COLABORACIÓN INVITADA/NIZALEB CORZO/ULTIMÁTUM
Ruffo está en el Altiplano y el país entero se equivocó de conversación en menos de veinticuatro horas.
Unos festejan. Otros gritan persecución. Todos, sin excepción, discuten al hombre. Y mientras gastamos la semana averiguando si el exgobernador es villano o mártir, si el panismo cae por su propio peso o lo empujan, la única pregunta que de verdad importa se queda sin hacer, tan intacta como el día antes de su arresto. La pregunta no es quién es Ruffo. Es por qué México lleva casi una década produciendo Ruffos con la regularidad de una línea de ensamblaje.
Porque eso es lo que somos. Una fábrica. Y conozco esa fábrica por dentro.
Vi cómo se decide un precio en Pemex y cómo se clasifica una carga en la frontera, y por eso le digo lo que la indignación de esta semana no quiere oír. El huachicol fiscal no es un crimen que le ocurre al sistema. Es un producto que el sistema fabrica, con línea de montaje, con proveedores y con clientes. No hay que ir muy lejos para entenderlo. Basta con leer cómo funciona, y cualquiera que se tome esa molestia descubrirá que el escándalo no está en que exista, sino en lo fácil que resulta.
El truco no es perforar un ducto, como en el huachicol de los viejos tiempos, el de las tomas clandestinas y las explosiones. Ese es el huachicol del músculo. El fiscal es el huachicol del escritorio, y es infinitamente más elegante. Un cargamento de diésel entra al país por barco o por ferrocarril, y en el papel aduanal se declara como otra cosa. Un aditivo. Un lubricante. Un aceite de desecho. La mercancía física que baja del ferrotanque es diésel. La mercancía fiscal, la que existe a ojos del Estado, es lo que diga la fracción arancelaria que alguien tecleó. Y con ese solo trazo de pluma, el combustible cruza sin pagar el impuesto especial que le corresponde, que este año anda en siete pesos con treinta y seis centavos por litro. Multiplique esos centavos por los diez millones de litros que caben en un embarque mediano y tendrá, antes de sumar el IVA, la medida exacta del premio que espera a quien se atreva. Decenas de millones de pesos por barco. Por cada barco.
Ahí está el corazón del asunto, y es donde quiero que el lector se detenga. Cuando usted deja sobre la mesa un premio de decenas de millones de pesos por embarque, y a un costado coloca un sistema donde declarar diésel como lubricante es, durante meses, operativamente viable, usted no creó una tentación. Creó una industria. Y una industria no depende del carácter de sus operarios. Da igual que sea un exgobernador panista, una empresa fachada de Reynosa o un agente aduanal de Matamoros. La renta existe con independencia de quién la cobre, y una renta que existe siempre encuentra dueño. Detenga a Ruffo. Detenga a los siete que están con él en el Altiplano. Habrá hecho justicia sobre personas sin haber tocado una sola tuerca de la máquina que los fabricó. El incentivo sigue encendido, tibio todavía, esperando al siguiente. Que llegará. Siempre llega.
Lo que hace tan perfecta a esta fábrica es que ninguna de sus partes se siente responsable del conjunto. La aduana clasifica lo que le declaran. El SAT audita padrones. La Secretaría de Energía otorga permisos. Hacienda cobra impuestos. El aparato regulatorio energético supervisa el mercado. Cinco manos distintas, cada una tocando un pedazo del elefante, ninguna con el incentivo ni la información para cruzar lo que sabe con lo que sabe la de al lado. El fraude no vive en ninguna de esas oficinas. Vive precisamente en el espacio entre ellas, en la costura donde nadie mira porque a nadie le toca mirar. El contrabandista no vence al sistema. Se instala en sus junturas y prospera ahí, cómodo, mientras cada dependencia cumple impecablemente con su parte y el conjunto falla de manera impecable.
Y ahora vienen a decirnos que la solución es concentrar. La flamante Comisión Nacional de Energía se tragó a la CRE y a la CNH y nos lo vendieron como rectoría recuperada, como Estado que vuelve a mandar. Óigalo de alguien que ha visto de cerca cómo se captura a un regulador. Centralizar no cierra la rendija. La muda de lugar y la agranda. Un punto único de control es también un punto único de compra. Antes, para abrir la puerta, había que conseguir varias llaves y coordinar varias voluntades, y esa fricción, con todo lo torpe que era, encarecía el fraude. Concentre usted todas las llaves en una sola cerradura y habrá hecho el trabajo a medias del contrabandista. Ya no necesita corromper a un sistema. Le basta con corromper un punto. A eso, en este país, le decimos fortalecer al Estado. Yo le llamaría, con más precisión, ordenar la casa para que el ladrón entre por una sola puerta.
Lo diré con todas sus letras, porque llevo años sosteniéndolo y la realidad se empeña en darme la razón cada tanto con un nuevo nombre en la primera plana. México no tiene un problema de corrupción. Tiene un problema de arquitectura, y la corrupción es apenas lo que esa arquitectura escupe por diseño, como una máquina escupe la pieza para la que fue calibrada. La corrupción es la variable dependiente. La estructura es la ecuación. Tratar cada Ruffo como una manzana podrida, y no como el fruto exacto del árbol que plantamos y regamos con esmero, es el error que nos condena a repetir la escena entera cada pocos años, con distinto reparto y guion idéntico. No estamos atrapados en un ciclo de mala suerte moral. Estamos atrapados en un plano mal trazado. Y nadie en el poder quiere ser el arquitecto que lo rehaga, por una razón que casi da pudor enunciar. El plano roto es rentable para quien manda. La renta no solo la cobra el contrabandista. La cobra, en poder y en discrecionalidad, quien decide dónde poner la cerradura.
Por eso me atrevo a pronosticar el final de esta historia, aunque falten meses para la sentencia. Ruffo será condenado o será absuelto, y para lo que aquí importa dará exactamente lo mismo. El día que se lea el fallo, el corredor seguirá donde está, la carga fiscal seguirá siendo la misma, las cinco manos seguirán sin hablarse. Habremos cambiado al dueño y le habremos puesto a eso el nombre de justicia.
Porque en este país el dueño es lo único que cambia. La renta se queda. La renta siempre se queda, tirada sobre la mesa, paciente, con su premio de decenas de millones por barco intacto, esperando la mano de siempre.
Y la mano de siempre nunca falta a la cita.
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El autor es Consultor Estratégico, Consejero Empresarial Independiente y autor de Arquitectura o Inercia.
ncorzo@gmail.com
@NizalebCorzo
