Ultimatum Chiapas
jueves, 6 agosto, 2026
  • Noticias
    • Chiapas
    • Nacional
    • Municipios
    • Editorial
  • Opiniones
  • Policiacas
  • Deportes
  • Entretenimiento
  • Tecnología
  • Periódico dígital
No Result
View All Result
  • Noticias
    • Chiapas
    • Nacional
    • Municipios
    • Editorial
  • Opiniones
  • Policiacas
  • Deportes
  • Entretenimiento
  • Tecnología
  • Periódico dígital
No Result
View All Result
Ultimatum Chiapas
No Result
View All Result
  • Aviso de Privacidad
Home Opiniones

Los distractores como estrategia política

6 de agosto de 2026
in Opiniones
Los distractores como estrategia política
Compartir en FacebookCompartir en Twitter

IDENTIDAD POLÍTICA/JOSÉ ADÁN ALTÚZAR FIGUEROA/ULTIMÁTUM

En política, pocas herramientas resultan tan eficaces y peligrosas como la distracción. Cuando un gobierno enfrenta una crisis, un error evidente o una decisión impopular, suele aparecer de pronto un tema estridente, emocional y aparentemente urgente. No siempre se trata de una coincidencia. Con frecuencia, esa irrupción funciona como una cortina de humo: desplaza la conversación pública hacia donde conviene al poder y la aleja de aquello que realmente lastima al país.

El arte de cambiar la conversación

El distractor político no necesita resolver nada; le basta con ocuparlo todo. Su eficacia consiste en instalar un ruido tan intenso que la ciudadanía termine discutiendo el escándalo del día mientras los problemas estructurales (seguridad, salud, economía, corrupción, desigualdad o impunidad) quedan relegados a un segundo plano. Así, el debate público se desplaza de lo urgente a lo vistoso, de lo profundo a lo superficial, de lo que exige respuestas a lo que solo provoca reacciones.

La fórmula se repite con una precisión casi mecánica, “caja china” primero surge una presión social por una crisis real; después aparece un tema polarizante, escandaloso o emocional; finalmente, medios, redes y actores políticos comienzan a girar alrededor del nuevo espectáculo. El resultado es previsible: la indignación se dispersa, la exigencia se debilita y la rendición de cuentas se posterga. En ese punto, la distracción deja de ser ruido y se convierte en método.

Gobernar entre escándalos

La distracción funciona porque explota una debilidad contemporánea: la atención pública es limitada, fragmentada y se consume con rapidez. En una sociedad saturada de información, quien logra decidir de qué se habla posee una ventaja enorme. Por eso los distractores no son simples ocurrencias ni improvisaciones: son piezas de una estrategia de control narrativo que busca administrar la indignación social y orientar el juicio público.

Al fabricar falsos debates, exagerar conflictos secundarios o presentar datos convenientes, el poder gana tiempo, reduce costos políticos y desgasta a la opinión pública. Mientras la ciudadanía se divide en discusiones de alto impacto emocional, las decisiones de fondo avanzan con menos vigilancia. Esa es la verdadera eficacia del distractor: no convencer, sino cansar; no explicar, sino confundir; no rendir cuentas, sino obligar a la sociedad a perseguir sombras.

El problema no está en que existan controversias públicas; en democracia, el debate es necesario. El problema aparece cuando la controversia se usa como sustituto de la responsabilidad. Cuando cada crisis es cubierta por otra más ruidosa, la política deja de responder y empieza a entretener. Y una ciudadanía entretenida, pero no informada, termina convertida en público cautivo de una puesta en escena donde el guion lo escribe el poder.

El verdadero peligro de los distractores políticos no está solo en lo que ocultan, sino en lo que normalizan. Normalizan la evasión, el cinismo y la mentira como recursos aceptables de gobierno. Normalizan que se sustituya la explicación por el escándalo, la responsabilidad por la ocurrencia y la verdad por el cálculo mediático. Cuando una sociedad se acostumbra a vivir entre temas fabricados, termina aceptando que la política sea espectáculo y no servicio público.

La vieja complicidad

“Cuando todos piensan igual, nadie piensa mucho.” — Walter Lippmann.

También conviene mirar hacia quienes, durante años, se presentaron como voces críticas mientras operaban dentro de las reglas del viejo control político. Hubo periodistas y opinadores que gozaron de libertades suficientes para simular independencia, pero eligieron justificar al sistema, defender sus excesos e incluso admitir, con descaro, que mentir o inventar podía ser parte del oficio cuando se trataba de sostener una narrativa conveniente. Hoy, algunos de esos mismospersonajes se dicen agraviados cuando son exhibidas sus contradicciones. La crítica, sin embargo, pierde autoridad moral cuando antes fue complacencia disfrazada de lucidez.

La crítica pública no debería servir para encubrir intereses, ajustar cuentas o reciclar viejas lealtades. Debería servir para incomodar al poder, venga de donde venga. Por eso, el ciudadano no solo debe desconfiar del distractor que lanza el gobierno; también debe desconfiar de quienes convierten la indignación en mercancía y la memoria en conveniencia. Allí donde la palabra pública se vende como independencia, pero actúa como instrumento de facción, la democracia también se empobrece.

Ultimátum

El reto, entonces, no es solo identificar la cortina de humo, sino negarse a vivir dentro de ella. Una sociedad crítica no puede permitir que el escándalo sustituya a la memoria ni que la propaganda se disfrace de periodismo. Si el poder miente, debe ser señalado; pero si quienes ayer justificaron la mentira hoy pretenden dictar cátedra de verdad, también deben rendir cuentas ante la opinión pública. Por el momento, es cuánto.

Ultimatum Chiapas

© 2025 Editorial MOSA
Sitio creado por XION Tecnologías.

Navegación

  • Aviso de Privacidad

Redes Sociales

No Result
View All Result
  • Noticias
    • Chiapas
    • Nacional
    • Municipios
    • Editorial
  • Opiniones
  • Policiacas
  • Deportes
  • Entretenimiento
  • Tecnología
  • Periódico dígital

© 2025 Editorial MOSA
Sitio creado por XION Tecnologías.