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Los vendedores del laberinto

16 de julio de 2026
in Opiniones
Los vendedores del laberinto
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COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO

Nadie voló el perímetro. Alguien lo movió. Y alrededor del nuevo mapa floreció una economía completa dedicada a explicarlo.

Es la parte que se omite cada vez que se declara el fin del orden internacional, la crisis del multilateralismo o la era de la impunidad. La declaración tiene la ventaja de no acusar a nadie. El tablero creció más allá de sus sesenta y cuatro casillas, las piezas se mueven violentando reglas que ya no se invocan, no quedan jueces, y el resultado se presenta como una desgracia meteorológica. Llegó el desorden. Como llega el granizo.

El desorden no llega. Se produce, se administra y se cobra. Y quiero empezar por el cobro, porque es donde tengo que declarar mi conflicto de interés. Yo vivo de esto.

El gremio al que pertenezco —consultores estratégicos, litigantes internacionales, arbitrajistas, especialistas en riesgo político, asesores de cumplimiento, gestores de permisos— existe en proporción directa a la ilegibilidad del entorno. Un tablero de ocho por ocho, con reglas escritas y un juez presente, no necesita intérpretes. Cualquiera puede leerlo. En un tablero sin bordes, en cambio, la lectura es un servicio profesional, y se factura por hora.

Somos los vendedores del laberinto. Vivimos de ayudar a otros a encontrar la salida, pero nuestro mercado existe porque el laberinto sigue ahí. Históricamente, quienes dibujaron los mapas nunca fueron completamente neutrales respecto de la existencia del territorio inexplorado.

Conviene recordar de dónde salimos, porque el gremio no siempre existió con esta escala y su crecimiento no fue espontáneo. Hace treinta o cuarenta años, buena parte de lo que hoy hacemos lo hacía el Estado por dentro. No siempre bien, y ese es un punto que no pienso esquivar: había ineficiencia, había captura, había cuadros técnicos protegidos por la inamovilidad más que por la competencia. Pero existían. Existía una tecnocracia con memoria institucional, con capacidad de evaluar un proyecto sin subcontratar el criterio, con gente que llevaba veinte años en un sector y sabía dónde estaban enterrados los cuerpos porque había ayudado a enterrarlos.

Esa capacidad se vació. No de golpe ni por un solo gobierno —el vaciamiento es el único proyecto verdaderamente transexenal que ha tenido este país—, sino por goteo. Recortes presupuestales presentados como austeridad. Salarios que dejaron de competir con el sector privado y luego dejaron de competir con cualquier cosa. Rotación de cuadros con cada cambio de administración, hasta que la memoria institucional dejó de acumularse y empezó a reiniciarse cada seis años. Organismos técnicos convertidos en escaparates de rendición de cuentas sin nadie adentro que supiera realmente hacer las cuentas.

Y el hueco no se quedó vacío. Los huecos nunca se quedan vacíos. *Nosotros somos la prótesis.* Cada capacidad que el Estado desmontó reapareció, meses o años después, como una línea de servicio en una propuesta comercial. El análisis de riesgo que antes hacía una dirección general ahora se contrata. La evaluación técnica que antes descansaba en un equipo con décadas de experiencia ahora se licita. El criterio que antes estaba adentro hoy se factura, se entrega en PDF y se presenta ante un comité que, muchas veces, ya no tiene con qué evaluarlo.

Aquí está el problema con las prótesis. Funcionan. Ese es exactamente el problema. Una prótesis que funciona bien elimina la urgencia de que la pierna vuelva a crecer, y ninguna prótesis en la historia ha recetado la regeneración del miembro que sustituye. No se trata de una conspiración. No existe una sala donde alguien decida ampliar el tablero para vender más consultoría. El mecanismo es mucho más simple y, por eso mismo, mucho más eficaz. Es un sistema de incentivos.

Cada vez que una regla se vuelve ambigua, alguien tiene que explicarla. Cada vez que un permiso pierde criterio, alguien tiene que gestionarlo. Cada vez que un contrato queda expuesto a una interpretación que no existía cuando se firmó, alguien tiene que defenderlo.

La ambigüedad no nos perjudica. Nos emplea. Y aquí aparece la parte incómoda. Un gremio que vive de la ilegibilidad tiene un interés estructural en que la ilegibilidad nunca desaparezca por completo. No en agravarla deliberadamente —eso sería innecesario—, sino en algo mucho más sutil: nunca luchar con demasiado empeño por su desaparición definitiva. Diagnosticar el problema con brillantez y detenerse exactamente antes del punto donde el problema deja de existir.

Vale la pena observar el género con atención. Cada año se escriben cientos de páginas sobre la erosión institucional, la captura regulatoria o la parálisis de los organismos técnicos. Los diagnósticos suelen ser impecables. La evidencia, sólida. La prosa, elegante.

Y entonces llega el último apartado. Fortalecer capacidades. Generar diálogo. Construir consensos. Avanzar hacia. Verbos sin sujeto. Recomendaciones sin destinatario. Nadie a quien exigirle nada. El diagnóstico es quirúrgico; la conclusión, un abrazo.

No creo que sea cobardía. Creo que es rentabilidad. Un diagnóstico que se resuelve deja de generar trabajo. Un diagnóstico que se administra puede sostener una industria durante décadas.

Los otros dos beneficiarios de la ampliación del tablero se conocen de sobra y por eso apenas vale la pena mencionarlos. Está el actor con capacidad unilateral, que no necesita reglas porque su fuerza nunca dependió de ellas. Y está el regulador que conserva el cargo precisamente porque evita decidir, convencido de que la omisión deja mucho menos rastro que una resolución firmada.

De ellos se escribe todos los días. De nosotros, casi nunca. Y quizá la explicación sea incómodamente sencilla: de nosotros no se escribe porque, con demasiada frecuencia, somos nosotros quienes escribimos.

De modo que la pregunta útil no es cuándo volverá el orden. Esa pregunta ya tiene su propia industria, sus foros, sus paneles y hasta su servicio de café.

La pregunta realmente interesante es otra: ¿quién pierde dinero el día que el tablero recupere sus bordes?

La respuesta incluye a los sospechosos habituales. Y me incluye a mí. Eso no me descalifica para escribir estas líneas. Al contrario. Si el argumento fuera falso, escribirlo no tendría ningún costo para mí.

El día que el tablero vuelva a tener bordes, algunos perderán poder. Otros perderán dinero. Yo perderé clientes.

Firmaría ese contrato mañana.

———————————

El autor es Consultor Estratégico, Consejero Empresarial Independiente y autor de _Arquitectura o Inercia_.

ncorzo@gmail.com

@NizalebCorzo

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