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«El corazón de la Secretaría está en Servicios Culturales»: el cierre del curso de verano 2026

16 de agosto de 2026
in Opiniones
«El corazón de la Secretaría está en Servicios Culturales»: el cierre del curso de verano 2026
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PACO RAMÍREZ/ULTIMÁTUM

Hay cierres de curso que se despiden con un diploma y un aplauso rápido. El de este verano, organizado por el Departamento de Servicios Culturales de la Secretaría de Educación de Chiapas, se despidió distinto: con una exposición de arte pop hecha por niñas y niños, maquetas de papel montadas sobre manteles azules, un salón lleno de familias, y al final, marimba y faldas blancas girando bajo un techo de listones de colores. Quien haya estado ahí sabe que un cierre de curso también puede sentirse como una fiesta de pueblo.

El recorrido empezó, literalmente, con un corte de listón: niñas y niños con playeras pintadas a mano —cada una distinta, cada una un autorretrato improvisado— cortaron juntos la cinta roja que abría la sala de exposición, acompañados por Adriana Guadalupe Solís Jiménez, coordinadora de Copeico, y Eduardo González Lugardo, jefe del Departamento de Servicios Culturales. No fue un corte protocolario de adultos con tijeras doradas; fueron los propios niños quienes cortaron la cinta, mientras los responsables de la Secretaría los acompañaban de cerca, casi como espectadores de su propio logro.

Adentro, la sala de exposición sorprendía por su sencillez y su fuerza: retratos infantiles en clave pop-art, con fondos verdes, naranjas y rosas, colgados a lo largo de un pasillo blanco donde los propios protagonistas —convertidos por un rato en artistas exhibidos— caminaban entre su propio trabajo. Ahí, González Lugardo recorrió la muestra junto a Solís Jiménez y otro integrante del equipo de la Secretaría, deteniéndose frente a cada pieza como quien hace un curador improvisado orgulloso de lo que se logró en unas semanas de taller.

En otra sala, sobre largas mesas cubiertas de tela azul, se desplegaba lo que quizá fue la sorpresa más entrañable del cierre: decenas de maquetas de papel hechas por los alumnos, algunas en forma de castillo, otras como pequeñas cajas de luz con siluetas recortadas de niños jugando o de figuras entre tonos naranjas. Ahí volvió a aparecer, con especial cariño, la voz de «Al gobierno le preocupa el estado emocional de niñas, niños y de sus padres» que Solís Jiménez había compartido en entrevista previa al evento: verla agachada junto a las maquetas, riendo con los alumnos, con niños y madres de familia alrededor comentando cada pieza, era la prueba de que esa frase no se quedó en el discurso.

Fue justo ahí, entre maquetas y risas, donde Eduardo González Lugardo ofreció el balance más completo de la temporada. Contó que esta edición del curso de verano superó los cien niños inscritos, frente a los «cincuenta o sesenta» del año anterior, un crecimiento que atribuyó a un cambio de método: este año se dio a la tarea de llamar personalmente a algunos padres de familia y de invitarlos a su oficina para conocer, de viva voz, su experiencia con el curso y su percepción sobre el costo de los talleres. La respuesta mayoritaria, contó, fue de satisfacción —»lo vimos accesible», le decían los propios padres—, además de recibir sugerencias puntuales que ya se están tomando en cuenta para la siguiente edición.

Reconoció también al equipo administrativo y docente del departamento, insistiendo en que el crecimiento del programa es mérito de un «gran equipo de trabajo» que, dijo, lleva alrededor de un año preparando esta edición. Cerró con dos frases que aseguró haber repetido a los maestros a lo largo del curso: que el objetivo era lograr que niñas, niños y alumnos «quisieran regresar al siguiente día», y una reflexión personal con la que se despidió: que «el corazón de la Secretaría de Educación está en el Departamento de Servicios Culturales». Antes de concluir, fijó una meta para 2027: superar los doscientos niños inscritos, el doble de la cifra alcanzada este año.

El cierre no terminó ahí. Ya en el patio exterior, bajo la sombra de los árboles y con la marimba en vivo marcando el paso, un grupo de bailarines infantiles —ellas de blanco con flores rojas trenzadas en el cabello, ellos de manta y sombrero— salió a escena a interpretar danza folclórica chiapaneca ante un público que llenó por completo las sillas dispuestas bajo el toldo. Abuelas con bastón, padres grabando con el celular en alto, niños sentados en el piso: todo el patio se convirtió, por un momento, en una plaza de pueblo un domingo por la tarde.

Solís Jiménez ha tenido presencia en distintos programas de la Secretaría en los últimos meses. En julio, durante la clausura de la Olimpiada del Conocimiento Infantil —en la que participaron 88 estudiantes seleccionados de la etapa estatal, en coordinación con la Fundación BBVA México—, destacó que los logros de las y los estudiantes son resultado del trabajo conjunto entre autoridades educativas, docentes y familias, y compartió con ellos: «Nunca dejen de soñar. Nuestro secretario Roger Mandujano nos ha pedido brindarles todas las herramientas para que cada uno alcance sus metas; ese es nuestro compromiso. Hoy celebramos el esfuerzo que los trajo hasta esta etapa final. Somos una gran familia y seguiremos trabajando para que ustedes se conviertan en las y los profesionistas que Chiapas necesita». Meses antes, en marzo, había participado también en una delegación de «Embajadores Culturales y Educativos» de Chiapas, en un proceso de capacitación docente orientado a fortalecer el intercambio pedagógico.

En la misma entrevista previa al cierre de verano, la funcionaria detalló además el funcionamiento de las becas de exención de pago, un mecanismo mediante el cual escuelas particulares ceden una parte de la colegiatura mensual de algunos alumnos —hasta el 60 por ciento en ciertos casos— para que familias que no podrían costear una educación privada puedan sostenerla. Precisó que la asignación no es discrecional: cada solicitud pasa por un comité de evaluación que revisa el expediente familiar antes de determinar el porcentaje de apoyo.

Al final de la tarde, entre maquetas de papel, retratos pop-art y faldas blancas girando al ritmo de la marimba, quedó una imagen difícil de resumir en una cifra: la de un departamento que, durante todo un verano, le dio a cientos de niñas y niños de Chiapas un escenario, un pincel, unas tijeras y unos minutos de aplausos propios. Y la de unos padres que, sentados entre listones de colores, se llevaron a casa esa tarde escrita en la sonrisa de sus hijos.

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