregado, medido por quien lo mida, sale a favor de las arcas que reciben. El brazo cuesta menos de lo que produce. Siempre. Lo demás es aritmética conveniente, la que suma los costos y esconde los ingresos.

Y ahí, a media sobremesa, cayó la pregunta que reordenó todo lo anterior. No la que se hace de este lado, la de siempre, qué ganamos nosotros yéndonos, cuánto mandan de remesas, cuánto duele la partida. La otra. La que casi nadie hace en voz alta porque incomoda al que la debe responder.

¿Para qué nos quiere Estados Unidos?

No es caridad, eso ya lo sabíamos. No es invasión, eso lo dice quien necesita un enemigo para ganar una elección. Es necesidad. Nos quiere para levantar una cosecha que su gente ya no levanta. Para pagar el retiro de sus viejos con el cheque de nuestros jóvenes. Para tapar un hueco demográfico que su propio país abrió y no sabe cerrar. Nos quiere del modo en que se quiere una herramienta, útil mientras corta, invisible cuando el discurso electoral necesita un culpable a la mano. Nos construye el muro y nos deja la escalera escondida, porque sin la escalera no hay quien coseche.

La pregunta tiene dos filos y no pienso limar ninguno. Leída de un modo, dignifica. No cruzamos a pedir, cruzamos porque hacemos falta, y el dato lo prueba con una frialdad que ningún activista mejora. Leída del otro, denuncia. Nos quieren como brazo, no como gente. Nos quieren para la temporada y nos olvidan en la veda. Las dos cosas son ciertas al mismo tiempo, y quien pretenda que solo una lo es, está vendiendo algo. Casi siempre está pidiendo un voto.

Mi primo y yo entendemos ese «para qué nos quiere» mejor que muchos, porque a nosotros también nos quiere. Nos quiere la fruta. Nos quiere el anaquel de Chicago que esperaba nuestra papaya. La misma frontera que sostiene su cosecha de cien mil millones es la que nos frena a nosotros una caja. El mecanismo que necesita nuestro brazo es el que nos revisa dos veces el sello. Nos abre la puerta para lo que le sirve y nos la cierra para lo que le estorba, y decide él cuál es cuál. Lo grande y lo chico riman con una exactitud que da risa, si uno tiene ganas de reír.

No terminamos de acuerdo. Nunca terminamos de acuerdo, para eso está. Él sigue viendo una relación que usa y descarta, un país que nos necesita y no nos nombra. Yo sigo viendo una necesidad que, bien leída, es una carta que no hemos jugado, una palanca que confundimos con una herida. Los dos tenemos razón, que es la peor forma de terminar una discusión y la única honesta.

Lo que sí acordamos fue volver a intentar la papaya. Cerrar el trato, buscar el flete, pesar la primera caja de vuelta. Sabemos lo que se siente ver la fruta cruzar, y hace años que no lo sentimos. Entendemos el mecanismo mejor que quien lo legisla desde una curul, porque nosotros lo pagamos en fletes y no en discursos. Y aun así, hoy, nuestra papaya no cruza.

Habrá que preguntarse para qué nos quieren. Y si la respuesta es la que sospecho, habrá que preguntarse por qué seguimos esperando permiso.

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El autor es Consultor Estratégico, ConsejeroEmpresarial Independiente y autor de _Arquitectura o Inercia_

ncorzo@gmail.com 

@NizalebCorzo

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