COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM
Hace unos días un cliente me explicaba, con más resignación que alarma, por qué sus ventas venían bajando. No era un mal mes. Era algo más difuso y más preocupante. Sus propios clientes le pagaban cada vez más tarde, la cobranza que antes cerraba en treinta días ahora se estiraba a sesenta o noventa, y él, para no frenar la operación, empezaba a recurrir al crédito para tapar el hueco. Me lo contaba como quien describe el clima, sin darse cuenta de que estaba describiendo a todo el país.
Porque lo que ese empresario vive en su caja es exactamente lo que dicen los números que casi nadie voltea a ver. Mientras celebramos que el peso se apreció y que la bolsa cierra al alza, la economía real cuenta otra historia. La actividad industrial cayó en mayo más de lo previsto, con deterioro en todos sus componentes. El crecimiento proyectado para el año apenas roza el uno por ciento. Y el dato que lo resume todo, la cartera vencida de tarjetas de crédito creció casi cincuenta por ciento en un año.
Ese último número merece que nos detengamos, porque es el más humano de todos. La tarjeta de crédito es el último recurso del hogar, el instrumento que se usa cuando el ingreso ya no alcanza para el gasto de siempre. Que el impago en tarjetas crezca a ese ritmo no significa que la gente gaste más. Significa que la gente ya no puede pagar lo que gastó. Es el sonido de un presupuesto familiar que se rompe en cámara lenta, multiplicado por millones de hogares que llegaron al límite y siguieron un mes más a base de plástico.
Conviene entender la cadena completa, porque no es una anécdota de un empresario ni una estadística suelta de la banca. Es un mecanismo, y opera en todos los niveles al mismo tiempo. El hogar cuyo ingreso se comprime recurre a la tarjeta para sostener el gasto corriente. Cuando la tarjeta llega al tope, ese hogar consume menos, y consume distinto, prefiere lo esencial y desaparece lo discrecional. Ese consumo que se apaga es la venta que le baja al comercio. El comercio que vende menos le paga más tarde a su proveedor. El proveedor que cobra tarde recurre él mismo al crédito para no frenar su operación. Y así, el mismo estrés que empezó en la tarjeta de una familia termina, tres eslabones después, en la línea de crédito de una empresa mediana. Todos le deben a todos, y el dinero, que es la sangre del sistema, circula cada vez más despacio.
Los números confirman que no es percepción. La cartera vencida del sector industrial creció más de un veintiocho por ciento en un año, mientras el crédito total que la banca le presta a ese mismo sector se redujo. Es la peor combinación posible. Las empresas deben más y reciben menos. El crédito, que debería ser la palanca que permite a un negocio comprar maquinaria, ampliar su planta o contratar gente, se convirtió en un parche de supervivencia para llegar a fin de mes. Cuando el financiamiento deja de servir para crecer y solo sirve para no caerse, la economía no se está expandiendo, se está administrando la caída.
Aquí es donde el dato macro y el caso de mi cliente se vuelven la misma cosa, vista a distintas alturas. El empresario que cobra más tarde, la familia que difiere el pago de la tarjeta, la industria que se contrae y pide menos crédito, no son tres problemas distintos que coincidieron en el tiempo. Son un solo fenómeno, el de una economía que perdió holgura. Y la holgura es justamente lo que permite a un sistema absorber un golpe sin romperse. Un hogar con ahorro aguanta un mes malo. Una empresa con margen soporta un cliente que se atrasa. Un país con holgura resiste una desaceleración sin que cada eslabón le transmita la presión al siguiente. Lo que estos números dibujan es un país que se quedó sin ese colchón, donde cada quien ya está operando al límite y por lo tanto cualquier golpe se propaga completo por toda la cadena.
Ese es el indicador que de verdad importa y que ningún tablero oficial celebra. No es el tipo de cambio del día, ni el cierre de la bolsa, ni la cifra de exportaciones que suena bien en un comunicado. Es la resiliencia real de la economía, entendida como su capacidad de encajar un mal trimestre sin que el impago de una familia termine convertido en el despido de un trabajador tres empresas más allá. Esa capacidad, hoy, se está adelgazando. Y no se ve en los indicadores que dominan la conversación, precisamente porque esos indicadores miden el clima del día y no la solidez de los cimientos.
Lo más preocupante no es ningún dato en particular. Es que empezamos a normalizarlos. A contar la cobranza estirada, la tarjeta al tope y la venta que no llega como quien cuenta el clima, algo que simplemente pasa y ante lo cual no hay nada que hacer. Pero no es el clima. Es una señal, y las señales que se normalizan son exactamente las que después nadie vio venir, porque dejamos de registrarlas como advertencia y las archivamos como paisaje.
El país no está quebrado. Conviene decirlo con claridad para no caer en el alarmismo que tanto abunda. La banca es sólida, el sistema financiero aguanta, y el índice de morosidad general todavía se mueve en niveles manejables. Pero la dirección importa más que el nivel, y la dirección es inequívoca. Nos estamos quedando sin margen, un hogar y una empresa a la vez. Y un país sin margen no se cae de golpe. Se va quedando sin aire despacio, en una serie de meses regulares que nadie celebra ni lamenta, hasta que un golpe cualquiera, de los que antes se absorbían sin drama, encuentra a todos los eslabones al límite y ya no hay dónde amortiguarlo.
Por eso el verdadero indicador de salud no es cuánto vale el peso esta mañana. Es cuántos días tarda un empresario mexicano en cobrar lo que ya vendió. Ese número, hoy, está subiendo. Y ningún peso fuerte lo compensa.
