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Vergüenza no tiene Sabines

26 de julio de 2026
in Opiniones
Vergüenza no tiene Sabines
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COLABORACIÓN INVITADA/Sr. Smith/Ultimátum

Hay amistades que sobreviven al tiempo. Hay otras que sobreviven a la política. Y hay algunas que, francamente, sobreviven hasta a la memoria de los pueblos.

Juan Sabines Guerrero volvió a Chiapas.

No regresó para rendir cuentas. No volvió para explicar el endeudamiento que dejó al estado. No vino a responder por las obras faraónicas que todavía se pagan. Tampoco llegó para ofrecer disculpas por una deuda pública que, según la información oficial difundida por la Secretaría de Finanzas, forma parte de los 18 mil 860 millones de pesos contratados durante los gobiernos de Juan Sabines Guerrero y Manuel Velasco Coello.

Regresó como regresan quienes saben que el tiempo, en política, suele ser el mejor aliado del olvido.

Y, por lo visto, funciona.

El presidente municipal de Tuxtla Gutiérrez, Ángel Torres Culebro, publicó con orgullo una fotografía junto al exgobernador.

“Me dio mucho gusto encontrar, saludar y platicar con mi amigo Juan Sabines, exgobernador de Chiapas. Las buenas amistades son para siempre”, escribió.

La frase es enternecedora. Casi poética.

El problema es que las deudas también son para siempre.

Y las deudas que dejó Juan Sabines Guerrero no las pagó Juan Sabines Guerrero. Las pagaron —y las siguen pagando— los chiapanecos.

Durante el sexenio sabinista se contrató una parte importante de la deuda pública que todavía pesa sobre las finanzas estatales. De acuerdo con la información oficial, entre los gobiernos de Sabines y Velasco se acumularon compromisos por 18 mil 860 millones de pesos, correspondientes a créditos con la banca comercial y de desarrollo, así como emisiones bursátiles.

El gobierno de Eduardo Ramírez ha tenido que reestructurar esos compromisos para mejorar sus condiciones financieras y avanzar, paulatinamente, hacia su liquidación.

Es decir: el gobernador actual tiene que administrar las consecuencias financieras de decisiones tomadas hace casi dos décadas.

Y mientras el estado sigue pagando, el exgobernador puede regresar, caminar por el Parque de la Marimba, visitar a sus amigos, acudir a reuniones privadas y tomarse fotografías como si nada hubiera ocurrido.

Como si Chiapas no tuviera memoria.

Como si los miles de millones de pesos fueran una anécdota.

Como si las obras monumentales se hubieran pagado solas.

Como si la Torre Chiapas no fuera una de las grandes estampas de aquel gobierno: una construcción de más de cien metros de altura, presentada como símbolo de modernidad, cuyo costo superó los mil millones de pesos y que, desde entonces, no ha dejado de representar también una pregunta incómoda: ¿cuánto le ha costado realmente a Chiapas mantener una obra concebida para impresionar?

Porque esa es la característica de los grandes proyectos de los gobiernos que quieren ser recordados: la placa lleva el nombre del gobernante, pero la factura la paga la ciudadanía.

El gobernante inaugura.

El pueblo mantiene.

El gobernante se va.

El pueblo sigue pagando.

Y, con el paso del tiempo, la memoria se vuelve selectiva.

“Es que Sabines me dio esto”.

No.

Juan Sabines no le regaló nada a nadie.

Todo lo que se entregó con dinero público se pagó con recursos públicos. Y cuando no alcanzó el dinero, se pidió prestado. Y cuando se pidió prestado, alguien tuvo que pagar. Y ese alguien no fue el gobernador.

Fueron los chiapanecos.

En el sexenio de Rutilio Escandón, de acuerdo con la información difundida por la Secretaría de Finanzas, se pagaron más de 8 mil 178 millones de pesos entre capital, intereses y otros gastos relacionados con las obligaciones financieras heredadas. Y eso ocurrió sin contratar nueva deuda pública.

La actual administración, encabezada por Eduardo Ramírez Aguilar, tampoco ha planteado adquirir nuevos empréstitos. Por el contrario, ha tenido que buscar mejores condiciones para enfrentar los compromisos heredados y avanzar hacia su liquidación.

Pero en Chiapas somos expertos en olvidar quién hizo qué.

Hay quienes recuerdan la despensa, la obra, el apoyo, la fotografía o el favor.

Y olvidan quién firmó los créditos.

Olvidan quién aprobó los empréstitos.

Olvidan quiénes estaban en el Congreso cuando se autorizaron.

Olvidan que algunos de aquellos legisladores siguen vigentes políticamente, ocupando cargos, buscando candidaturas y dando lecciones de responsabilidad pública.

La política tiene una memoria extraordinariamente corta.

Y quizá por eso Juan Sabines puede regresar a Chiapas con la tranquilidad de quien sabe que probablemente nadie le preguntará cuánto costó su sexenio.

No es ilegal que un expresidente vuelva a su estado.

No es ilegal que tenga amigos.

No es ilegal que un presidente municipal lo salude.

Pero sí resulta políticamente revelador observar cómo algunos personajes que deberían representar una nueva generación de servidores públicos celebran con entusiasmo a quienes dejaron problemas que todavía no terminan de resolverse.

Ángel Torres puede tener la amistad que quiera.

Faltaba más.

Pero cuando uno gobierna una ciudad endeudada, con enormes necesidades de infraestructura, servicios públicos deficientes y una ciudadanía que exige resultados, quizá convendría tener un poco más de cuidado con las fotografías que se presumen y las amistades que se reivindican.

Porque una cosa es saludar a un exgobernador.

Y otra muy distinta es olvidar lo que representó su gobierno.

En menos de un mes, Juan Sabines y Manuel Velasco han vuelto a Chiapas. Ambos caminaron por el estado. Ambos tuvieron actividades privadas. Ambos fueron recibidos sin que el pueblo saliera a las calles a reclamarles.

Eso también dice algo.

Quizá la sociedad está cansada.

Quizá la memoria se ha diluido.

O quizá, sencillamente, la política ha conseguido que los responsables de los problemas de ayer aparezcan como respetables visitantes del presente.

Lo que resulta inadmisible es que quienes todavía pagan las consecuencias de aquellas decisiones tengan que escuchar que “las buenas amistades son para siempre”.

Sí.

Las amistades pueden ser para siempre.

Pero las deudas también.

Y mientras Juan Sabines vuelve a Chiapas a pasear, saludar amigos y recordar viejos tiempos, el estado continúa pagando el precio de aquellos años de grandeza, endeudamiento y obras monumentales.

La placa de la Torre Chiapas lleva el nombre de una época.

La deuda también.

Y, por lo visto, vergüenza no tiene Sabines.

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